viernes, 16 de enero de 2026

¿Qué pasó en Gobleki Tepe?

 Imagina un mundo en el que la historia, tal como la entendemos, aún no ha comenzado. Un mundo en el que el tiempo no es una flecha recta que lleva desde el teléfono inteligente hasta la nave estelar, sino un ciclo interminable de estaciones, nacimientos y muertes. Transportémonos 12,000 años hacia atrás a la época que convencionalmente llamamos el final de la edad de piedra, el paleolítico superior.

Según los libros de texto clásicos que estudiaron nuestros padres y abuelos, la humanidad entonces era apenas un bebé. Primitiva, dispersa, nómada y temerosa. Vivíamos en cuevas naturales o en chosas precarias hechas con pieles y ramas que el viento podía destrozar en un momento. No conocíamos la agricultura y simplemente recolectábamos lo que la naturaleza nos ofrecía.
No existían jerarquías sociales complejas. El jefe solía ser simplemente el cazador más fuerte. No existía una talla sistemática de la piedra a escala industrial, ni matemáticas, ni geometría, ni arquitectura. Éramos parte de la cadena trófica, un poco más listos que los lobos, pero mucho más débiles que los leones, ocultándonos del frío y de los depredadores, esperando la llegada de una civilización que, según la versión oficial, no nacería sino hasta 6,000 años después.
en los valles de Sumer y Egipto. Esa era la historia que nos contaron y en la que muchos creímos. Una progresión cómoda y lógica de lo simple a lo complejo. Pero en el sur de la actual Turquía, cerca de la frontera con Siria, a 6 km de la ciudad que hoy llamamos Shanlurfa, sobre una meseta calcárea anodina y bañada por el sol, que los cdos locales han llamado Yoblitepe, colina de la barriga, la Tierra escondía un secreto que no solo corrigió aquel esquema, sino que lo arrugó y lo arrojó al cubo de la historia. A mediados de la década de los
90, el arqueólogo alemán Klaus Schmith, guiado por su intuición profesional y por la aparición inusual de lascas de Silex en la superficie, inició excavaciones que esperaba fuesen las de un pequeño santuario bizantino o quizá un sitio neolítico. Lo que apareció cuando las palas retiraron la capa superior de césped imposible y para muchos inconcebible bajo una capa de arena depositada por el viento a lo largo de miles de años y como resultó después, por debajo de miles de toneladas de tierra y escombros acumulados y llevados allí por manos
antiguas, no había solo piedras, había templos. Se alzaban enormes columnas monolíticas en forma de té, perfectamente talladas en piedra caliza maciza, pulidas hasta brillar y dispuestas en complejos círculos y espirales de precisión geométrica. Algunas de esas columnas pesaban hasta 20 toneladas y en ocasiones llegaban a pesar 50 toneladas y alcanzaban alturas de hasta 6 m.
Todo ello fue construido miles de años antes de Stonehengch y millenios antes de las grandes pirámides. Lo asombroso era que, según la lógica establecida, quienes levantaron esos monumentos no tenían la rueda, ni el metal, ni la escritura, ni el torno de alfarero, ni animales de carga. Era como hallar un motor a reacción dentro de una tumba faraónica o un microchip de silicio en un estrato del Jurásico, un o part de proporciones monumentales.
Sin embargo, el verdadero choque, aquel del que historiadores y teólogos aún tratan de recuperarse, no procedió tanto del tamaño de las piedras como de lo que estaba tallado en sus lados. Al limpiar siglos de polvo, los arqueólogos descubrieron un vestiario grabado en las columnas. Escorpiones con el aguijón en alto, arañas en posición de salto, serpientes que se enroscan.
Zorros con las fauces abiertas, grullas de cuello curvado, jabalíes con colmillos. Especial atención merece la columna catalogada como número 43, conocida en el mundo científico como la piedra del buitre. Allí se encuentra un bajo relieve complejo, casi secuencial, que recuerda a una viñeta de cómic o a un conjunto de instrucciones.
Un buitre con las alas extendidas sostiene un disco entre sus garras. Más abajo aparece un escorpión. Junto a él una figura humana decapitada y símbolos extraños que asemejan letras como la H y la O. Durante mucho tiempo se interpretó todo ello mera iconografía ritual. tótems tribales o fantasías de pueblos que temían la noche y buscaban aplacar a los espíritus de la casa.
"Son solo imágenes,", dijeron muchos arqueólogos. Pero un equipo de la Universidad de Edimburgo, dirigido por el profesor de ingeniería, Martin Suetman, afrontó la piedra desde otra óptica que las ciencias humanas habían evitado. La trató como datos, como si fuera un disco duro. Introdujeron esas imágenes en potentes simuladores astronómicos desarrollados por agencias como la NASA y pidieron a las máquinas que buscaran coincidencias en el cielo de épocas remotas.
El resultado eló la sangre de físicos, astrónomos y climatólogos. Aquello no eran dibujos decorativos, sino un mapa estelar. Lo que los científicos encontraron fue una representación matemática precisa del firmamento en un instante concreto del tiempo. Y ese mapa señalaba la fecha exacta, el día y la hora en que el cielo de algún modo cayó sobre la tierra y destruyó el mundo anterior al nuestro.
Si queremos entender el núcleo del hallazgo, debemos acercarnos mentalmente a la columna 43 y palpar, aunque sea imaginariamente, la frialdad de la piedra. Esta pieza es la piedra de Roseta de la Edad Piedra, silenciosa durante 12,000 años. Se erige en la parte noroeste del conjunto en el llamado recinto de, la sección más antigua y mejor conservada de las excavaciones.
En su amplia arista occidental aparece esculpida una composición inquietante y casi surrealista. un escorpión, un ave de cuello largo que recuerda a un pato o una oca, un animal similar a un lobo o a un zorro y dominando la escena, un buitre en una postura rígida y extraña que sostiene un disco perfecto. En la base figura la representación esquemática de un hombre sin cabeza y con el miembro erecto.
La arqueología tradicional ofrecía un mantra conocido. Se trataría de un culto funerario en algunas prácticas agrícolas neolíticas y en creencias de cortes oro astriano, los buitres participaban en entierros en el cielo, en la excarnación. Arrancaban la carne de los huesos para liberar al alma.
La figura del hombre decapitado podría ser una víctima, un antepasado o un chamán en trance, magia y religiosidad. Pero los ingenieros Suedman y Dimitrios Sicritsis plantearon una pregunta simple y profundamente reveladora. Y si esos animales no son literales, sino constelaciones, los pueblos antiguos vivían bajo un cielo abierto, sin contaminación luminosa ni ciudades que ocultaran la Vía Láctea.
Las estrellas eran sus relojes, sus mapas y sus televisiones nocturnas. Se fijaban en ellas con una familiaridad que un urbanista moderno raramente conoce de su propio barrio. Cualquier modificación del firmamento era observada y registrada. Para comprobar su hipótesis, los investigadores utilizaron un potente planetario llamado Estelarium y rebobinaron el cielo miles de años hacia atrás, teniendo en cuenta la precisión del eje terrestre, la lenta oscilación del planeta, semejante a una peonza que va perdiendo velocidad. que
altera la disposición de las constelaciones a lo largo de milenios. Las piezas del rompecabezas encajaron con una precisión matemática que descartó interpretaciones dudosas. La probabilidad de una coincidencia era de 1 entre 1 millón. El escorpión representado corresponde sin ambigüedad a la constelación de Escorpio, apenas alterada a lo largo de estas eras.
El lobo o zorro encaja con la constelación de lupus. El ave acuática tiene equivalentes en antiguas descripciones de aves que nadan en un río celeste y el buitre, figura central, se ajusta a la constelación de Sagitario. Las alas, el cuello y el cuerpo del bajo relieve coinciden con las estrellas principales de aquel grupo estelar en la configuración que correspondería a esa remota época.
