Imagina un mundo en el que la historia, tal como la entendemos, aún no ha comenzado. Un mundo en el que el tiempo no es una flecha recta que lleva desde el teléfono inteligente hasta la nave estelar, sino un ciclo interminable de estaciones, nacimientos y muertes. Transportémonos 12,000 años hacia atrás a la época que convencionalmente llamamos el final de la edad de piedra, el paleolítico superior.
viernes, 16 de enero de 2026
¿Qué pasó en Gobleki Tepe?
viernes, 9 de enero de 2026
Prólogo a la biografía de Pepe Osuna
Amable lector, cuando hace unos doce años conocí personalmente al maestro Osuna sentí revivir en mi interior los años de la infancia. Lo que voy a decir puede servir de ilustración para comprender el papel que jugó en el toreo durante unos años previos a la aparición de Manuel Benítez El Cordobés y a la generalización de las corridas televisadas. Nací en un pueblo extremeño, muy taurino, que dista de Albacete cuatrocientos veinte kilómetros en línea recta y quinientos treinta por carreteras actuales. Cuando llegaban las fiestas de los toros, en agosto, se montaban las talanqueras y los tablados en la plaza. Un mes antes los carpinteros empezaban a llevar con carretas de vacas las costanas y las amontonaban en el suelo, antes de hincarlas a base de azada y palanca perimetrando el coso. Durante ese periodo de montaje, los niños y muchachos, chicos y menos chicos, nos concentrábamos allí, al atardecer y por la noche, para jugar al toro entre el olor a resina de costanas nuevas y el tacto familiar de aquellas costanas viejas que ya conocíamos de años anteriores. Yo tendría siete u ocho años y me ponía con mis amigos en un lado y en el lado contrario se ponían los mayores, que andaban por los quince o dieciséis. Una vez, uno de ellos, cuando toreaba a otro con un saco, empezó a decir: “Embiste, que yo soy Osuna”. Otro se autocalificaba de Litri, por ejemplo, pero el de Osuna es el que más se repetía y, así, los demás amigos empezaron a llamarle Osuna durante el particular toreo de salón. Con Osuna se quedó. Todo el mundo lo conoce como Osuna. Todavía hoy su propia mujer no le llama Manuel; lo llama Osuna. Hay que decir que el maestro Osuna no toreó por las plazas de Cáceres o Badajoz, pero los periódicos y la radio llegaban a todos los sitios.
Conocer a Pepe Osuna en Jerez fue como encontrar
una pieza que había perdido y que me faltaba en el puzzle de mi vida. Por eso
le agradezco que me haya confiado ahora la escritura de un prólogo a su libro
de memorias, en que expone con términos sencillos y directos lo que ha hecho en
su vida taurina, para compartirlo con quien se acerque a él, al libro y a su
persona, cuando ha cumplido más de sesenta años desde su alternativa.
Osuna nació en Molinicos, un pueblo de la sierra
sur de la provincia de Albacete. Desde pequeño se sintió orientado hacia la
afición taurina. No es de extrañar; en toda la provincia hay muchísima afición
al toro. Albacete tiene al toro grabado en la piel, en el espacio y en el
tiempo. Hemos dicho tiempo, sí. Desde la lejana Prehistoria se conservan los
testimonios del temor, respeto y admiración que despiertan en las gentes de esa
tierra la belleza y la fuerza de un animal tan especial.
Molinicos está a diecisiete kilómetros de las
pinturas rupestres de Aýna; a otros diecisiete de las de Letur; a veintisiete
de las de Socovos; a cuarenta de las de Nerpio; a cincuenta y cinco de las de Minateda
y a ciento cinco de las de Alpera. En todas ellas el protagonista es el toro,
que desde los primeros tiempos atrajo la atención los habitantes de todos esos
lugares, en donde se proclamaba tanto su superioridad sobre los demás
animales salvajes como su identificación con simbologías de lo indomable y de lo
terrible. En España hay pocas zonas donde se pueda encontrar un número de testimonios prehistóricos de admiración al toro similar al que hay en la provincia de
Albacete.
