viernes, 9 de enero de 2026

Prólogo a la biografía de Pepe Osuna

 Amable lector, cuando hace unos doce años conocí personalmente al maestro Osuna sentí revivir en mi interior los años de la infancia. Lo que voy a decir puede servir de ilustración para comprender el papel que jugó en el toreo durante unos años previos a la aparición de Manuel Benítez El Cordobés y a la generalización de las corridas televisadas. Nací en un pueblo extremeño, muy taurino, que dista de Albacete cuatrocientos veinte kilómetros en línea recta y quinientos treinta por carreteras actuales. Cuando llegaban las fiestas de los toros, en agosto, se montaban las talanqueras y los tablados en la plaza. Un mes antes los carpinteros empezaban a llevar con carretas de vacas las costanas y las amontonaban en el suelo, antes de hincarlas en el suelo a base de azada y palanca. Durante ese periodo de montaje, los niños y muchachos, chicos y menos chicos, nos concentrábamos allí, al atardecer y por la noche, para jugar al toro entre el olor a resina de costanas nuevas y el tacto familiar de aquellas costanas viejas que ya conocíamos de años anteriores. Yo tendría siete u ocho años y me ponía con mis amigos en un lado y en el lado contrario se ponían los mayores, que andaban por los quince o dieciséis. Una vez, uno de ellos, cuando toreaba a otro con un saco, empezó a decir: “Embiste, que yo soy Osuna”. Otro se autocalificaba de Litri, por ejemplo, pero el de Osuna es el que más se repetía y, así, los demás amigos empezaron a llamarle Osuna durante el particular toreo de salón. Con Osuna se quedó. Todo el mundo lo conoce como Osuna. Todavía hoy su propia mujer no le llama Manuel; lo llama Osuna. Hay que decir que el maestro Osuna no toreó por las plazas de Cáceres o Badajoz, pero los periódicos y la radio llegaban a todos los sitios.

Conocer a Pepe Osuna en Jerez fue como encontrar una pieza que había perdido y que me faltaba en el puzzle de mi vida. Por eso le agradezco que me haya confiado ahora la escritura de un prólogo a su libro de memorias, en que expone con términos sencillos y directos lo que ha hecho en su vida taurina, para compartirlo con quien se acerque a él, al libro y a su persona, cuando ha cumplido más de sesenta años desde su alternativa.

Osuna nació en Molinicos, un pueblo de la sierra sur de la provincia de Albacete. Desde pequeño se sintió orientado hacia la afición taurina. No es de extrañar; en toda la provincia hay muchísima afición al toro. Albacete tiene al toro grabado en la piel, en el espacio y en el tiempo. Hemos dicho tiempo, sí. Desde la lejana Prehistoria se conservan los testimonios del temor, respeto y admiración que despiertan en las gentes de esa tierra la belleza y la fuerza de un animal tan especial.

Molinicos está a diecisiete kilómetros de las pinturas rupestres de Aýna; a otros diecisiete de las de Letur; a veintisiete de las de Socovos; a cuarenta de las de Nerpio; a cincuenta y cinco de las de Minateda y a ciento cinco de las de Alpera. en todas ellas el protagonista es el toro, que desde los primeros tiempos atrajo la atención los habitantes de todos esos lugares, en donde se proclamaba la superioridad del toro sobre los demás animales salvajes y su identificación con simbologías de lo indomable y de lo terrible. En España hay pocas zonas donde se puedan encontrar tantos testimonios prehistóricos de admiración al toro como en la provincia de Albacete.