El disco que sostiene el buitre representa el sol. La posición relativa de esos animales sobre la columna se corresponde exactamente con la disposición de ciertas constelaciones en el horizonte en un momento astronómico muy específico. No era una pintura simbólica, sino una fotografía del cielo tallada en piedra. ¿Cuál fue ese instante astronómico? El ordenador lo recorrió sistemáticamente y dio una respuesta sin ambigüedad.
La escena se forma cuando el sol se sitúa en Sagitario en el día del solsticio de verano y corrigiendo por la precesión, esa combinación concreta del cielo aparece en una época determinada, 10951 anes de Cristo, con un margen de error de 250 años. Esa fecha estremeció a los geólogos. No es una fecha cualquiera en un calendario, es un hito, un punto de inflexión en la historia de la Tierra que casi borró a la humanidad y reinició la civilización.
En la terminología moderna de la geología, la climatología y la paleontología, ese momento coincide con el inicio del dryas reciente, conocido como Younger Dryas, una de las anomalías climáticas más abruptas y severas de los últimos 100,000 años. Para entender la magnitud de lo ocurrido, hay que imaginarlo así. El planeta salía lentamente de la última glaciación mayor.
Las temperaturas habían ido subiendo durante milenios. Los glaciares retrocedían y liberaban territorios de Europa y Norteamérica. Los bosques avanzaban hacia el norte y la vida prosperaba. Los pueblos cazadores recolectores exploraban nuevas zonas, incluso cruzando puentes terrestres como el de Bering. Era en muchos sentidos una edad dorada para quienes vivían de la casa y la recolección.
Y luego, de forma casi instantánea en términos geológicos, quizá en cuestión de años o incluso meses, según los núcleos de hielo más recientes, el planeta retrocedió a un frío profundo y mortal. Las temperaturas en el hemisferio norte descendieron entre 10 y 15ºC. Los glaciares avanzaron de nuevo arrasando bosques.
Europa, Norteamérica y grandes regiones de Asia se convirtieron en desiertos helados, secos y barridos por vientos furiosos que alcanzaron la fuerza de huracanes debido al contraste térmico. Sequías devastaron bosques en el cercano oriente. Esa pesadilla glaciar duró aproximadamente 1000 años. Durante mucho tiempo, los científicos no supieron explicar qué pudo detener el calentamiento global y apagar aquel horno planetario.
Hipótesis como la interrupción de la circulación termoalina del Atlántico o el desbordamiento del lago glacial Agasís no alcanzaban a explicar la escala global del desastre. Fue en los primeros años del siglo XXI cuando emergió la evidencia decisiva. En núcleos de hielo de Groenlandia y en capas de suelo coincidentes en lugares tan distantes como México y Siria, apareció una delgada franja con una concentración anómala de platino e iridio.
Esos metales raros en la corteza terrestre son comunes en cuerpos cósmicos como asteroides y cometas. Además, en ese mismo estrato aparecieron millones de nanodiamantes, diamantes hexagonales como la lons da leíata y microsférulas magnéticas. diminutas bolitas de roca y metal fundidas que solo se forman a temperaturas superiores a 2000 gr cuando la roca se vaporiza y se condensa de forma instantánea.
Esa capa fue bautizada como la alfombra negra, una franja de ollín, carbón y ceniza que rodea el planeta a esa profundidad. La conclusión que impone la evidencia es clara y aterradora, impacto cósmico. Al mirar de nuevo la columna 43 en Guobeclitepe, comprendemos que sus talladores no solo sobrevivieron al suceso, lo vieron, registraron aquello.
El disco que sujeta el buitre no es simplemente el sol del solsticio, es un sol oscurecido por polvo, un sol negro de catástrofe. El hombre sin cabeza no representa un sacrificio ritual aislado, sino la muerte colectiva, una humanidad decapitada en sentido simbólico, desprovista de liderazgo y diezmada en número.
Goblitepe no parece, por tanto, un templo de júbilo, fertilidad y danza. se revela como un memorial de un apocalipsis, un monumento erigido por supervivientes en estado de conmoción postraumática. Cuando los símbolos de las columnas se reinterpretan junto con los datos geológicos, emerge un mecanismo de catástrofe más detallado. No se trató de un único asteroide gigantesco como el que extinguió a los dinosaurios hace 66 millones de años.
Si aquel hubiera sido el caso, esperaríamos encontrar un cráter colosal correspondiente, cosa que no aparece en esta cronología, aunque el cráter Hayahuata bajo el hielo de Groenlandia ha sido propuesto como candidato. En cambio, la evidencia apunta a algo más insidioso, un cometa que se fragmentó, un cometa de gran tamaño, posiblemente de 100 km de diámetro, que fue desestabilizado al entrar en el sistema solar interior y comenzó a desintegrarse bajo la influencia del Sol y de los planetas. Se transformó en un enjambre,
en una corriente de escombros de hielo, roca, polvo y gas. En el año alrededor del 10,950 anes de Cristo, la Tierra atravesó la parte más densa de esa cola cometaria. Fue como pasar por delante de una escopeta cósmica, una lluvia de impactos que varría la superficie. Miles de fragmentos, desde pequeños fragmentos hasta pedruscos de tamaño kilométrico, penetraron la atmósfera terrestre.
Muchos explotaron en el aire sobre las capas de hielo de Norte América, provocando derretimientos instantáneos y enormes inundaciones que afectaron a Europa y al cercano Oriente. La potencia de esas explosiones se midió en megatones. Las ondas de choque destrozaron bosques enteros y la radiación térmica encendió la vegetación seca en varios continentes y dio origen a incendios masivos.
Humo, polvo y ceniza ascendieron a la estratosfera y bloquearon la luz solar durante años. Se detuvo la fotosíntesis y se instauró un invierno global análogo a un invierno nuclear, aunque sin radiación, pero con frío letal. Esa es la imagen que quedó impresa en piedra en el centro de Turquía.
Los símbolos que en el pasado se interpretaron como serpientes simbólicas de fertilidad o representaciones de agua, ahora adquieren un significado literal. y ominoso. Son meteoros que caen, serpientes de fuego trazando su trayectoria por la atmófera. Semento analizaron el punto radiante, el lugar del cielo del que parecen proceder esos meteoros en relación con las constelaciones representadas en la piedra.
El análisis astronómico mostró una conexión única con la lluvia de meteoros tauroidas. Hoy en día la Tierra atraviesa ese complejo dos veces al año, a finales de octubre y noviembre, cuando observamos las tauridas principales y en junio, cuando pasamos por las beta tauridas. En la actualidad esas lluvias son un espectáculo de estrellas fugaces y ocasionalmente de bólidos brillantes, pero hace 12,000 años representaban una corriente de rocas y hielo que mató.
Los astrónomos antiguos de Gobeclitepe conocían el origen de la muerte y dejaron las coordenadas celestes del asesino. Las excavaciones han revelado además un detalle macabro que refuerza la hipótesis de un trauma global y un cambio de mentalidad colectiva. En el sitio se recuperaron fragmentos de muchos cráneos humanos, pero no se trata de restos ordinarios de entierros.
Los cráneos muestran cortes finos y precisos hechos con cuchillos de silex. Se les descarnó la piel y los músculos, y se practicaron perforaciones en la bóveda para colgarlos con cuerdas de vigas o techos. Algunos cráneos fueron cubiertos con ocre. Durante años se pensó que esto correspondía a un culto a los antepasados, un modo de honrar la memoria de los difuntos y mantener la sabiduría de los mayores.
A la luz de la teoría del impacto, esa práctica adquiere otra lectura. Los supervivientes de la lluvia de fuego y la devastación vieron montañas de cadáveres, cuerpos carbonizados y despedazados. El trauma psicológico fue tal que la muerte se convirtió en el eje de la vida cultural. El miedo se transformó en deidad.
Los círculos de piedra no se erigieron únicamente para pedir lluvia o buena casa. Fueron depósitos de memoria, intentos por ordenar el caos y aprisionarlo en piedra eterna para no olvidar. Goblitepe puede entenderse como un intento colectivo de terapia, un trastorno de estrés postraumático inscrito en la arquitectura.