La afición al toro siguió indeleble entre los
albaceteños a lo largo del tiempo. Vinieron los tiempos romanos; luego tiempos
medievales, con sus alanceamientos nobiliarios. En 1546, el 24 de junio, por
San Juan y Corpus, con previo acuerdo del Ayuntamiento de la capital se
corrieron toros por las calles hasta la plaza del Altozano en honor de la
Virgen de La Corona; así lo dice el documento más antiguo que se refiere a la
fiesta brava en la ciudad. A mediados del siglo XVIII se levantó la primera
plaza fija, de madera; fue la de Caulín, que, situada en los números impares de
la calle de la Feria, tenía un diámetro de veinticinco metros y funcionó hasta
1895. La primera plaza de mampostería se inauguró en 1829 y estaba en la misma
calle de la Feria pero en la parte de los números pares; se mantuvo hasta 1916.
Allí se celebraron espectáculos a plaza partida; también allí, en 1895, tomó la
alternativa Mancheguito, el primer matador de toros albaceteño doctorado. Hay
que añadir la pequeña plaza que había próxima, la llamada de José Asensio. En
1917 se inauguró la conocida como Chata, construida en seis meses y que, con su
estilo neomudéjar, llega hasta nuestros días mereciendo del Cossío el elogio de
ser considerada como una de las más excelentes plazas de España. El cronista K-Hito, en uno de sus
artículos en esa época, decía: “A la cuna del toreo le han puesto ruedas y se
ha trasladado de Ronda y Sevilla a Albacete”.
Aparte de la capital, por toda la provincia se reparten pueblos donde
los toros son el eje de sus fiestas y de sus tradiciones. Unos disponen de
plazas fijas; otros habilitan sus plazas urbanas para las ocasiones taurinas.
Recuerdo personalmente un encuentro fortuito pero encantador con unos niños en
Aýna, cuando caminaba por sus calles como turista distraído. Ninguno superaba
los diez años y estaban jugando al toro, como hacía muchísimo tiempo que no veía
por ningún otro sitio. Dos hacían de toro; otros dos toreaban, uno con una tela
y otro haciendo como recortes y quiebros. Tres o cuatro más esperaban su turno.
Les pregunté y me invitaron a jugar con ellos, a lo que acepté encantado durante breves minutos. Cuando me estaban despidiendo me dijeron orgullosos: “Señor, si
usted busca toros, sepa que ha llegado a la capital de los recortadores. Puede
volver a este pueblo cuando sean las fiestas”. Así, no es de extrañar que el
número de matadores albaceteños supere de largo los setenta, a los que hay que
añadir gran número de
becerristas, novilleros y subalternos, añadiendo también rejoneadores y
picadores.
En estos pueblos Pepe Osuna se inició como
maletilla; también anduvo mucho por la Ruta del Toro gaditana. Eran los tiempos
en que Albacete bullía con los triunfos de Pedrés, de Juan Montero y Chicuelo
II. Entonces se movilizó una nube de chavales que querían ser toreros y el modo
que tenían era empezar por las capeas, los encierros y los tentaderos, a los
que se acercaban por el sistema de caminar y caminar de lugar en lugar, por trochas y carreteras, con el hatillo al hombro. Eran experiencias duras, que
afrontaban con las fuerzas de la ilusión; entre el hambre, el cansancio y el
frío de las noches al relente, ya se veían en figuras. En el caso de nuestro
protagonista, un hecho fue vivido con especial intensidad y se le quedó grabado
para siempre; se trata de la pérdida de un compañero de andanzas, caído en una
plaza polvorienta cualquiera. Sin embargo, la decisión estaba tomada: quería
ser torero.
