viernes, 22 de junio de 2018

Laja Alta











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jueves, 21 de junio de 2018

Los vascos, con Castilla

Lejos de la imagen que quieren transmitir los nacionalistas de un pueblo aislado del resto de regiones españolas, la historia de lo que hoy conforman las tres provincias vascas está directamente vinculada a la de la Corona de Castilla desde hace más de siete siglos. Y, si bien el Señorío de Vizcaya y el Señorío de Arriaga (aproximadamente el 40% de la actual Álava) conservaron durante un tiempo sus propias instituciones, no tardaron en adoptar también ellos la legislación castellana.

Cada una de las tres regiones históricas, cuyos territorios no corresponden exactamente a los actuales, protagonizaron distintos procesos de unión al Reino de Castilla. Así, el único punto en común entre las tres es que la anexión se efectuó en el marco de la competencia entre la Corona de Navarra y la Corona de Castilla. Si finalmente la balanza se inclinó a favor de los reyes castellanos, fue en parte por la capacidad de estos de desarrollar una política de mutua conveniencia para estas regiones, donde cabía el respeto por sus instituciones medievales.
Guipúzcoa, entre Navarra y Castilla

La primera mención documental sobre Guipúzcoa data del siglo XI y en ella se señala que es una tierra perteneciente al Reino de Pamplona. Tras años de intermitentes guerras entre Castilla y Navarra, el 15 de abril de 1179 ambas partes acordaron que la primera se quedaría con la posesión de Rioja y Vizcaya, mientras Navarra se adjudicaría Guipúzcoa, Álava y el Duranguesado. La paz perduró hasta que la derrota castellana frente a los almohades en Alarcos, en 1195, impulsó a los monarcas de León y de Navarra a reabrir las hostilidades contra Alfonso VIII. El castellano, por su parte, se alió con el monarca aragonés y pactó con él el reparto de Navarra entre ambos mediante el tratado de Calatayud, el 20 de mayo de 1198.

Para el año 1200, Alfonso VIII de Castilla había incorporado Guipúzcoa de forma definitiva a su reino. Nada pudo hacer Navarra para evitarlo, frente al potencial militar de los castellanos y la firme decisión de las pueblas guipuzcoanas. Si bien se desconoce cómo estaban repartidos los apoyos entre los nobles, el pueblo, con vocación comercial, sintió mayor vinculación con el Reino de Castilla. La decisión se demostró sumamente acertada. Durante los siguientes años, frente al inmovilismo navarro, que en las últimas décadas del siglo XII solo había fundado San Sebastián (con el objetivo de obtener una salida al mar), Castilla promovió una ambiciosa reestructuración del territorio. La fundación de un total de veinticuatro núcleos, en algunos casos se trataba solo de la concesión de la categoría de villa, asentó el dominio castellano en Guipúzcoa en la primera mitad del siglo XIII.

Además de para fortalecer su posición, los reyes castellanos vieron claro el potencial marítimo de levantar villas en la zona. Entre los años 1203 y 1237, los reyes Alfonso VIII y Fernando III impulsaron la creación de cuatro localidades costeras –Fuenterrabía, Guetaria, Motrico y Zarauz– que en el futuro se revelaron cruciales para la presencia marítima del Reino de Castilla en el Cantábrico.

Si bien Navarra nunca renunció a sus reivindicaciones, solo Carlos II logró recuperar para su reino Guipúzcoa y Álava (1368), aunque fuera por un breve periodo. El navarro tuvo que desprenderse definitivamente de estas plazas en el pacto de amistad firmado con Enrique II en San Vicente (1373), entre otras cosas porque la nobleza local ya estaba plenamente integrada en Castilla.
Una fácil conquista en Álava

Hasta el siglo X la región de Álava era tan solo un territorio fronterizo del reino asturiano, donde se repetían las invasiones musulmanas desde el valle del Ebro. Cuando el dominio musulmán menguó en el norte de España, las coronas de Castilla y Navarra pusieron sus ojos en la región de Álava y desplegaron su influencia sobre los condes locales. En 1076, con el asesinato de Sancho IV de Pamplona, el rey Alfonso VI de León y de Castilla incorporó a su reino La Rioja, Vizcaya, Álava y, como ya hemos mencionado, parte de Guipúzcoa. No en vano, esta anexión y otras posteriores fueron solo de carácter temporal y hubo que esperar hasta principios del siglo XIII para que se produjera su unión definitiva a Castilla.