Colgar cráneo servía para recordar, para que los muertos observaran los rituales de los vivos y alertaran a las generaciones futuras. Y hay otro enigma extraordinario. Estos templos no fueron destruidos por invasores ni abandonados por agotamiento del suelo o por el simple paso del tiempo. Fueron enterrados deliberadamente por sus propios constructores.
Con gran esfuerzo, cuidadosamente y con una intención que no puede ignorarse, los responsables rellenaron sus creaciones con miles de toneladas de tierra transportadas en cestas. Sellaron esa cápsula temporal bajo el suelo. ¿Por qué? Quizá querían preservar un mensaje para un porvenir lejos de la erosión. O tal vez pretendieron clausurar el lugar maldito en el que el cielo había matado a la tierra y empezar de nuevo cuando el clima se estabilizara.
Sea cual fuere la razón, ese enterramiento voluntario añade una capa de significado. No solo construyeron memoria, sino que la preservaron deliberadamente para quienes vinieran después. La consecuencia más profunda de este descubrimiento afecta a nuestra comprensión del pasado cercano y por extensión de nuestro presente. Explica por qué somos como somos, por qué vivimos en ciudades, por qué pagamos tributos, mantenemos ejércitos y comemos pan.
Antes de la lluvia de objetos cósmicos, la vida de los cazadores recolectores era relativamente fácil. Existía abundancia de carne de casa, frutos secos y peces. La población crecía y la libertad era mayor. Sin embargo, el dryas reciente destruyó ecosistemas, bosques que ardieron o se helaron y la megafauna, mamuts, mastodontes, tigres dientes de sable y perezosos gigantes, desapareció en esas perturbaciones.
Las fuentes principales de carne se extinguieron y los granos silvestres se marchitaron bajo el frío y la sequía. Los supervivientes se encontraron en un mundo frío, vacío y sin recursos. No tuvieron otra opción que transformar radicalmente su estrategia de subsistencia. En los remanentes de granos silvestres que sobrevivieron en oasis aislados, la gente empezó a experimentar.
Cuidaron esos vestigios, seleccionaron las mejores semillas y las plantaron deliberadamente. Así nació la agricultura. Goblitepe se halla a solo 30 km de un volcán extinto llamado Caracadá y los genetistas del Instituto Max Plank, analizando el ADN de 68 linajes de trigo moderno, han demostrado que en aquellas laderas tuvo lugar la primera mutación genética del trigo silvestre que condujo al trigo domesticado.
Este lugar puede considerarse el kilómetro cero de la agricultura, la cuna del PAN. Coincidencia, muchos científicos no lo creen. El templo actúa como un núcleo alrededor del cual tribus dispersas se reunieron. La necesidad de alimentar a cientos de constructores que no podían cazar mientras sincelaban la piedra y el miedo a la inanición exigieron organización, jerarquía y la invención de la agricultura.
La civilización, por tanto, no surgió a partir de una vida cómoda, ni fue un regalo divino. Se originó como acto de supervivencia por desesperación después del fin del mundo. Nos hicimos sedentarios y dependientes de la Tierra para no morir. La agricultura fue una imposición de la necesidad, no un regalo de los dioses. En la parte superior de la columna 43 aparecen además tres objetos que durante años volvieron locos a historiadores alternativos.
Ufólogos y místicos son formas que recuerdan a bolsas o cestas con asas, un cuadrado con un arco encima. Formas parecidas aparecen en relieves sumerios en manos de genios alados, en esculturas de Mesoamérica, en la India y en Indonesia. Algunos conspiracionistas han propuesto interpretaciones extravagantes, baterías alienígenas o maletas con tecnología secreta.
La decodificación astronómica de Suetman ofrece una explicación más prosaica y sin embargo brillante. No son bolsas, sino representaciones esquemáticas del sol poniéndose tras el horizonte. El arco superior simboliza el cielo y el cuadrado inferior la tierra. Tres de esos signos representan tres fases, tres estaciones o tres ciclos de precesión, es decir, tres eras del zodíaco. Es un calendario.
Junto a cada bolsa aparece un animal pequeño que marca las estaciones o las constelaciones en las que el sol sale en los equinoccios y solsticios. Esto prueba que la gente del paleolítico tardío poseía pensamiento abstracto, elementos de geometría y nociones matemáticas. Entendían los ciclos del tiempo y conocían la posibilidad de que las catástrofes se repitieran.
Dejaron esas señales como advertencia para las generaciones siguientes. Mirad al cielo, observad los equinoccios. El tiempo es cíclico. Si nuestros antepasados sabían tanto, si levantaron monumentos y registraron la fecha de la catástrofe hasta el año, ¿por qué lo olvidamos? ¿Por qué la historia comienza por lo general con Sumer y Egipto 6000 años después de Jobclitepe? ¿Dónde quedaron esos 6000 años de apagón? La respuesta es inquietante.
El trauma fue demasiado grande tras el final del Younger Drias, alrededor del 9600 ates de Cristo, cuando el clima volvió a calentar, la vida mejoró y la agricultura prosperó, la población aumentó y la memoria técnica se transformó en mito. La historia real de la lluvia de fuego y del cataclismo pasó a ser relatos, mitos y fábulas.
En el diluvio bíblico aparece la crecida de los mares al derretirse los hielos. En la tragedia griega de Faetón, el Hijo del Sol pierde el control del carro celestial y quema la tierra. En las sagas nórdicas existe el Finbull Winter, el gran invierno peligroso. Y la leyenda de la Atlántida que se hunde en un solo día y una sola noche según Platón coincide en la fecha que él aportó con el final del Dryas y la subida brusca del nivel del mar.
Goblitepe podría ser posiblemente la fuente original de muchas de esas historias, un registro pétreo de un suceso real que con el tiempo se convirtió en leyenda. Olvidamos la ciencia, pero retenemos el miedo. La reapertura de esta memoria tiene implicaciones para el presente. Fragmentos de aquel mismo cometa acechan aún en el espacio bajo la forma de un complejo que los astrónomos llaman el complejo de las tauridas.
Una corriente de escombros que ocupa millones de kilómetros. Entre ese polvo fino que se desintegra en espectáculos de estrellas fugaces, pueden ocultarse fragmentos grandes, cometas oscuros o asteroides cubiertos de ollin que no reflejan la luz hasta que se acercan mucho. Algunos científicos consideran que el vólido de Tunguskaa ocurrido en el año 1908 pudo ser un trozo de esa misma corriente.
Aquel suceso tuvo lugar en junio durante el paso de las beta tauridas. La piedra del buitre no es solo un monumento para los muertos, es una advertencia petrificada para el futuro. Los constructores antiguos nos hablan a través del abismo del tiempo. Sucedió una vez, casi nos extinguió y puede volver a suceder.
Mirad a Escorpio y Sagitario, temed la serpiente del cielo. Observad el tiempo. La Tierra es una casa aislada y vulnerable en una galería de tiro cósmica. Y nuestras ciudades, teléfonos inteligentes e internet no nos protegen de una roca que venga a 30 km por segundo. Goblitepe está aún cubierto por arena en gran parte.
En la actualidad solo un 5% de su extensión ha sido excavada. Los estudios con radar de penetración del suelo indican que bajo la superficie yacen docenas de círculos de piedra ocultos y cientos de columnas por descubrir, ¿qué esconden? ¿Qué otras fechas señalan? ¿Qué mapas y mensajes duermen aún en la oscuridad? Quizá entre esas piedras halladas queden respuestas sobre cómo salvarnos la próxima vez.
Apenas hemos empezado a leer ese libro en piedra. Apenas hemos abierto la primera página y ya ha trastocado nuestra comprensión del mundo. Somos hijos de una catástrofe. Descendemos de quienes miraron arder el cielo, vieron morir al mundo y sin rendirse amontonaron piedra sobre piedra, inventaron el pan y tallaron la advertencia para nosotros.
La belleza del firmamento nocturno es engañosa. En la frialdad del espacio se guarda tanto la historia de nuestro origen como quizá el guion de nuestra destrucción. Las piedras de Guoblitepe han dejado de permanecer mudas.