Luego llegó la etapa de novillero y el apoyo de un
apoderado, sin faltar la amistad y protección de una figura como Antonio
Ordóñez. Fue una etapa larga, que le permitió recomponerse y saber qué quería
hacer en el futuro. Llegó luego, en 1962, la alternativa en Méjico, aquel
Méjico adonde se iban los toreros para ganar dinero; allí sorprendió y provocó
crónicas elogiosas en la prensa taurina. Volvería varios años. En España
se movió por el ámbito de las corridas duras, esas en las que salen toros que
piden toreros machos. Mientras tanto desarrollaba una faceta empresarial con
la que luego se desenvolvió en la vida, una vez que dejó el toreo en activo.
Fue el año 1970 cuando toreó sus últimos festejos, porque ya la vida familiar
le imponía otras obligaciones; sin embargo, no dejó de atender a festivales
benéficos o direcciones de lidia.
Este bosquejo biográfico es suficiente para un
prólogo. El desarrollo y los detalles de su vida, así como sus reflexiones, las
ofrecerá el propio Osuna a lo largo de las páginas de su obra. Se trata de un
libro que ha escrito a lo largo de veinte años. Con perseverancia, ha ido redactando
notas y fragmentos poco a poco, según le venían los recuerdos a la cabeza. Se
ha fiado sólo de su memoria y de sus impresiones, sin comentar nada con nadie,
ni siquiera con su familia. En un último momento ha sido necesario recurrir a
documentación, a prensa, a libros, a carteles, para cubrir lagunas de datos,
nombres, fechas y números. El resultado es la exposición de sus sentimientos,
abierta de par en par ante los ojos del lector.
Lo que sí quiero hacer es ofrecer mi visión de Osuna
en su aspecto personal. Lo primero que puedo decir es que es una buena persona.
Sé que suena a tópico, pero es la verdad, dicha con convencimiento por mi
parte. Recuerdo el día en que nos presentaron. Estábamos participando en un
programa de una televisión local, con el tema del aspecto taurino de la Feria
del Caballo. En cuanto nos conocimos, tras acabar nuestra intervención en el
estudio, me invitó a su casa para charlar, pasear y comer junto con Marina.
Parecía que nos conocíamos de toda la vida. No, no es esto por lo que digo que
es buena persona. Sin embargo, me di cuenta en cuanto empecé a tratarlo y a
conocerlo. Pone calma en la tormenta y está siempre dispuesto al abrazo.
Al poco me contó cómo había transcurrido su
infancia, en un ambiente humilde y en una familia que tenía que luchar mucho para
salir adelante. Lo conmovedor es que ahí es donde él aprendió a ser buena
persona. Realmente me impactó el relato de lo que su abuela le enseñaba y le
impulsaba a hacer en los tiempos convulsos de posguerra: “Cada persona puede pensar
lo que quiera, pero todos tenemos que comer”. Es una narración de auténtica
fuerza cinematográfica eso de llevar cada cierto número de días una bolsa con
pan recién elaborado hasta la sierra y dejarlo en una determinada peña. La
misión debería hacerse con todo el sigilo posible. Él nunca vio a nadie allá
arriba, pero, cuando volvía la siguiente vez, en la peña donde iba a depositar
el pan se encontraba una liebre o un conejo recién cazados. Dice que eso le
enseñó a hacer las cosas. Por tanto, podemos ver que la bondad aquí viene de
cuna.
Es una constante en él estar siempre pendiente de
ayudar a quien lo necesite. De él fue la idea y el trabajo que cuajó en la
tradicional y prestigiosa Corrida de Asprona, a beneficio de personas
discapacitadas. Asimismo, participó muchas veces en el festival taurino que se
organizaba a favor del Cotolengo. En nuestra relación permanente me dice con
frecuencia, y aun insistencia, que si me entero de algún acto caritativo, o de
alguna reunión solidaria o comida benéfica, se lo comunique para participar y
así colaborar con las necesidades del prójimo.