Entre 1199 y 1200, la preeminencia navarra sobre Álava sufrió un vuelco en el contexto del mencionado episodio bélico contra Castilla. El rey Alfonso VIII de Castilla conquistó por la vía militar Vitoria y parte de Álava. Tradicionalmente se ha creído que el dominio castellano sobre Álava fue previamente negociado con los nobles alaveses, descontentos con la política de los reyes navarros de fundación de villas. Al menos eso ha sostenido la historiografía clásica. Según defiende el profesor de la Universidad del País Vasco Jon Andoni Fernández de Larrea (autor del estudio «La conquista castellana de Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado»), no está demostrada esta colaboración porque, «si bien la teoría de la colaboración es posible, no cuenta actualmente con ninguna prueba sólida, sólo con conjeturas e hipótesis indemostrables y documentos falsificados».

El origen de esta teoría estaría en un texto del siglo XVI donde se narra por primera vez cómo, al invadir Alfonso VIII Álava, los guipuzcoanos –ofendidos por desafueros desconocidos que les habría infligido el rey de Navarra– decidieron transferir su fidelidad al monarca castellano. «Con posterioridad la bola de nieve fue creciendo...».

También es importante mencionar que el territorio dominado por el Señorío de Arriaga, cerca del 40% de la actual Álava, fue independiente a Castilla hasta su autodisolución en 1332, fecha en la que se produjo la entrega voluntaria de las tierras de la Cofradía a Alfonso XI. En contrapartida a la autodisolución de esta institución de orden feudal, los hidalgos alaveses obtuvieron de Alfonso XI el reconocimiento de un estatuto jurídico privilegiado. La adhesión a Castilla se puede considerar plena desde el siglo XIV, salvo por un breve periodo de la guerra civil castellana en el siglo XIV entre Pedro I y Enrique de Trastámara, durante la que Carlos II de Navarra retuvo bajo su corona a las villas más importantes de Álava.
Vizcaya, un baluarte militar para Castilla

En el periodo de los Tercios de Flandes, cuando se hablaba de vizcaínos se hacía referencia a cualquier habitante procedente de las regiones vascas. Una demostración del protagonismo que adquirió el Señorío de Vizcaya en la incipiente Monarquía hispánica. Pero mucho antes de su adhesión, al igual que en Álava y Guipúzcoa, los nobles de Vizcaya se vieron en la tesitura de si acercarse a la esfera de Navarra o a la de Castilla. En 1153 se inclinaron a aceptar la soberanía castellana, pero hacia 1160 volvieron a la obediencia pamplonesa. Alfonso VIII ocupó el territorio en 1199 (junto con Álava y Guipúzcoa) y puso fin a la soberanía navarra sobre Vizcaya.

En su caso, la influencia castellana se impuso antes que en el resto de territorios vascos y se puede afirmar que el señorío de Vizcaya ya estaba completamente integrado al Reino de Castilla desde 1379. Y es que, desde el siglo XII, los reyes castellanos habían efectuado continuas alianzas con los señores de Vizcaya para sus empresas en la Reconquista. En agradecimiento a su esfuerzo bélico, los monarcas castellanos dispensaron numerosos cargos, honores y estados a los nobles vizcaínos. Fue, por tanto, una región históricamente beneficiada y cuidada por Castilla. Hacia 1330 el infante Alfonso de la Cerda consideraba que Álava, Guipúzcoa y La Rioja eran aún «propiedad» navarra, pero ya no decía nada de Vizcaya ante la alta penetración castellana.

A nivel político, el Señorío de Vizcaya era heredado por los sucesivos descendientes de la familia López de Haro, de origen navarro pero afiliación castellana, hasta que en 1370 recayó por herencia materna en el infante Juan de Castilla, permaneciendo desde entonces el señorío vinculado a la Corona, primero a la de Castilla y, luego, a la de España. La única condición era que el señor de turno jurase defender y mantener los fueros del señorío (los fueros de Vizcaya), que en su texto afirmaban que los vizcaínos podían desobedecer al señor que así no lo hiciera.































En el solsticio de verano

A las 12.07 de hoy (hora peninsular española) se producirá el solsticio de verano, un evento astronómico marcado por la posición de la Tierra con respecto al Sol y que hace comenzar el verano en el hemisferio norte y el invierno en el sur. Desde hoy, y aunque parezca contradictorio, los días comenzarán a acortarse en España. Se igualarán con las noches dentro de varios meses, cuando llegue el equinoccio de otoño.