viernes, 9 de enero de 2026

Prólogo a la biografía de Pepe Osuna

 Amable lector, cuando hace unos doce años conocí personalmente al maestro Osuna sentí revivir en mi interior los años de la infancia. Lo que voy a decir puede servir de ilustración para comprender el papel que jugó en el toreo durante unos años previos a la aparición de Manuel Benítez El Cordobés y a la generalización de las corridas televisadas. Nací en un pueblo extremeño, muy taurino, que dista de Albacete cuatrocientos veinte kilómetros en línea recta y quinientos treinta por carreteras actuales. Cuando llegaban las fiestas de los toros, en agosto, se montaban las talanqueras y los tablados en la plaza. Un mes antes los carpinteros empezaban a llevar con carretas de vacas las costanas y las amontonaban en el suelo, antes de hincarlas a base de azada y palanca perimetrando el coso. Durante ese periodo de montaje, los niños y muchachos, chicos y menos chicos, nos concentrábamos allí, al atardecer y por la noche, para jugar al toro entre el olor a resina de costanas nuevas y el tacto familiar de aquellas costanas viejas que ya conocíamos de años anteriores. Yo tendría siete u ocho años y me ponía con mis amigos en un lado y en el lado contrario se ponían los mayores, que andaban por los quince o dieciséis. Una vez, uno de ellos, cuando toreaba a otro con un saco, empezó a decir: “Embiste, que yo soy Osuna”. Otro se autocalificaba de Litri, por ejemplo, pero el de Osuna es el que más se repetía y, así, los demás amigos empezaron a llamarle Osuna durante el particular toreo de salón. Con Osuna se quedó. Todo el mundo lo conoce como Osuna. Todavía hoy su propia mujer no le llama Manuel; lo llama Osuna. Hay que decir que el maestro Osuna no toreó por las plazas de Cáceres o Badajoz, pero los periódicos y la radio llegaban a todos los sitios.

Conocer a Pepe Osuna en Jerez fue como encontrar una pieza que había perdido y que me faltaba en el puzzle de mi vida. Por eso le agradezco que me haya confiado ahora la escritura de un prólogo a su libro de memorias, en que expone con términos sencillos y directos lo que ha hecho en su vida taurina, para compartirlo con quien se acerque a él, al libro y a su persona, cuando ha cumplido más de sesenta años desde su alternativa.

Osuna nació en Molinicos, un pueblo de la sierra sur de la provincia de Albacete. Desde pequeño se sintió orientado hacia la afición taurina. No es de extrañar; en toda la provincia hay muchísima afición al toro. Albacete tiene al toro grabado en la piel, en el espacio y en el tiempo. Hemos dicho tiempo, sí. Desde la lejana Prehistoria se conservan los testimonios del temor, respeto y admiración que despiertan en las gentes de esa tierra la belleza y la fuerza de un animal tan especial.

Molinicos está a diecisiete kilómetros de las pinturas rupestres de Aýna; a otros diecisiete de las de Letur; a veintisiete de las de Socovos; a cuarenta de las de Nerpio; a cincuenta y cinco de las de Minateda y a ciento cinco de las de Alpera. En todas ellas el protagonista es el toro, que desde los primeros tiempos atrajo la atención los habitantes de todos esos lugares, en donde se proclamaba tanto su superioridad sobre los demás animales salvajes como su identificación con simbologías de lo indomable y de lo terrible. En España hay pocas zonas donde se pueda encontrar un número de testimonios prehistóricos de admiración al toro similar al que hay en la provincia de Albacete.

