lunes, 1 de marzo de 2010

El Carambolo: adiós a Tartessos

En 1958 se realizaban en el Cerro del Carambolo unas obras para el Club de Tiro de Pichón allí ubicado cuando inesperadamente se hallaron unas piezas, de oro y de bronce, que iban a revolucionar la Arqueología. El profesor José de Mata Carriazo, medievalista hasta entonces, dirigió la excavación y estudió el hallazgo, certificando que el Tesoro del Carambolo era una acabada muestra del arte tartésico que fue elaborada entre los siglos VIII y III aC., y utilizada o escondida en un poblado, con fondo de cabaña, de los que formaban parte del reino de Tartessos.



Había una cosa que, ya desde que era pequeño, me llamaba la atención. En 1920 se descubrió el Tesoro de Aliseda (al principio se decía de La Aliseda) y como su rescatador, José Ramón Mélida, lo había calificado de obra orientalizante todo el mundo lo seguía calificando de esa manera. Sin embargo, con el del Carambolo, todos coincidían en seguir la opinión de Carriazo al calificarlo con el adjetivo de tartésico. Se insistía en que se trataba de dos tesoros de distinta factura.

Nunca acepté esa doble calificación. No le encontraba base y nadie me la daba, salvo alguna intencionalidad a la que adivinaba algún carácter extraarqueológico. ¿Quiénes eran los autores del tesoro orientalizante de Aliseda, cuando sólo una pieza, el jarrito, era de importación? ¿Los tartesios no practicaban una metalurgia con modelos orientalizantes? Intuía yo un interés especial en hacer ver que se había encontrado la prueba material del reino de Tartessos, sólo conocido hasta entonces a través de las fuentes escritas. Ese interés se completaba con la insistencia en que Tartessos ocupaba el valle del Guadalquivir y se extendía sólo por tierras hoy de Andalucía. Se dejaba fuera La Bienvenida, Cancho Roano, Medellín y por supuesto el Tesoro de Aliseda. Se llegó al punto de mascarada cuando un político andalucista presentó al presidente de la Junta una maqueta del imaginado reino de Tartessos que lo hacía coincidir con los límites de la Comunidad Autónoma, para justificar no sé que fundamento antiguo de no sé qué aspiración actual.



Hace años visité una exposición sobre Tartessos montada en Sevilla y que giraba alrededor del Tesoro. No lo he vuelto a ver; creo que desde entonces no ha estado nunca más a la vista del público, sino guardado en un banco. Ahora se ha vuelto a presentar, y lo he fotografiado, en el marco de otra exposición, en el Museo Arqueológico sevillano, sobre los resultados de las nuevas excavaciones en el Cero del Carambolo, realizadas recientemente por Álvaro Fernández y Araceli Rodríguez, a lo largo de tres años, con motivo de unas obras para la construcción de un hotel.

El profesor Carriazo se atrevió a elaborar el modelo de usuario que pudo portar el tesoro del Carambolo. Para él, debió tratarse de un sacerdote o de un rey, o personaje importante, o incluso más propiamente un rey-sacerdote.



En la excavación que se ha realizado recientemente se ha comprobado que no se trataba de un poblado tartésico sino de un templo fenicio, en donde destaca un altar sobre el suelo en forma de piel de toro o taurodermis, en el cual se quemaba la parte de las víctimas dedicadas a las divinidades fenicias Baal y Astarté. Es altar lo que se había considerado fondo de cabaña (como ya había intuido Blanco Frijeiro en 1979).

Los nuevos investigadores atribuyen el uso de las piezas del Carambolo a los protagonistas de un rito religioso centrado en el sacrificio de animales a las dos divinidades fenicias. Los protagonistas eran el sacerdote sacrificante y los animales víctimas, normalmente dos toros de diferente pelaje, uno para cada divinidad. Este tesoro, datado ahora entre el siglo VIII y el VI aC., ya no hay empacho en calificarlo de orientalizante, aunque pudiera estar elaborado por artesanos locales que asimilaban técnicas fenicias. Lo que extraña es que la inscripción fenicia de la basa de la estatuilla de Astarté allí encontrada no fuera suficiente para dirigir las pesquisas, desde un principio, por la "pista fenicia". Lo mismo se puede decir de las cerámicas a torno también encontradas allí, cuando son los fenicios los que traen el torno, mientras los indígenas las elaboraban a mano.



La forma de taurodermis se encuentra en diversas manifestaciones a lo largo del área mediterránea. En la exposición se ve una estatuilla procedente del Museo Nacional de Nicosia, que se halló en Enkome (Chipre) y está datada en el siglo XII aC.; representa a Baal Guerrero apoyado sobre su altar en forma de taurodermis, similar a la forma del altar del Carambolo.



Podemos sacar la conclusión de que la piel de toro era un elemento de uso religioso no sólo en España sino en todo el área mediterránea. Ciertamente, aquí pudo arraigar de modo especial y permanecer durante más tiempo que en otros lugares; no en vano la abundancia de toros salvajes debió verse como en ningún punto, lo que debió provocar que estuviera muy asimilado por los tartesios y más adelante por los iberos, que prolongaron el culto al toro hasta tiempos romanos, como se atestigua en la Roca de los Moros, sin hablar de los ritos mitraicos, ya en tiempos de nuestra era, como se atestigua en Barbate.

Volviendo al tesoro: es posible que a partir de ahora, en otros yacimientos, restos calificados de "tartésicos" pasen a ser calificados de "orientalizantes"; y que restos conocidos como orientalizantes pasen a ser directamente "orientales".





















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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es interesante.

Anónimo dijo...

Es interesante.