Además, hoy todos los lugares situados al norte del ecuador tendrán días más largos de 12 horas, mientras que los situados al sur, los tendrán más cortos.

La forma más sencilla de notar que estamos en el solsticio es que los amaneceres ocurren muy temprano y los anocheceres muy tarde. Además, el Sol está muy alto en el cielo. Tanto, que a medio día la sombra que proyectará sobre los objetos será mínima, ya que la estrella estará casi sobre nuestras cabezas.



De hecho, si plantásemos una estaca perfectamente vertical en el suelo, veríamos que la sombra de esa varilla en el medio día de hoy es la más corta de todo el año, puesto que el Sol alcanza su máxima elevación. En este momento, la estrella estará en la vertical en los zonas situadas cerca de una latitud de 23,5 grados. En los otros lugares situados a otras latitudes, la sombra será mayor a causa de la inclinación del eje terrestre.
¿Por qué hay un solsticio de verano?

La causa de que haya un solsticio en verano es la misma de que haya estaciones. Su origen está en una sencilla cifra: 23,5. Estos son los grados de inclinación del eje de la Tierra en relación con el plano de órbita. ¿Qué significa esto? Si el planeta fuera una pelota girando en círculos sobre un plato llano, además habría que hacer rotar esta bola. Pero la Tierra no gira sobre sí misma de forma perpendicular al plato. Está inclinada 23,5 grados, como si fuera una peonza, pero además su eje siempre apunta en la misma dirección.

Nadie ha visto ni verá nunca ningún eje atravesando la Tierra. Este eje es solo una línea imaginaria que atraviesa el globo de polo a polo y que marca el movimiento de rotación del planeta sobre sí mismo. Gracias a la rotación hay días y noches y diferencia horaria.

Pero la Tierra no solo rota, también gira alrededor del Sol. Este movimiento se conoce como traslación y es el que determina la duración de los años. Este movimiento, junto a la inclinación del eje de rotación, determina que haya estaciones.

¿Por qué? A medida que la Tierra gira alrededor del Sol, su eje inclinado siempre señala en la misma dirección (por ejemplo, el extremo norte del eje de la Tierra apunta a un punto muy cercano a la estrella polar). Sin embargo, la posición de la Tierra respecto al Sol va cambiando todo el año. La consecuencia es que a veces el polo Norte está inclinado hacia el Sol pero otras veces está inclinado hacia el lado opuesto (aunque siempre mirando a la estrella polar). En el extremo sur ocurre lo contrario.

Por este motivo, salvo en los equinoccios, los dos hemisferios nunca reciben la misma cantidad de radiación solar y uno acaba calentándose más que el otro. En función de cómo sea esta situación, un hemisferio atravesará una estación y el otro la contraria, (por ejemplo, verano en el norte e invierno en el sur).

En el solsticio de verano, la parte norte del eje de la Tierra está inclinada hacia el Sol. Esto provoca que la cantidad de luz y calor que incide sobre el planeta sea máxima en el hemisferio norte y mínima en el sur.

Desde entonces, a medida que avanza el año y la Tierra se mueve en su órbita, los días se van acortando y la cantidad de luz y calor incidente se va reduciendo en el hemisferio norte. Un importante cambio ocurre en el equinoccio de otoño, alrededor del 22 o 23 de septiembre. En ese momento, la duración de los días prácticamente se iguala en el hemisferio norte y en el sur.
¿Qué pasaría si el eje no estuviera inclinado?

Si el eje de rotación de la Tierra no estuviera inclinado no habría estaciones ni tendría sentido hablar de meses: ambos hemisferios recibirían siempre la misma cantidad de radiación, sin importar la posición de la Tierra respecto al Sol. Algo así ocurre en Mercurio, que siempre está en un equinoccio de días idénticos.

Si el eje estuviera más inclinado de 23,5 grados, las diferencias estacionales serían más drásticas. Esto ocurre por ejemplo en Marte, cuyo eje está un grado y medio más inclinado que el terrestre. Por último, si el eje de rotación del planeta estuviera inclinado 90 grados, cada hemisferio estaría caliente la mitad del año y frío la otra mitad. En Urano ocurre algo muy parecido, puesto que tiene 98 grados de inclinación. Pero como su año dura 84 años terrestres, los veranos y los inviernos se alargan 42 años en cada hemisferio.
¿Por qué hace más calor en julio y agosto?