La afición al toro siguió indeleble entre los albaceteños a lo largo del tiempo. Vinieron los tiempos romanos; luego tiempos medievales, con sus alanceamientos nobiliarios. En 1546, el 24 de junio, por San Juan y Corpus, con previo acuerdo del Ayuntamiento de la capital se corrieron toros por las calles hasta la plaza del Altozano en honor de la Virgen de La Corona; así lo dice el documento más antiguo que se refiere a la fiesta brava en la ciudad. A mediados del siglo XVIII se levantó la primera plaza fija, de madera; fue la de Caulín, que, situada en los números impares de la calle de la Feria, tenía un diámetro de veinticinco metros y funcionó hasta 1895. La primera plaza de mampostería se inauguró en 1829 y estaba en la misma calle de la Feria pero en la parte de los números pares; se mantuvo hasta 1916. Allí se celebraron espectáculos a plaza partida; también allí, en 1895, tomó la alternativa Mancheguito, el primer matador de toros albaceteño doctorado. Hay que añadir la pequeña plaza que había próxima, la llamada de José Asensio. En 1917 se inauguró la conocida como Chata, construida en seis meses y que, con su estilo neomudéjar, llega hasta nuestros días mereciendo del Cossío el elogio de ser considerada como una de las más excelentes plazas de España. El cronista K-Hito, en uno de sus artículos en esa época, decía: “A la cuna del toreo le han puesto ruedas y se ha trasladado de Ronda y Sevilla a Albacete”.

Aparte de la capital, por toda la provincia se reparten pueblos donde los toros son el eje de sus fiestas y de sus tradiciones. Unos disponen de plazas fijas; otros habilitan sus plazas urbanas para las ocasiones taurinas. Recuerdo personalmente un encuentro fortuito pero encantador con unos niños en Aýna, cuando caminaba por sus calles como turista distraído. Ninguno superaba los diez años y estaban jugando al toro, como hacía muchísimo tiempo que no veía por ningún otro sitio. Dos hacían de toro; otros dos toreaban, uno con una tela y otro haciendo como recortes y quiebros. Tres o cuatro más esperaban su turno. Les pregunté y me invitaron a jugar con ellos, a lo que acepté encantado durante breves minutos. Cuando me estaban despidiendo me dijeron orgullosos: “Señor, si usted busca toros, sepa que ha llegado a la capital de los recortadores. Puede volver a este pueblo cuando sean las fiestas”. Así, no es de extrañar que el número de matadores albaceteños supere de largo los setenta, a los que hay que añadir gran número de becerristas, novilleros y subalternos, añadiendo también rejoneadores y picadores.

En estos pueblos Pepe Osuna se inició como maletilla; también anduvo mucho por la Ruta del Toro gaditana. Eran los tiempos en que Albacete bullía con los triunfos de Pedrés, de Juan Montero y Chicuelo II. Entonces se movilizó una nube de chavales que querían ser toreros y el modo que tenían era empezar por las capeas, los encierros y los tentaderos, a los que se acercaban por el sistema de caminar y caminar de lugar en lugar, por trochas y carreteras, con el hatillo al hombro. Eran experiencias duras, que afrontaban con las fuerzas de la ilusión; entre el hambre, el cansancio y el frío de las noches al relente, ya se veían en figuras. En el caso de nuestro protagonista, un hecho fue vivido con especial intensidad y se le quedó grabado para siempre; se trata de la pérdida de un compañero de andanzas, caído en una plaza polvorienta cualquiera. Sin embargo, la decisión estaba tomada: quería ser torero.

Luego llegó la etapa de novillero y el apoyo de un apoderado, sin faltar la amistad y protección de una figura como Antonio Ordóñez. Fue una etapa larga, que le permitió recomponerse y saber qué quería hacer en el futuro. Llegó luego, en 1962, la alternativa en Méjico, aquel Méjico adonde se iban los toreros para ganar dinero; allí sorprendió y provocó crónicas elogiosas en la prensa taurina. Volvería varios años. En España se movió por el ámbito de las corridas duras, esas en las que salen toros que piden toreros machos. Mientras tanto desarrollaba una faceta empresarial con la que luego se desenvolvió en la vida, una vez que dejó el toreo en activo. Fue el año 1970 cuando toreó sus últimos festejos, porque ya la vida familiar le imponía otras obligaciones; sin embargo, no dejó de atender a festivales benéficos o direcciones de lidia.

Este bosquejo biográfico es suficiente para un prólogo. El desarrollo y los detalles de su vida, así como sus reflexiones, las ofrecerá el propio Osuna a lo largo de las páginas de su obra. Se trata de un libro que ha escrito a lo largo de veinte años. Con perseverancia, ha ido redactando notas y fragmentos poco a poco, según le venían los recuerdos a la cabeza. Se ha fiado sólo de su memoria y de sus impresiones, sin comentar nada con nadie, ni siquiera con su familia. En un último momento ha sido necesario recurrir a documentación, a prensa, a libros, a carteles, para cubrir lagunas de datos, nombres, fechas y números. El resultado es la exposición de sus sentimientos, abierta de par en par ante los ojos del lector.

Lo que sí quiero hacer es ofrecer mi visión de Osuna en su aspecto personal. Lo primero que puedo decir es que es una buena persona. Sé que suena a tópico, pero es la verdad, dicha con convencimiento por mi parte. Recuerdo el día en que nos presentaron. Estábamos participando en un programa de una televisión local, con el tema del aspecto taurino de la Feria del Caballo. En cuanto nos conocimos, tras acabar nuestra intervención en el estudio, me invitó a su casa para charlar, pasear y comer junto con Marina. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. No, no es esto por lo que digo que es buena persona. Sin embargo, me di cuenta en cuanto empecé a tratarlo y a conocerlo. Pone calma en la tormenta y está siempre dispuesto al abrazo.

Al poco me contó cómo había transcurrido su infancia, en un ambiente humilde y en una familia que tenía que luchar mucho para salir adelante. Lo conmovedor es que ahí es donde él aprendió a ser buena persona. Realmente me impactó el relato de lo que su abuela le enseñaba y le impulsaba a hacer en los tiempos convulsos de posguerra: “Cada persona puede pensar lo que quiera, pero todos tenemos que comer”. Es una narración de auténtica fuerza cinematográfica eso de llevar cada cierto número de días una bolsa con pan recién elaborado hasta la sierra y dejarlo en una determinada peña. La misión debería hacerse con todo el sigilo posible. Él nunca vio a nadie allá arriba, pero, cuando volvía la siguiente vez, en la peña donde iba a depositar el pan se encontraba una liebre o un conejo recién cazados. Dice que eso le enseñó a hacer las cosas. Por tanto, podemos ver que la bondad aquí viene de cuna.