Esa preocupación por los demás no podía dejar de
lado a sus compañeros de profesión. Una de las cosas de que más orgulloso se
encuentra es la galería de placas de cerámica existente en el anillo interior
de la plaza de toros de su ciudad. Es obra suya, tanto en la idea como en la
realización. Siempre quiso que los toreros albaceteños tuvieran testimonio de
su paso por la historia del toreo; todos, no sólo los escasos a los que se
levantó estatua. Le propuso la idea al alcalde y se ofreció a ejecutarla.
Cuando visité esa plaza por primera vez, él me acompañó porque especialmente,
entre otras cosas, quería mostrarme la galería, que empieza con Mancheguito y
aún continúa en elaboración con los últimos nombres de toreros locales
alternativados.
Osuna quería ser torero desde pequeño y, mucho
después de su retirada, a día de hoy se siente torero. Así, cuida su atuendo
personal y se presenta impecable a cualquier cita que tenga. Sigue considerando
un deber respetar la puntualidad, como cuando tenía que estar en el patio de
cuadrillas quince minutos antes, dispuesto para iniciar el paseíllo. Suele
decir que “antes que llegar tarde a una reunión es mejor no ir”.
Otra faceta de su torería es el cuidado físico. Se
mantiene en perfecta forma. Hace ejercicio diario, como recordando aquellos
días de preparación en su etapa activa, durante los inviernos en que, viviendo
en el campo, subía y bajaba los cerros con pesos en las manos. Hoy ha cambiado
los cerros por la playa. No hay día en que no camine por la arena y se marque
diez o doce kilómetros, siempre acompañado por su Marina, su media vida. Una
vez le comenté mi deseo de hacer una ruta por la provincia de Albacete para
visitar todas las estaciones prehistóricas donde hay pinturas rupestres que
representan toros de hace cinco mil años. Me dijo de inmediato, sin importar la
edad: “Yo voy contigo”. Le contesté: “Maestro, hay que subir y bajar muchas
sierras y hay que recorrer muchos kilómetros”. “Yo lo hago. Cuando decidas
hacer esa excursión no te olvides de llamarme”. ¡Qué arte más grande!
No es sólo la forma física, sino también la
intelectual. Es de ver con qué atención sigue las noticias del mundo taurino.
Está al día de lo último y comenta los progresos de todos los jóvenes, haciendo
apuestas por unos o por otros. Como su asistencia a las plazas es frecuente y
mantiene al abono en varias de ellas, siempre intenta acudir a los festejos
donde esté algún nuevo valor. Suele decir a aficionados, profesionales y periodistas
que las figuras deben dejar algún hueco a los jóvenes por el bien de la Fiesta.
Le gusta leer y, de la misma manera que está al día
en las noticias taurinas, sorprende por sus amplios conocimientos sobre el
pasado de la Tauromaquia, cosa que no se ve en muchos de sus compañeros de
profesión. Es capaz de mantener una conversación y un debate sobre Paquiro nada
menos que con el propio biógrafo del chiclanero. En efecto, he podido ser
testigo de momentos deliciosos compartiendo mesa con el maestro y con Boto
Arnau. Igualmente, hemos platicado sobre lo que Chaves Nogales dijo o dejó de
decir sobre Belmonte, personaje al que, por cierto, llegó a conocer
personalmente en Gómez Cardeña.
Desde el 2002 pasa más de la mitad del año en la
costa gaditana, buscando el favor de la climatología y la influencia benéfica
del mar. Sin embargo, allí y en cualquier otro sitio en que esté, sigue
considerándose un embajador de la tierra albaceteña. No hay ocasión que se
presente en donde no se extienda con el obsequio de una navaja representativa,
sin faltar el tradicional detalle pintoresco de pedir a cambio un euro. Recuerdo
la comida a que, para celebrar sus sesenta años de alternativa, invitó en un
prestigioso restaurante de El Puerto a una treintena de personas; allí estaban
rejoneadores, toreros y aficionados. Los obsequió con navajas ilustradas con la
efeméride; pues bien, cobró un euro por cada una.