Si el verano comienza oficialmente el 21 de junio, ¿por qué hace menos calor este mes que en julio o agosto? Este efecto se llama retraso estacional. Igual que pasa con una olla puesta al fuego, hace falta cierto tiempo para que el agua (y todo lo demás), se caliente. Sencillamente, el Sol necesita tiempo para fundir la nieve y calentar los océanos del planeta.

Por este motivo, los días más calientes no coinciden con la época de los días más largos del año, que es la que ocurre en junio. Además, como el hemisferio norte y el sur no tienen la misma composición (el sur está cubierto por mayores extensiones de agua), no se calientan del mismo modo. Hay que tener en cuenta que, si la Tierra fuera como Marte, un desierto polvoriento, las temperaturas estacionales flucturían drásticamente, porque el agua es un potentísimo amortiguador natural gracias a su capacidad increíble de absorber calor.
¿Por qué está inclinado el eje de la Tierra?

Se supone que después de la formación de la Tierra su eje de rotación era perpendicular al plano de órbita definido por su movimiento de traslación (la llamada eclíptica). Pero algo inesperado ocurrió. Un gran cuerpo, conocido como Theia, impactó contra su superficie a gran velocidad. El choque produjo un cataclismo global que destruyó la superficie y liberó al espacio una gran cantidad de escombros. Con el tiempo, estos residuos se agregaron y formaron un cuerpo muy familiar en el cielo: la Luna.
¿Por qué la Tierra no es un reloj perfecto?

En realidad, el panorama es más complicado de lo explicado hasta aquí. La atmósfera alarga ligeramente los días (a causa de la refracción, la misma «ilusión óptica» que dobla la imagen de un lápiz bajo el agua), porque hace aparecer al Sol por encima del horizonte durante unos instantes cuando ya en realidad está bajo él. Además, la duración de los días no es la misma en todos los lugares de la Tierra, sino que depende de la latitud o distancia al ecuador (por eso en invierno los días son más largos en España, más cortos en Londres e inexistentes más al norte del círculo polar).

Lo hemos esperado con más ganas que nunca y por fin está a punto de llegar. El verano de 2018 comenzará mañana, 21 de junio, a las 12h 7m hora oficial peninsular, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional, Ministerio de Fomento). Esta estación durará 93 días y 15 horas, y terminará el 23 de septiembre con el comienzo del otoño.

Los inicios de las estaciones no son un capricho, sino que se definen como aquellos instantes en los que la Tierra se encuentra en una determinada posición en su órbita alrededor del Sol. En el caso del verano, esta posición corresponde al punto en el que el centro del Sol, visto desde la Tierra, alcanza su máxima declinación Norte (+23º 27'). Cuando eso sucede, la altura máxima del Sol al mediodía apenas cambia durante varios días, circunstancia a la que se llama solsticio (Sol quieto) de verano. En el momento en que el verano empieza en el hemisferio norte, en el hemisferio sur hace lo propio el invierno.

El solsticio del verano puede producirse a lo sumo en tres fechas distintas del calendario: los días 20, 21 y 22 de junio, aunque durante el siglo XXI sólo ocurrirá los días 20 y 21 de junio. El inicio más tempranero sucederá el año 2096, y el inicio más tardío ocurrió el año 2003. Las variaciones de un año a otro son debidas al modo en que la duración de la órbita de la Tierra alrededor del Sol (conocida como año trópico) encaja en la secuencia de años bisiestos del calendario.

¡Por fin llegó! Si todos los años es la estación más esperada, este 2018 lo ha sido más que nunca. Después de una primavera más fría y húmeda de lo habitual que parecía no tener fin, este jueves 21 de junio es el primer día oficial del verano, lo que se conoce como solsticio de verano.

Pero, ¿qué es eso del solsticio y por qué ocurre? La razón va mucho más allá de una mera señal marcada en el calendario y tiene que ver con el elegante baile que nuestro planeta mantiene con el Sol. Como informa el Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional, Ministerio de Fomento), los inicios de las estaciones se definen como aquellos instantes en los que la Tierra se encuentra en una determinada posición en su órbita alrededor del astro rey.

En el caso del verano, esta posición corresponde al punto en el que el centro del Sol, visto desde la Tierra, alcanza su máxima declinación Norte (+23º 27'). Cuando eso sucede, la altura máxima del Sol al mediodía apenas cambia durante varios días, y a esta circunstancia se la llama solsticio (“Sol quieto”) de verano. En el momento en que el verano empieza en el hemisferio norte, en el hemisferio sur empieza el invierno.