Es una constante en él estar siempre pendiente de ayudar a quien lo necesite. De él fue la idea y el trabajo que cuajó en la tradicional y prestigiosa Corrida de Asprona, a beneficio de personas discapacitadas. Asimismo, participó muchas veces en el festival taurino que se organizaba a favor del Cotolengo. En nuestra relación permanente me dice con frecuencia, y aun insistencia, que si me entero de algún acto caritativo, o de alguna reunión solidaria o comida benéfica, se lo comunique para participar y así colaborar con las necesidades del prójimo.

Esa preocupación por los demás no podía dejar de lado a sus compañeros de profesión. Una de las cosas de que más orgulloso se encuentra es la galería de placas de cerámica existente en el anillo interior de la plaza de toros de su ciudad. Es obra suya, tanto en la idea como en la realización. Siempre quiso que los toreros albaceteños tuvieran testimonio de su paso por la historia del toreo; todos, no sólo los escasos a los que se levantó estatua. Le propuso la idea al alcalde y se ofreció a ejecutarla. Cuando visité esa plaza por primera vez, él me acompañó porque especialmente, entre otras cosas, quería mostrarme la galería, que empieza con Mancheguito y aún continúa en elaboración con los últimos nombres de toreros locales alternativados.

Osuna quería ser torero desde pequeño y, mucho después de su retirada, a día de hoy se siente torero. Así, cuida su atuendo personal y se presenta impecable a cualquier cita que tenga. Sigue considerando un deber respetar la puntualidad, como cuando tenía que estar en el patio de cuadrillas quince minutos antes, dispuesto para iniciar el paseíllo. Suele decir que “antes que llegar tarde a una reunión es mejor no ir”.

Otra faceta de su torería es el cuidado físico. Se mantiene en perfecta forma. Hace ejercicio diario, como recordando aquellos días de preparación en su etapa activa, durante los inviernos en que, viviendo en el campo, subía y bajaba los cerros con pesos en las manos. Hoy ha cambiado los cerros por la playa. No hay día en que no camine por la arena y se marque diez o doce kilómetros, siempre acompañado por su Marina, su media vida. Una vez le comenté mi deseo de hacer una ruta por la provincia de Albacete para visitar todas las estaciones prehistóricas donde hay pinturas rupestres que representan toros de hace cinco mil años. Me dijo de inmediato, sin importar la edad: “Yo voy contigo”. Le contesté: “Maestro, hay que subir y bajar muchas sierras y hay que recorrer muchos kilómetros”. “Yo lo hago. Cuando decidas hacer esa excursión no te olvides de llamarme”. ¡Qué arte más grande!

No es sólo la forma física, sino también la intelectual. Es de ver con qué atención sigue las noticias del mundo taurino. Está al día de lo último y comenta los progresos de todos los jóvenes, haciendo apuestas por unos o por otros. Como su asistencia a las plazas es frecuente y mantiene al abono en varias de ellas, siempre intenta acudir a los festejos donde esté algún nuevo valor. Suele decir a aficionados, profesionales y periodistas que las figuras deben dejar algún hueco a los jóvenes por el bien de la Fiesta.

Le gusta leer y, de la misma manera que está al día en las noticias taurinas, sorprende por sus amplios conocimientos sobre el pasado de la Tauromaquia, cosa que no se ve en muchos de sus compañeros de profesión. Es capaz de mantener una conversación y un debate sobre Paquiro nada menos que con el propio biógrafo del chiclanero. En efecto, he podido ser testigo de momentos deliciosos compartiendo mesa con el maestro y con Boto Arnau. Igualmente, hemos platicado sobre lo que Chaves Nogales dijo o dejó de decir sobre Belmonte, personaje al que, por cierto, llegó a conocer personalmente en Gómez Cardeña.

Desde el 2002 pasa más de la mitad del año en la costa gaditana, buscando el favor de la climatología y la influencia benéfica del mar. Sin embargo, allí y en cualquier otro sitio en que esté, sigue considerándose un embajador de la tierra albaceteña. No hay ocasión que se presente en donde no se extienda con el obsequio de una navaja representativa, sin faltar el tradicional detalle pintoresco de pedir a cambio un euro. Recuerdo la comida a que, para celebrar sus sesenta años de alternativa, invitó en un prestigioso restaurante de El Puerto a una treintena de personas; allí estaban rejoneadores, toreros y aficionados. Los obsequió con navajas ilustradas con la efeméride; pues bien, cobró un euro por cada una.

Una persona con esas cualidades humanas no podía dejar de ser reconocida y, en efecto, han sido numerosas las veces en que le han sido valoradas tales cualidades. A esos reconocimientos les dedica en el libro un capítulo denso. Por ello, él se siente satisfecho y ve que su paso por el toreo ha dejado huella, marcada principalmente por su forma de ser y por su capacidad para tejer relaciones sociales amistosas y teñidas de ternura. Uno de los reconocimientos más significativos, y más recientes, fue la entrega de uno de los Premios Quijotes del Toreo. El otro premiado fue Julián López El Juli, que se había retirado hacía poco. Se celebró el acto en los salones del albaceteño Casino Primitivo y me honró al hacerme sentar en la mesa de su familia, a su derecha. En su intervención, tras recibir el trofeo, se expresó a placer provocando las sonrisas y los aplausos de los más de doscientos asistentes.

Por tanto, se puede decir que nuestro protagonista es una persona que está orgullosa de lo que ha vivido y de lo que ha hecho. Se siente reconocido. En su etapa de torero activo pudo conocer lo que es ese mundo, con su parte dura y con su parte buena. De todo hay allí, pero lo principal es que hay gloria. Él ha conocido la gloria del toreo. Ahora quiero dejar de dirigirme al lector y, para terminar, voy a dirigirme a Pepe Osuna.

Maestro, usted toreó y consiguió sus objetivos. Sin embargo, la torería es muy amplia y se puede torear fuera de la plaza; se puede torear a lo largo de toda la vida, en todos los ámbitos en que uno se encuentre. Salió por la puerta grande en muchas plazas, pero también en su otra faceta profesional, a la hora de ir por su camino y a la hora de formar una familia usted ha salido por la puerta grande.

                                                                                                                 Marciano Breña Galán,                                                                                       Jerez de la Frontera, diciembre de 2025.

martes, 6 de enero de 2026

La Pascua militar y la reconquista de Menorca

La Guerra de Sucesión española enfrentó a austracistas y borbónicos y fue aprovechada por los británicos para quedarse con territorios españoles como el Peñón de Gibraltar o la isla de Menorca. 