La afición al toro siguió indeleble entre los albaceteños a lo largo del tiempo. Vinieron los tiempos romanos; luego tiempos medievales, con sus alanceamientos nobiliarios. En 1546, el 24 de junio, por San Juan y Corpus, con previo acuerdo del Ayuntamiento de la capital se corrieron toros por las calles hasta la plaza del Altozano en honor de la Virgen de La Corona; así lo dice el documento más antiguo que se refiere a la fiesta brava en la ciudad. A mediados del siglo XVIII se levantó la primera plaza fija, de madera; fue la de Caulín, que, situada en los números impares de la calle de la Feria, tenía un diámetro de veinticinco metros y funcionó hasta 1895. La primera plaza de mampostería se inauguró en 1829 y estaba en la misma calle de la Feria pero en la parte de los números pares; se mantuvo hasta 1916. Ahí se celebraron espectáculos a plaza partida; también ahí, en 1895, tomó la alternativa Mancheguito, el primer matador de toros albaceteño doctorado. Hay que añadir la pequeña plaza que había próxima, la llamada de José Asensio. En 1917 se inauguró la conocida como Chata, construida en seis meses y que, con su estilo neomudéjar, llega hasta nuestros días mereciendo del Cossío el elogio de ser considerada como una de las más excelentes plazas de España. El cronista K-Hito, en uno de sus artículos en esa época, decía: “A la cuna del toreo le han puesto ruedas y se ha trasladado de Ronda y Sevilla a Albacete”.

Aparte de la capital, por toda la provincia se reparten pueblos donde los toros son el eje de sus fiestas y de sus tradiciones. Unos disponen de plazas fijas; otros habilitan sus plazas urbanas para las ocasiones taurinas. Recuerdo personalmente un encuentro fortuito pero encantador con unos niños en Aýna, cuando caminaba por sus calles como turista distraído. Ninguno superaba los diez años y estaban jugando al toro, como hacía muchísimo tiempo no veía por ningún otro sitio. Dos hacían de toro; otros dos toreaban, uno con una tela y otro haciendo como recortes y quiebros. Tres o cuatro más esperaban su turno. Les pregunté y me invitaron a jugar con ellos, a lo que acepté encantado por breves minutos. Cuando me estaban despidiendo me dijeron orgullosos: “Señor, si usted busca toros, sepa que ha llegado a la capital de los recortadores. Puede volver a este pueblo cuando sean las fiestas”. Así, no es de extrañar que el número de matadores albaceteños supere de largo los setenta, a los que hay que añadir gran número de becerristas, novilleros y subalternos, añadiendo también rejoneadores y picadores.

En estos pueblos Pepe Osuna se inició como maletilla; también anduvo mucho por la Ruta del Toro gaditana. Eran los tiempos en que Albacete bullía con los triunfos de Pedrés, de Juan Montero y Chicuelo II. Entonces se movilizó una nube de chavales que querían ser toreros y el modo que tenían era empezar por las capeas, los encierros y los tentaderos, a los que se acercaban por el sistema de caminar y caminar de lugar en lugar, por caminos y carreteras, con el hatillo al hombro. Eran experiencias duras, que afrontaban con las fuerzas de la ilusión; entre el hambre, el cansancio y el frío de las noches al relente, ya se veían en figuras. En el caso de muestro protagonista, un hecho fue vivido con especial intensidad y se le quedó grabado para siempre; se trata de la pérdida de un compañero de andanzas, caído en una plaza polvorienta cualquiera. Sin embargo, la decisión estaba tomada: quería ser torero.

Luego llegó la etapa de novillero y el apoyo de un apoderado, sin faltar la amistad y protección de una figura como Antonio Ordóñez. Fue una etapa larga, que le permitió recomponerse y saber qué quería hacer en el futuro. Llegó luego, en 1962, la alternativa en Méjico, aquel Méjico adonde se iban los toreros para ganar dinero; allí sorprendió y provocó crónicas elogiosas en la prensa taurina. Allí volvería varios años. En España se movió por el ámbito de las corridas duras, esas en las que salen toros que piden toreros machos. Mientras tanto, desarrollaba una faceta empresarial con la que luego se desenvolvió en la vida, una vez que dejó el toreo en activo. Fue el año 1970 cuando toreó sus últimos festejos, porque ya la vida familiar le imponía otras obligaciones; sin embargo, no dejó de atender a festivales benéficos o direcciones de lidia.

Ese bosquejo biográfico es suficiente para un prólogo. El desarrollo y los detalles de su vida, así como sus reflexiones, las ofrecerá el propio Osuna a lo largo de las páginas de su libro. Se trata de un libro que ha escrito a lo largo de veinte años. Con perseverancia, ha ido redactando notas y fragmentos poco a poco, según le venían los recuerdos a la cabeza. Se ha fiado sólo de su memoria y de sus impresiones, sin comentar nada con nadie, ni siquiera con su familia. En un último momento ha sido necesario recurrir a documentación, a prensa, a libros, a carteles, para cubrir lagunas de datos, nombres, fechas y números. El resultado es la exposición de sus sentimientos, abierta de par en par ante los ojos del lector.