El solsticio de verano es también el día más largo del año, entendiendo por ello el que tiene más horas de luz entre la salida y la puesta del Sol. Como ejemplo, en Madrid el día durará 15 horas y 3 minutos, a comparar con las 9 horas y 17 minutos que durará el día más corto (el 21 de diciembre). Como se puede ver, hay casi seis horas de diferencia entre el día más corto y el más largo. Esta diferencia depende mucho de la latitud del lugar, siendo nula en el ecuador y extrema (24 horas) por encima del círculo polar ártico. Es precisamente por encima del círculo polar boreal donde algunos días al año (alrededor del 21 de junio) se da el fenómeno del sol de medianoche, en que el Sol es visible por encima del horizonte durante las 24 horas del día. (En la Antártida, lo mismo ocurre alrededor del 21 de diciembre.)
Relojes desajustados

Es habital pensar que el día más largo del año será también el día en que el Sol salga más pronto y se ponga más tarde, pero no es así. Esto es debido a que la órbita de la Tierra alrededor del Sol no es circular sino elíptica y a que el eje de la Tierra está inclinado en una dirección que nada tiene que ver con el eje de dicha elipse.

Esto hace que un reloj solar y nuestros relojes, basados en un Sol medio ficticio, estén desajustados. El día en que el Sol sale más pronto es el 14 de junio, mientras que el día en que el Sol se pone más tarde es el 27 de junio.

Por estas fechas se da también el máximo alejamiento anual (afelio) entre la Tierra y el Sol. En el 2018, el máximo alejamiento se dará el día 6 de julio, siendo la distancia de algo más de 152 millones de km, unos 5 millones de km más que a principios de enero, cuando la distancia al Sol alcanzó su mínimo anual.


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lunes, 4 de junio de 2018

El paro al finalizar la etapa de Rajoy

Al acabar la etapa del Gobierno Rajoy se ha producido una creación récord de empleo, antes de que tome posesión el nuevo gobierno de Sánchez. El Ministerio de Empleo ha informado el 4 de junio de 2018 que el número de parados registrados en las oficinas de los Servicios Públicos de Empleo ha caído, durante el mes de mayo, en 83.738 personas, hasta registrarse un número total de 3.252.130 parados, el más bajo desde diciembre de 2008. Desde febrero de 2013 el paro se ha reducido en 1.788.092 personas. Este mes de mayo la Seguridad Social ha cerrado con 18,9 millones de afiliados (el Gobierno Rajoy tenía el objetivo de alcanzar los 20 millones de ocupados al final de la legislatura, dentro de dos años).



Respecto a mayo de 2017 el paro se ha reducido 208.998 personas, lo que sitúa su nivel de reducción interanual en el 6,04%. Por sectores económicos, el paro registrado se ha reducido, sobre todo, en los Servicios. La contratación indefinida ha crecido un 19,6% en tasa interanual, con lo que se encadenan así ya 52 meses consecutivos de aumentos en la contratación indefinida.





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jueves, 24 de mayo de 2018

El Arco de Augusto en Mengíbar

Arqueólogos de la Universidad de Jaén han localizado en Mengíbar el Arco de Jano, monumento que ejercía de línea divisoria entre dos provincias romanas, la Tarraconense y la Bética, en la vía Augusta. Oficia, además, de kilómetro cero de la segunda. La importancia histórica de este hallazgo es extraordinaria porque delimita formalmente la frontera entre ambos territorios. También tendrá repercusiones en el arte por el descubrimiento, en la excavación, de elementos arquitectónicos de los que apenas hay presencia en España.

Erigido en época del emperador Augusto en el año 2 aC, es el arco romano más antiguo de la Península Ibérica. A partir del siglo XIX los investigadores siguieron la pista de las inscripciones de los miliarios y de los estudios que situaban el arco en esta zona del Guadalquivir. El director del proyecto de excavación, Juan Pedro Bellón, buscó vestigios en el río antes de hallarlo en el Camino de los Romanos, a tres kilómetros de distancia del municipio de Mengíbar.



Los arqueólogos han descubierto en buen estado la cimentación del Arco, atravesada por la vía Augusta. Un equipo de expertos italianos se trasladará hasta Jaén para determinar sus medidas, pero Bellón ha avanzado que la anchura aproximada del monumento era de 15 metros y su altura de 8 metros. Y como el tipo de piedra es similar al de la torre medieval de Mengíbar está convencido de que en el siglo XIII se desmontó el Arco para construir el que hasta hoy es el principal símbolo arquitectónico del municipio.