Una persona con esas cualidades humanas no podía
dejar de ser reconocida y, en efecto, han sido numerosas las veces en que le
han sido valoradas tales cualidades. A esos reconocimientos les dedica en el
libro un capítulo denso. Por ello, él se siente satisfecho y ve que su paso por
el toreo ha dejado huella, marcada principalmente por su forma de ser y por su
capacidad para tejer relaciones sociales amistosas y teñidas de ternura. Uno de
los reconocimientos más significativos, y más recientes, fue la entrega de uno
de los Premios Quijotes del
Toreo. El otro premiado fue Julián López El Juli, que se había retirado hacía
poco. Se celebró el acto en los salones del albaceteño Casino Primitivo y me
honró al hacerme sentar en la mesa de su familia, a su derecha. En su
intervención, tras recibir el trofeo, se expresó a placer provocando las
sonrisas y los aplausos de los más de doscientos asistentes.
Por tanto, se puede decir que nuestro protagonista es una
persona que está orgullosa de lo que ha vivido y de lo que ha hecho. Se siente
reconocido. En su etapa de torero activo pudo conocer lo que es ese mundo, con
su parte dura y con su parte buena. De todo hay allí, pero lo principal es que
hay gloria. Él ha conocido la gloria del toreo. Ahora quiero dejar de dirigirme
al lector y, para terminar, voy a dirigirme a Pepe Osuna.
Maestro, usted toreó y consiguió sus objetivos. Sin
embargo, la torería es muy amplia y se puede torear fuera de la plaza; se puede
torear a lo largo de toda la vida, en todos los ámbitos en que uno se
encuentre. Salió por la puerta grande en muchas plazas, pero también en su otra faceta
profesional, a la hora de ir por su camino y a la hora de formar una familia
usted ha salido por la puerta grande.
Marciano Breña Galán, Jerez de la Frontera, diciembre de 2025.
martes, 6 de enero de 2026
La Pascua militar y la reconquista de Menorca
La Guerra de Sucesión española enfrentó a austracistas y borbónicos y fue aprovechada por los británicos para quedarse con territorios españoles como el Peñón de Gibraltar o la isla de Menorca.
Este segundo territorio fue invadido por los británicos en 1708, durante la guerra, y reconocido oficialmente bajo soberanía británica a raíz del Tratado de Utrecht (1713). La presencia británica impulsó la economía de la isla, asentando un modelo más liberal, y la ciudad de Mahón se convirtió en un centro comercial y de contrabando de primer orden en el Mediterráneo. La influencia británica se puede apreciar en la arquitectura local, en la antroponimia de algunos linajes, como Victory, y en el léxico. Menorca fue tomada por Francia en 1756 pero en 1763 Gran Bretaña la recuperó.
Cuatro décadas después de esa guerra civil, llegó al trono Carlos III. Se centró en modernizar la estructura del Estado y la sociedad española, incluidas las Fuerzas Armadas. Entre sus objetivos estaba también volver a recuperar los territorios que España había perdido en la Guerra de Sucesión.
El 6 de enero de 1782, los españoles iniciaron el asalto definitivo al Castillo de San Felipe, situado en la localidad de Mahón y punto clave de la presencia británica en Menorca. Allí estaban las tropas británicas tras resistir dos meses de ataques y desgaste permanente. La ofensiva española de ese día fue el asalto final para recuperar este territorio insular.
Una flota de 52 navíos con unos 8.000 infantes de marina a bordo, liderados por el Duque de Crillón, comenzó a bombardear sin descanso el fuerte con la intención de hacer flaquear la resistencia británica y permitir el desembarco en las playas próximas al castillo. Un mes después, el 5 de febrero, los británicos ondearon la bandera blanca. Fueron capturados más de 3.000 soldados y oficiales británicos, incluyendo un mariscal de campo.