Lo que sí puedo hacer es ofrecer mi visión de Osuna en su aspecto personal. Lo primero que puedo decir es que es una buena persona. Sé que puede sonar a tópico, pero es la verdad, dicha con convencimiento por mi parte. Recuerdo el día que nos presentaron. Estábamos participando en un programa de una televisión local, con el tema del aspecto taurino de la Feria del Caballo. En cuanto nos conocimos, tras acabar nuestra intervención en el estudio, me invitó a su casa para charlar, pasear y comer junto con Marina. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. No, no es esto por lo que digo que es buena persona. Sin embargo, me di cuenta en cuanto empecé a tratarlo y a conocerlo. Pone calma en la tormenta y está siempre dispuesto al abrazo.

Pronto me contó cómo había transcurrido su infancia, en un ambiente humilde y en una familia que tenía que luchar mucho para salir adelante. Lo conmovedor es que ahí es donde él aprendió a ser buena persona. Realmente me impactó el relato de lo que su abuela le enseñaba y le impulsaba a hacer en los tiempos convulsos de posguerra: “Cada persona puede pensar lo que quiera, pero todos tenemos que comer”. Es una narración de auténtica fuerza cinematográfica eso de llevar cada cierto número de días una bolsa con pan recién elaborado hasta la sierra y dejarlo en una determinada peña. La misión debería hacerse con todo el sigilo posible. Él nunca vio a nadie allá arriba, pero, cuando volvía la siguiente vez, en la peña donde iba a depositar el pan se encontraba una liebre o un conejo recién cazados. Dice que eso le enseñó a hacer las cosas. Por tanto, podemos ver que la bondad aquí viene de cuna.

Es una constante en él estar siempre pendiente de ayudar a quien lo necesite. De él fue la idea y el trabajo que cuajó en la tradicional y prestigiosa Corrida de Asprona, a beneficio de personas discapacitadas. Asimismo, participó muchas veces en el festival taurino que se organizaba a favor del Cotolengo. En nuestra relación permanente me dice con frecuencia, y aun insistencia, que si me entero de algún acto caritativo, o de alguna reunión solidaria o comida benéfica, se lo comunique para participar y así colaborar con las necesidades del prójimo.

Esa preocupación por los demás no podía dejar de lado a sus compañeros de profesión. Una de las cosas de que más orgulloso se encuentra es la galería de placas de cerámica existente en el anillo interior de la plaza de toros de su ciudad. Es obra suya, tanto en la idea como en la realización. Siempre quiso que los toreros albaceteños tuvieran testimonio de su paso por la historia del toreo; todos, no sólo los escasos a los que se levantó estatua. Le propuso la idea al alcalde y se ofreció a ejecutarla. Cuando visité esa plaza por primera vez, él me acompañó porque especialmente, entre otras cosas, quería mostrarme la galería, que empieza con Mancheguito y aún continúa en elaboración con los últimos nombres de toreros locales alternativados.

Osuna quería ser torero desde pequeño y, mucho después de su retirada, a día de hoy se siente torero. Así, cuida su atuendo personal y se presenta impecable a cualquier cita que tenga. Sigue considerando un deber respetar la puntualidad, como cuando tenía que estar en el patio de cuadrillas quince minutos antes, dispuesto para iniciar el paseíllo. Suele decir que “antes que llegar tarde a una reunión es mejor no ir”.

Otra faceta de su torería es el cuidado físico. Se mantiene en perfecta forma. Hace ejercicio diario, como recordando aquellos días de preparación en su etapa activa, durante los inviernos en que, viviendo en el campo, subía y bajaba los cerros con pesos en las manos. Hoy ha cambiado los cerros por la playa. No hay día en que no camine por la arena y se marque diez o doce kilómetros, siempre acompañado por su Marina, su media vida. Una vez le comenté mi deseo de hacer por la provincia de Albacete una ruta para visitar todas las estaciones prehistóricas donde hay pinturas rupestres que representan toros de hace cinco mil años. Me dijo de inmediato, sin importar la edad: “Yo voy contigo”. Le contesté: “Maestro, hay que subir y bajar muchas sierras y hay que recorrer muchos kilómetros”. “Yo lo hago. Cuando decidas hacer esa excursión no te olvides de llamarme”. ¡Qué arte más grande!