Las molduras, restos de sillería y otros elementos arquitectónicos encontrados en la excavación permitirán conocer la estructura, el estilo y las dimensiones del arco que marcaba el inicio de la provincia romana Bética sobre la principal vía de comunicación de Hispania, razones suficientes, según el descubridor, para que se inicie la declaración de bien de interés cultural, tanto más cuanto que su importancia transciende el ámbito local. A su juicio, marca un hito tanto por su aportación a la historia como porque se construye en la época de mayor esplendor de Roma a instancia de Augusto, su primer emperador.

Para Antonio Pizzo, vicedirector de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, con el descubrimiento culmina una búsqueda de décadas iniciada a partir de diversas pistas sobre la ubicación. Este experto cita las aportadas por dos miliarios, de Tiberio y Domiciano, en los que se alude al arco de entrada a la Bética. «Todos sabían que estaba ahí, pero nadie la había encontrado», ha dicho, a fin de destacar que un hallazgo de primer nivel. Ha aclarado, además, que el arco, origen de una vía, no es honorífico, sino territorial. Y, en este punto, ha precisado que no delimita espacios urbanos sino provincias, lo que le otorga más valor.

Al igual que Bellón y Pizzo, el director del instituto universitario de investigación arqueológica ibérica, Manuel Molinos, ha resaltado también la importancia del arco. Tras aclarar que disipará determinadas incógnitas respecto a su localización a la entrada a la Bética, ha destacado también que el descubrimiento pone de manifiesto que en la Hispania romana todos los caminos importantes pasaban por lo que es hoy Jaén, territorio atravesado por varias vías, entre ellas la Augusta, cuyos 1.500 kilómetros de longitud enlazaban las actuales ciudades de Cádiz y Narbona.



El arco de Augusto apuntala el rango de Jaén como franquicia de Roma. Así, el monumento se ha descubierto cerca de cerro Maquiz, el lugar en el que las tropas de Escipión el Africano asediaron a la ciudad ibera de Iliturgi, luego aniquilada. En la provincia también se ha descubierto recientemente un anfiteatro con capacidad para 10.000 espectadores en Porcuna, la antigua villa de Obulco, y a escasos kilómetros, en Cástulo, son constantes los hallazgos de la época; entre los que destaca el mosaico de los amores.

En este sentido, la creación de esta nueva provincia Betica estaría asociada a la idea de dotarla de unos límites propios y también una concepción propia del espacio provincial. Por ello, la principal vía de articulación de toda Hispania, la Vía Augusta, fue el lugar idóneo para emplazar el célebre ‘Ianus Augustus’; situado en el inicio de la provincia Bética, era el punto de arranque para contar las millas de la vía Augusta en todo el territorio bético. Se trata del único caput viae citado en la documentación epigráfica viaria, relacionado estrechamente con la propaganda que Augusto quiso hacer, no sólo en este punto concreto, sino a nivel provincial.

La vía Augusta se convirtió en el principal eje de comunicación a partir del siglo I dC en Hispania, siendo la calzada romana más larga de la península, con una longitud aproximada de 1.500 km. Su trazado discurría desde los Pirineos hasta Cádiz. Sus etapas, distancias y mansiones quedaron grabados en los célebres ‘Vasos de Vicarello’, en los que fueron grabados los nombres y millas partiendo de Gades hasta finalizar en Roma. La Vía Augusta rinde homenaje a su impulsor, el primer emperador, Octavio Augusto, plenamente consciente de la importancia de la red viaria como infraestructura vital para el desarrollo imperial de Roma en Hispania.

La primera referencia escrita a la Vía Augusta aparece en la Geografía de Estrabón, en el siglo I aC. En ella, el geógrafo griego hace mención a un itinerario del Levante mediterráneo que conectaba las provincias de Hispania: la Ulterior, al sur del Ebro, (que en el 19 a.C. se dividió en Bética y Lusitania y vio reducidos sus límites, quedando bajo dominio senatorial) y la Citerior, situada al norte, que pasó a denominarse Tarraconense, y que vería aumentado su tamaño, ya que pasó a administrar la zona minera oriental de la Ulterior (hasta el distrito minero de Linares), de grandes posibilidades económicas.
















Por la Sierra de El Gastor













































































































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