En reconocimiento a la gesta, Carlos III estableció el 6 de enero como jornada dedicada a premiar el mérito militar. Desde entonces, la Pascua Militar se convirtió en una ocasión señalada para conceder ascensos, distinciones y condecoraciones a aquellos militares que habían destacado por su servicio a España.
lunes, 5 de enero de 2026
Un vetón de Coria en Gran Bretaña
L VITELLIVS MA
CIVES HISP CAVRIESIS
EQ ALAE VETTONVM C R
ANN XXXXVI STIP XXVI
H S E
The only evidence uncovered from Bath which mentions the Roman auxiliary forces is a single tombstone of a trooper from the Ala Vettonum (vide RIB 159 supra). This unit was a five-hundred strong regiment of auxiliary cavalry recruited from among the Vettones tribe who lived on the plain between the rivers Tagus and Durius in central Hispania. Their chief town was Salmantica now known as Salamanca in the southern Castilla y Leon district of central Spain, called Salmatis by Polyaenus.
Birley AC dates this inscription to the closing years of Claudius, or to the reign of Nero at the very latest.Caurium, in the territory of the Vettones, on a tributary of the River Tagus in Lusitania. Tancinus is a well-attested name in that region. Addenda from RIB+add. (1995): A Flavian date is possible: Holder, Studies in the Auxilia of the Roman army from Augustus to Trajan (1980), 31.
Lucius Vitellius Tancinus, son of Mantaius, a tribesman of Caurium in Spain, trooper of the Cavalry Regiment of Vettones, Roman citizens, aged 46, of 26 years’ service, lies buried here.
DATOS SOBRE LA ESTELA
Tipo de objeto: Lápida sepulcral
Material: Oolito
Dimensiones: Ancho 0,914 × Alto 1,549 m
Condición:Se pierde la parte superior del relieve, con el cuerpo del jinete y la cabeza del caballo. La piedra se rompe en diagonal a través del panel.
Decoración e iconografía: Con el panel inscrito coronado por el relieve de un soldado de caballería cabalgando hacia la derecha sobre un enemigo postrado.
Localidad: Bath (Aquae Sulis)
Lugar descubrimiento: En la antigua plaza del mercado, frente al actual Guildhall.
Fecha del encuentro: 1736
Datación: Finales del siglo I d.C.
Ahora en el Museo de las Termas Romanas.
Ubicación moderna: Institución/acc. # Museo de las Termas Romanas: batrm 1986.5.5
sábado, 20 de diciembre de 2025
Cigüeñuelas en Trebujena
En las marismas de Trebujena, junto al río Guadalquivir, las cigüeñuelas encuentran un hábitat adecuado y suelen verse en parejas. Destaca su plumaje con partes blancas y partes negras. La espalda negra del macho tiene irisaciones; la de la hembra da hacia el marrón oscuro.
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lunes, 8 de diciembre de 2025
domingo, 2 de noviembre de 2025
Portada de la Cartuja de Jerez
La portada de Andrés de Ribera en la Cartuja de Jerez parece una portada innecesaria. Ni la cartuja de Granada ni la cartuja de Sevilla tienen una portada de esa monumentalidad. Parece innecesaria en el sentido de que no hace falta tanto. Parece que hubo un empeño, en la orden cartujana y en la Iglesia triunfante después del concilio de Trento, de manifestar grandiosidad.
La portada, como otras igualmente monumentales en España, está compuesta a la romana. Tiene un lenguaje estrictamente arquitectónico que da poca concesión a lo decorativo. No hay elementos fantásticos, imposibles; todo es tectónicamente real, según el canon de la arquitectura romana.
La innovación arquitectónica
del Renacimiento se difundió por Europa a través de los tratados, como el de
Serlio, que lo escribió en 1530; a los veinte años ya Felipe II estaba encargando a
Francisco Villalpando que lo tradujera. Reproducía monumentos antiguos romanos.
El arte romano del XVI era un arte muy avanzado, no era el arte plateresco
decorativo, sino un arte contundente, una arquitectura constructiva. Ese libro
transitó por España y sirvió de inspiración a muchos artistas para componer
estructuras arquitectónicas netamente funcionales.