No es sólo la forma física, sino también la intelectual. Es de ver con qué atención sigue las noticias del mundo taurino. Está al día de lo último y comenta los progresos de todos los jóvenes, haciendo apuestas por unos o por otros. Como su asistencia a las plazas es frecuente y mantiene al abono en varias de ellas, siempre intenta acudir a los festejos donde esté algún nuevo valor. Suele decir a aficionados, profesionales y periodistas que las figuras deben dejar algún hueco a los jóvenes por el bien de la Fiesta.

Le gusta leer y, de la misma manera que está al día en las noticias taurinas, sorprende por sus amplios conocimientos sobre el pasado de la Tauromaquia, cosa que no se ve en muchos de sus compañeros de profesión. Es capaz de mantener una conversación y un debate sobre Paquiro nada menos que con el propio biógrafo del chiclanero. En efecto, he podido ser testigo de momentos deliciosos compartiendo mesa con el maestro y con Boto Arnau. Igualmente, hemos platicado sobre lo que Chaves Nogales dijo o dejó de decir sobre Belmonte, personaje al que, por cierto, llegó a conocer personalmente en Gómez Cardeña.

Desde el 2002 pasa más de la mitad del año en la costa gaditana, buscando el favor de la climatología y la influencia benéfica del mar. Sin embargo, allí y en cualquier otro sitio en que esté, sigue considerándose un embajador de la tierra albaceteña. No hay ocasión que se presente en donde no se extienda con el obsequio de una navaja representativa, sin faltar el tradicional detalle pintoresco de pedir a cambio un euro. Recuerdo la comida a que, para celebrar sus sesenta años de alternativa, invitó en un prestigioso restaurante de El Puerto a una treintena de personas; allí estaban rejoneadores, toreros y aficionados. Los obsequió con navajas ilustradas con la efeméride; pues bien, cobró un euro por cada una.

Una persona con esas cualidades humanas no podía dejar de ser reconocida y, en efecto, han sido numerosas las veces en que le han sido valoradas tales cualidades. A esos reconocimientos les dedica en el libro un capítulo denso. Por ello, él se siente satisfecho y ve que su paso por el toreo ha dejado huella, marcada principalmente por su forma de ser y por su capacidad para tejer relaciones sociales amistosas y teñidas de ternura. Uno de los reconocimientos más significativos, y más recientes, fue la entrega de uno de los Premios Quijotes del Toreo. El otro premiado fue Julián López El Juli, que se había retirado hacía poco. Se celebró el acto en los salones del albaceteño Casino Primitivo y me honró al hacerme sentar en la mesa de su familia, a su derecha. En su intervención, tras recibir el trofeo, se extendió a placer provocando las sonrisas y los aplausos de los más de doscientos asistentes.

Por tanto, se puede decir que nuestro protagonista es una persona que está satisfecha de lo que ha vivido y de lo que ha hecho. Se siente reconocido. En su etapa de torero activo pudo conocer lo que es ese mundo, con su parte dura y con su parte buena. De todo hay allí, pero lo principal es que hay gloria. Él ha conocido la gloria del toreo. Ahora quiero dejar de dirigirme al lector y, para terminar, voy a dirigirme a Pepe Osuna.

Maestro, usted toreó y consiguió sus objetivos. Sin embargo, la torería es muy amplia y se puede torear fuera de la plaza; se puede torear a lo largo de toda la vida, en todos los ámbitos en que uno se encuentre. Salió por la puerta grande en muchas plazas, pero en su otra faceta profesional, a la hora de ir por su camino y a la hora de formar una familia usted ha salido por la puerta grande.

                                                                                                                 Marciano Breña Galán,                                                                                       Jerez de la Frontera, diciembre de 2025.

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