Este segundo territorio fue invadido por los británicos en 1708, durante la guerra, y reconocido oficialmente bajo soberanía británica a raíz del Tratado de Utrecht (1713). La presencia británica impulsó la economía de la isla, asentando un modelo más liberal, y la ciudad de Mahón se convirtió en un centro comercial y de contrabando de primer orden en el Mediterráneo. La influencia británica se puede apreciar en la arquitectura local, en la antroponimia de algunos linajes, como Victory, y en el léxico. Menorca fue tomada por Francia en 1756 pero en 1763 Gran Bretaña la recuperó. 

Cuatro décadas después de esa guerra civil, llegó al trono Carlos III. Se centró en modernizar la estructura del Estado y la sociedad española, incluidas las Fuerzas Armadas. Entre sus objetivos estaba también volver a recuperar los territorios que España había perdido en la Guerra de Sucesión.

El 6 de enero de 1782, los españoles iniciaron el asalto definitivo al Castillo de San Felipe, situado en la localidad de Mahón y punto clave de la presencia británica en Menorca. Allí estaban las tropas británicas tras resistir dos meses de ataques y desgaste permanente. La ofensiva española de ese día fue el asalto final para recuperar este territorio insular.

Una flota de 52 navíos con unos 8.000 infantes de marina a bordo, liderados por el Duque de Crillón, comenzó a bombardear sin descanso el fuerte con la intención de hacer flaquear la resistencia británica y permitir el desembarco en las playas próximas al castillo. Un mes después, el 5 de febrero, los británicos ondearon la bandera blanca. Fueron capturados más de 3.000 soldados y oficiales británicos, incluyendo un mariscal de campo.

En reconocimiento a la gesta, Carlos III estableció el 6 de enero como jornada dedicada a premiar el mérito militar. Desde entonces, la Pascua Militar se convirtió en una ocasión señalada para conceder ascensos, distinciones y condecoraciones a aquellos militares que habían destacado por su servicio a España.

lunes, 5 de enero de 2026

Un vetón de Coria en Gran Bretaña

 L VITELLIVS MA

NTAI F TANCINVS
CIVES HISP CAVRIESIS
EQ ALAE VETTONVM C R
ANN XXXXVI STIP XXVI
H S E

The only evidence uncovered from Bath which mentions the Roman auxiliary forces is a single tombstone of a trooper from the Ala Vettonum (vide RIB 159 supra). This unit was a five-hundred strong regiment of auxiliary cavalry recruited from among the Vettones tribe who lived on the plain between the rivers Tagus and Durius in central Hispania. Their chief town was Salmantica now known as Salamanca in the southern Castilla y Leon district of central Spain, called Salmatis by Polyaenus.

Birley AC dates this inscription to the closing years of Claudius, or to the reign of Nero at the very latest.Caurium, in the territory of the Vettones, on a tributary of the River Tagus in Lusitania. Tancinus is a well-attested name in that region. Addenda from RIB+add. (1995): A Flavian date is possible: Holder, Studies in the Auxilia of the Roman army from Augustus to Trajan (1980), 31.

Lucius Vitellius Tancinus, son of Mantaius, a tribesman of Caurium in Spain, trooper of the Cavalry Regiment of Vettones, Roman citizens, aged 46, of 26 years’ service, lies buried here.


DATOS SOBRE LA ESTELA

Tipo de objeto: Lápida sepulcral

Material: Oolito

Dimensiones:  Ancho 0,914 × Alto 1,549 m

Condición:Se pierde la parte superior del relieve, con el cuerpo del jinete y la cabeza del caballo. La piedra se rompe en diagonal a través del panel.

Decoración e iconografía:  Con el panel inscrito coronado por el relieve de un soldado de caballería cabalgando hacia la derecha sobre un enemigo postrado.

Localidad: Bath (Aquae Sulis)

Lugar descubrimiento: En la antigua plaza del mercado, frente al actual Guildhall.

Fecha del encuentro: 1736

Datación: Finales del siglo I d.C.

Ahora en el Museo de las Termas Romanas.

Ubicación moderna: Institución/acc. # Museo de las Termas Romanas: batrm 1986.5.5

sábado, 20 de diciembre de 2025

Cigüeñuelas en Trebujena

 En las marismas de Trebujena, junto al río Guadalquivir, las cigüeñuelas encuentran un hábitat adecuado y suelen verse en parejas. Destaca su plumaje con partes blancas y partes negras. La espalda negra del macho tiene irisaciones; la de la hembra da hacia el marrón oscuro.

La cigüeñuela macho, en general, tiene píleo negro en verano pero en invierno su cabeza es totalmente blanca. La hembra tiene la cabeza blanca durante todo el año. Sin embargo, estas fotos hechas en diciembre indican que en el sur de España el macho tarda en perder el píleo de verano o no llega a perderlo.




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domingo, 2 de noviembre de 2025

Portada de la Cartuja de Jerez

 

La portada de Andrés de Ribera en la Cartuja de Jerez parece una portada innecesaria. Ni la cartuja de Granada ni la cartuja de Sevilla tienen una portada de esa monumentalidad. Parece innecesaria en el sentido de que no hace falta tanto. Parece que hubo un empeño, en la orden cartujana y en la Iglesia triunfante después del concilio de Trento, de manifestar grandiosidad. 

La portada, como otras igualmente monumentales en España, está compuesta a la romana. Tiene un lenguaje estrictamente arquitectónico que da poca concesión a lo decorativo. No hay elementos fantásticos, imposibles; todo es tectónicamente real, según el canon de la arquitectura romana. 

La innovación arquitectónica del Renacimiento se difundió por Europa a través de los tratados, como el de Serlio, que lo escribió en 1530; a los veinte años ya Felipe II estaba encargando a Francisco Villalpando que lo tradujera. Reproducía monumentos antiguos romanos. El arte romano del XVI era un arte muy avanzado, no era el arte plateresco decorativo, sino un arte contundente, una arquitectura constructiva. Ese libro transitó por España y sirvió de inspiración a muchos artistas para componer estructuras arquitectónicas netamente funcionales. 

Andrés de Ribera debió de conocerlo. Aunque quizás no viajó a Italia, debió de conocer estos elementos y construyó algo extraordinario en su producción. En el Ayuntamiento de Jerez, que es de pocos años después que esta fachada, vuelve al estilo plateresco; aunque en verdad no es plateresco puro, vemos un despliegue iconográfico, una arquitectura anexa, que se suma al muro del edificio. No tiene la monumentalidad autosoportante o autoportante que tiene la portada de la Cartuja. Esta monumentalidad autoportante sí es algo novedoso. 

Hay pedestales amplios, potentes, contundentes, sobre los que se alzan columnas pareadas de fuste acanalado, con sus capiteles dóricos amplios, más griegos que romanos. Componen un entablamento donde observamos arquitrabe, friso (con triglifos y metopas decoradas a la manera romana, con medallones y bucráneos) y cornisa, en una estructura de arco de triunfo romano. En el arquitrabe, las metopas circulares con bucráneos, con el ojo cerámico, están claramente inspirados en los tratados de Serlio. 