Andrés de Ribera debió de
conocerlo. Aunque quizás no viajó a Italia, debió de conocer estos elementos y
construyó algo extraordinario en su producción. En el Ayuntamiento de Jerez,
que es de pocos años después que esta fachada, vuelve al estilo plateresco;
aunque en verdad no es plateresco puro, vemos un despliegue iconográfico, una
arquitectura anexa, que se suma al muro del edificio. No tiene la
monumentalidad autosoportante o autoportante que tiene la portada de la
Cartuja. Esta monumentalidad autoportante sí es algo novedoso.
Hay pedestales amplios, potentes, contundentes, sobre los que se alzan columnas pareadas de fuste acanalado, con sus capiteles dóricos amplios, más griegos que romanos. Componen un entablamento donde observamos arquitrabe, friso (con triglifos y metopas decoradas a la manera romana, con medallones y bucráneos) y cornisa, en una estructura de arco de triunfo romano. En el arquitrabe, las metopas circulares con bucráneos, con el ojo cerámico, están claramente inspirados en los tratados de Serlio.
El remate de la portada es un remate fantástico; quizás
sea la concesión más decorativa que tiene la portada. Es una venera o concha
superior decorada con unas volutas laterales que le sirven de tránsito hacia la
horizontalidad del entablamento sobre el que se levanta. En ella vemos algunos
de los elementos iconográficos o parlantes de los pocos que tiene la portada de
la Cartuja. Dios Padre aparece representado en el ático, coronado con la bola
del firmamento, no necesariamente del mundo, sino del firmamento, de todo el
cosmos; estaba recercado por esta piedra de pizarra negra que ya está muy
perdida y que sin duda le incorporaba una cierta plasticidad a la
portada.
Bajo Dios Padre está el escudo cartujano, con los símbolos de la Pasión. Parece inapreciable porque
es un elemento pequeño en la grandiosidad de la portada.
Otro elemento también
narrativo que vemos en la portada son precisamente sus datas, que muestran
el año de su creación, 1571. Permiten comparar la diferencia de calidad
entre la piedra calcarenítica de la Sierra de San Cristóbal, blanda, muy porosa
y sometida a deterioro, y la piedra de Martelilla, que es muy resistente al
agua y está perfectamente.
Otro elemento parlante de la
portada es el escudo de España, una lección de historia. Se representan los
territorios que en 1571 formaban parte de la corona española: Castilla y León,
las barras de Aragón, el escudo de Navarra y las dos Sicilias. Está, aunque no
se ve bien, la cruz de Jerusalén; el título de rey de Jerusalén lo tiene la
monarquía española. Es el escudo de los Habsburgo, con el símbolo de Borgoña,
Brabante y Granada. Está rodeado por el Toisón y el Vellocino de Oro, que son
los elementos iconográficos característicos de la monarquía española.
En las enjutas laterales del arco central vemos el escudo de la Cartuja, que es el de Álvaro Obertos de Valeto, con leones rampantes que flanquean un árbol central. Los deterioros y las escorrentías han ido carcomiendo el material de la piedra calcarenítica de la Sierra de San Cristóbal. Sin embargo, ha ido resistiendo la piedra del escudo, que es también de Martelilla, mucho más resistente a la acción del agua. No siendo una piedra extraordinaria, denota ahí una gran resistencia.
Otra nota decorativa de la portada es un bicromatismo interesante. La piedra de la Sierra San Cristóbal, en color miel, hueso u ocre, se acompaña de elementos de cerámica negra y de pizarra negra que le dan una cierta gracia compositiva para la dicha monumentalidad. Estos elementos son lisos, muy manieristas. Veremos posteriormente cómo cuarterolas maneristas, en la arquitectura final del siglo XVI, se combinan con estas cerámicas negras. generando este efecto de bicromatismo. En los intercolumnios se da la misma secuencia de paramentos de planos de pizarra negra combinado con estas cerámicas de óxido de manganeso, que es el mineral que se utiliza para el vidriado de estas cerámicas en negro. Le dan una cierta composición decorativa a este intercolumnio que si no, sería un paramento liso, que es lo que le correspondería al concepto constructivo.
Hay recercados en moldurajes
mixtilíneos, pero de una moldura contundente, geométrica, sin mucha concesión a
lo decorativo, rematada por ménsulas inexplicables; son elementos de Serlio que
están intentando soportar un peso, pero no tienen la categoría portante que
justifica su presencia. Es decir, dentro de la composición tan constructiva de
la portada, intentan decir hacia dónde irá luego el arte del Renacimiento,
porque esos elementos desaparecerán posteriormente en el arte de la
arquitectura.
Nos centramos finalmente en el
cuerpo central de la portada. Destacar otro elemento también contradictorio o
llamativo; es la masa tan contundente del arco que además queda como colgada.
La tradición española tiene elementos de arquitectura colgante; por ejemplo, la
portada de la Universidad de Salamanca, que es como un tapiz que cuelga de la
azotea hasta medio desarrollo del muro. No es una masa colgante
cualquiera, es una masa constructiva pesada, que tiene una transmisión de carga
hacia abajo. Tiene las pilastras de las jambas que no parecen ser soporte
suficiente al lado de estas columnas gigantes que tienen laterales, no parecen
soporte suficiente para soportar este peso del macizo que rodea el arco
central. Y más aún cuando además está alineado con el ático central. que es un
elemento decorativo que también está reforzando esa idea tectónica de peso y no
tiene compaginación o no coincide con estos soportes tan finos de pilastras. No
parece que tenga un discurso tectónico ortodoxo como si hemos podido analizar en
toda la portada. Es una singularidad de esta portada que en realidad no es una
portada. Es una fachada porque la verdadera portada está cobijada dentro de ese
arco.
El arco principal de la
portada de la cartuja de Jerez está construido solo para cobijar esta portada,
que es la verdadera portada de la Cartuja. Es un arco de medio punto con su
línea de arquitrabe. con sus enjutas decoradas con medallones de cerámica
negra. Esta sensación de arco cobijador, dentro del cual se desarrolla una
portada, no es un elemento nuevo en el Renacimiento, pero es excepcional pues
son muy pocos los casos que se conocen. En Salamanca lo tenemos, en la catedral
nueva y en el convento San Esteban. También lo tenemos en Antequera, donde la
colegiata tiene un arco de medio punto dentro del cual se desarrolla la
portada, pero la fachada del edificio es tan insípida que realmente uno repara
sólo en la portada, no en la fachada en sí. Sin embargo, en la Cartuja de Jerez
la monumentalidad de la obra de Andrés de Ribera transforma la portada en
fachada y la portada de verdad se cobija en su interior. Parece incluso que ese
cobijamiento es físico y también a lo mejor espiritual; esa monumentalidad
arquitectónica es como una manera de abrazar a la orden cartujana que está
resumida en esta sencillez compositiva.
Este arco de medio punto con arquitrabe y con ático es una sencilla estructura de pilastras jónicas, dentro de la cual se representan tres hornacinas. El número tres y las representaciones tripartitas son muy propias del Renacimiento español. La del centro tiene concha avenerada, porque es el espacio de Santa María de la Defensión; las laterales son más ascéticas, más sencillas, son de San Juan Bautista, patrón de la orden cartujana, y de San Bruno, dos santos ascetas. Estas tres esculturas son el centro narrativo o compositivo de la portada. Rodean, como decoración, ventanas ovaladas, caladas, que también son elementos singulares; aparecen en el tratado de Serlio y Diego de Riaño ya los utilizó en el Ayuntamiento de Sevilla. Aquí están caladas y dan una transparencia a la portada que le dan mucha gracia.
Finalmente hay elementos
decorativos que veíamos en el remate de la portada, en la parte superior. Son
muy del Renacimiento y sirven de tránsito para darle unidad al conjunto.