El remate de la portada es un remate fantástico; quizás sea la concesión más decorativa que tiene la portada. Es una venera o concha superior decorada con unas volutas laterales que le sirven de tránsito hacia la horizontalidad del entablamento sobre el que se levanta. En ella vemos algunos de los elementos iconográficos o parlantes de los pocos que tiene la portada de la Cartuja. Dios Padre aparece representado en el ático, coronado con la bola del firmamento, no necesariamente del mundo, sino del firmamento, de todo el cosmos; estaba recercado por esta piedra de pizarra negra que ya está muy perdida y que sin duda le incorporaba una cierta plasticidad a la portada. 

Bajo Dios Padre está el escudo cartujano, con los símbolos de la Pasión. Parece inapreciable porque es un elemento pequeño en la grandiosidad de la portada. 

Otro elemento también narrativo que vemos en la portada son precisamente sus datas, que muestran el año de su creación, 1571. Permiten comparar la diferencia de calidad entre la piedra calcarenítica de la Sierra de San Cristóbal, blanda, muy porosa y sometida a deterioro, y la piedra de Martelilla, que es muy resistente al agua y está perfectamente. 

Otro elemento parlante de la portada es el escudo de España, una lección de historia. Se representan los territorios que en 1571 formaban parte de la corona española: Castilla y León, las barras de Aragón, el escudo de Navarra y las dos Sicilias. Está, aunque no se ve bien, la cruz de Jerusalén; el título de rey de Jerusalén lo tiene la monarquía española. Es el escudo de los Habsburgo, con el símbolo de Borgoña, Brabante y Granada. Está rodeado por el Toisón y el Vellocino de Oro, que son los elementos iconográficos característicos de la monarquía española. 

En las enjutas laterales del arco central vemos el escudo de la Cartuja, que es el de Álvaro Obertos de Valeto, con leones rampantes que flanquean un árbol central. Los deterioros y las escorrentías han ido carcomiendo el material de la piedra calcarenítica de la Sierra de San Cristóbal. Sin embargo, ha ido resistiendo la piedra del escudo, que es también de Martelilla, mucho más resistente a la acción del agua. No siendo una piedra extraordinaria, denota ahí una gran resistencia. 

Otra nota decorativa de la portada es un bicromatismo interesante. La piedra de la Sierra San Cristóbal, en color miel, hueso u ocre, se acompaña de elementos de cerámica negra y de pizarra negra que le dan una cierta gracia compositiva para la dicha monumentalidad. Estos elementos son lisos, muy manieristas. Veremos posteriormente cómo cuarterolas maneristas, en la arquitectura final del siglo XVI, se combinan con estas cerámicas negras. generando este efecto de bicromatismo. En los intercolumnios se da la misma secuencia de paramentos de planos de pizarra negra combinado con estas cerámicas de óxido de manganeso, que es el mineral que se utiliza para el vidriado de estas cerámicas en negro. Le dan una cierta composición decorativa a este intercolumnio que si no, sería un paramento liso, que es lo que le correspondería al concepto constructivo. 

Hay recercados en moldurajes mixtilíneos, pero de una moldura contundente, geométrica, sin mucha concesión a lo decorativo, rematada por ménsulas inexplicables; son elementos de Serlio que están intentando soportar un peso, pero no tienen la categoría portante que justifica su presencia. Es decir, dentro de la composición tan constructiva de la portada, intentan decir hacia dónde irá luego el arte del Renacimiento, porque esos elementos desaparecerán posteriormente en el arte de la arquitectura. 

Nos centramos finalmente en el cuerpo central de la portada. Destacar otro elemento también contradictorio o llamativo; es la masa tan contundente del arco que además queda como colgada. La tradición española tiene elementos de arquitectura colgante; por ejemplo, la portada de la Universidad de Salamanca, que es como un tapiz que cuelga de la azotea hasta medio desarrollo del muro. No es una masa colgante cualquiera, es una masa constructiva pesada, que tiene una transmisión de carga hacia abajo. Tiene las pilastras de las jambas que no parecen ser soporte suficiente al lado de estas columnas gigantes que tienen laterales, no parecen soporte suficiente para soportar este peso del macizo que rodea el arco central. Y más aún cuando además está alineado con el ático central. que es un elemento decorativo que también está reforzando esa idea tectónica de peso y no tiene compaginación o no coincide con estos soportes tan finos de pilastras. No parece que tenga un discurso tectónico ortodoxo como si hemos podido analizar en toda la portada. Es una singularidad de esta portada que en realidad no es una portada. Es una fachada porque la verdadera portada está cobijada dentro de ese arco. 

El arco principal de la portada de la cartuja de Jerez está construido solo para cobijar esta portada, que es la verdadera portada de la Cartuja. Es un arco de medio punto con su línea de arquitrabe. con sus enjutas decoradas con medallones de cerámica negra. Esta sensación de arco cobijador, dentro del cual se desarrolla una portada, no es un elemento nuevo en el Renacimiento, pero es excepcional pues son muy pocos los casos que se conocen. En Salamanca lo tenemos, en la catedral nueva y en el convento San Esteban. También lo tenemos en Antequera, donde la colegiata tiene un arco de medio punto dentro del cual se desarrolla la portada, pero la fachada del edificio es tan insípida que realmente uno repara sólo en la portada, no en la fachada en sí. Sin embargo, en la Cartuja de Jerez la monumentalidad de la obra de Andrés de Ribera transforma la portada en fachada y la portada de verdad se cobija en su interior. Parece incluso que ese cobijamiento es físico y también a lo mejor espiritual; esa monumentalidad arquitectónica es como una manera de abrazar a la orden cartujana que está resumida en esta sencillez compositiva. 

Este arco de medio punto con arquitrabe y con ático es una sencilla estructura de pilastras jónicas, dentro de la cual se representan tres hornacinas. El número tres y las representaciones tripartitas son muy propias del Renacimiento español. La del centro tiene concha avenerada, porque es el espacio de Santa María de la Defensión; las laterales son más ascéticas, más sencillas, son de San Juan Bautista, patrón de la orden cartujana, y de San Bruno, dos santos ascetas. Estas tres esculturas son el centro narrativo o compositivo de la portada. Rodean, como decoración, ventanas ovaladas, caladas, que también son elementos singulares; aparecen en el tratado de Serlio y Diego de Riaño ya los utilizó en el Ayuntamiento de Sevilla.  Aquí están caladas y dan una transparencia a la portada que le dan mucha gracia. 

Finalmente hay elementos decorativos que veíamos en el remate de la portada, en la parte superior. Son muy del Renacimiento y sirven de tránsito para darle unidad al conjunto.