Amable lector, cuando hace unos doce años conocí personalmente al maestro Osuna sentí revivir en mi interior los años de la infancia. Lo que voy a decir puede servir de ilustración para comprender el papel que jugó en el toreo durante unos años previos a la aparición de Manuel Benítez El Cordobés y a la generalización de las corridas televisadas. Nací en un pueblo extremeño, muy taurino, que dista de Albacete cuatrocientos veinte kilómetros en línea recta y quinientos treinta por carreteras actuales. Cuando llegaban las fiestas de los toros, en agosto, se montaban las talanqueras y los tablados en la plaza. Un mes antes los carpinteros empezaban a llevar con carretas de vacas las costanas y las amontonaban en el suelo, antes de hincarlas en el suelo a base de azada y palanca. Durante ese periodo de montaje, los niños y muchachos, chicos y menos chicos, nos concentrábamos allí, al atardecer y por la noche, para jugar al toro entre el olor a resina de costanas nuevas y el tacto familiar de aquellas costanas viejas que ya conocíamos de años anteriores. Yo tendría siete u ocho años y me ponía con mis amigos en un lado y en el lado contrario se ponían los mayores, que andaban por los quince o dieciséis. Una vez, uno de ellos, cuando toreaba a otro con un saco, empezó a decir: “Embiste, que yo soy Osuna”. Otro se autocalificaba de Litri, por ejemplo, pero el de Osuna es el que más se repetía y, así, los demás amigos empezaron a llamarle Osuna durante el particular toreo de salón. Con Osuna se quedó. Todo el mundo lo conoce como Osuna. Todavía hoy su propia mujer no le llama Manuel; lo llama Osuna. Hay que decir que el maestro Osuna no toreó por las plazas de Cáceres o Badajoz, pero los periódicos y la radio llegaban a todos los sitios.
Conocer a Pepe Osuna en Jerez fue como encontrar
una pieza que había perdido y que me faltaba en el puzzle de mi vida. Por eso
le agradezco que me haya confiado ahora la escritura de un prólogo a su libro
de memorias, en que expone con términos sencillos y directos lo que ha hecho en
su vida taurina, para compartirlo con quien se acerque a él, al libro y a su
persona, cuando ha cumplido más de sesenta años desde su alternativa.
Osuna nació en Molinicos, un pueblo de la sierra
sur de la provincia de Albacete. Desde pequeño se sintió orientado hacia la
afición taurina. No es de extrañar; en toda la provincia hay muchísima afición
al toro. Albacete tiene al toro grabado en la piel, en el espacio y en el
tiempo. Hemos dicho tiempo, sí. Desde la lejana Prehistoria se conservan los
testimonios del temor, respeto y admiración que despiertan en las gentes de esa
tierra la belleza y la fuerza de un animal tan especial.
Molinicos está a diecisiete kilómetros de las
pinturas rupestres de Aýna; a otros diecisiete de las de Letur; a veintisiete
de las de Socovos; a cuarenta de las de Nerpio; a cincuenta y cinco de las de Minateda
y a ciento cinco de las de Alpera. en todas ellas el protagonista es el toro,
que desde los primeros tiempos atrajo la atención los habitantes de todos esos
lugares, en donde se proclamaba la superioridad del toro sobre los demás
animales salvajes y su identificación con simbologías de lo indomable y de lo
terrible. En España hay pocas zonas donde se puedan encontrar tantos
testimonios prehistóricos de admiración al toro como en la provincia de
Albacete.
La afición al toro siguió indeleble entre los
albaceteños a lo largo del tiempo. Vinieron los tiempos romanos; luego tiempos
medievales, con sus alanceamientos nobiliarios. En 1546, el 24 de junio, por
San Juan y Corpus, con previo acuerdo del Ayuntamiento de la capital se
corrieron toros por las calles hasta la plaza del Altozano en honor de la
Virgen de La Corona; así lo dice el documento más antiguo que se refiere a la
fiesta brava en la ciudad. A mediados del siglo XVIII se levantó la primera
plaza fija, de madera; fue la de Caulín, que, situada en los números impares de
la calle de la Feria, tenía un diámetro de veinticinco metros y funcionó hasta
1895. La primera plaza de mampostería se inauguró en 1829 y estaba en la misma
calle de la Feria pero en la parte de los números pares; se mantuvo hasta 1916.
Ahí se celebraron espectáculos a plaza partida; también ahí, en 1895, tomó la
alternativa Mancheguito, el primer matador de toros albaceteño doctorado. Hay
que añadir la pequeña plaza que había próxima, la llamada de José Asensio. En
1917 se inauguró la conocida como Chata, construida en seis meses y que, con su
estilo neomudéjar, llega hasta nuestros días mereciendo del Cossío el elogio de
ser considerada como una de las más excelentes plazas de España. El cronista K-Hito, en uno de sus
artículos en esa época, decía: “A la cuna del toreo le han puesto ruedas y se
ha trasladado de Ronda y Sevilla a Albacete”.
Aparte de la capital, por toda la provincia se reparten pueblos donde
los toros son el eje de sus fiestas y de sus tradiciones. Unos disponen de
plazas fijas; otros habilitan sus plazas urbanas para las ocasiones taurinas.
Recuerdo personalmente un encuentro fortuito pero encantador con unos niños en
Aýna, cuando caminaba por sus calles como turista distraído. Ninguno superaba
los diez años y estaban jugando al toro, como hacía muchísimo tiempo no veía
por ningún otro sitio. Dos hacían de toro; otros dos toreaban, uno con una tela
y otro haciendo como recortes y quiebros. Tres o cuatro más esperaban su turno.
Les pregunté y me invitaron a jugar con ellos, a lo que acepté encantado por
breves minutos. Cuando me estaban despidiendo me dijeron orgullosos: “Señor, si
usted busca toros, sepa que ha llegado a la capital de los recortadores. Puede
volver a este pueblo cuando sean las fiestas”. Así, no es de extrañar que el
número de matadores albaceteños supere de largo los setenta, a los que hay que
añadir gran número de
becerristas, novilleros y subalternos, añadiendo también rejoneadores y
picadores.
En estos pueblos Pepe Osuna se inició como
maletilla; también anduvo mucho por la Ruta del Toro gaditana. Eran los tiempos
en que Albacete bullía con los triunfos de Pedrés, de Juan Montero y Chicuelo
II. Entonces se movilizó una nube de chavales que querían ser toreros y el modo
que tenían era empezar por las capeas, los encierros y los tentaderos, a los
que se acercaban por el sistema de caminar y caminar de lugar en lugar, por
caminos y carreteras, con el hatillo al hombro. Eran experiencias duras, que
afrontaban con las fuerzas de la ilusión; entre el hambre, el cansancio y el
frío de las noches al relente, ya se veían en figuras. En el caso de muestro
protagonista, un hecho fue vivido con especial intensidad y se le quedó grabado
para siempre; se trata de la pérdida de un compañero de andanzas, caído en una
plaza polvorienta cualquiera. Sin embargo, la decisión estaba tomada: quería
ser torero.
Luego llegó la etapa de novillero y el apoyo de un
apoderado, sin faltar la amistad y protección de una figura como Antonio
Ordóñez. Fue una etapa larga, que le permitió recomponerse y saber qué quería
hacer en el futuro. Llegó luego, en 1962, la alternativa en Méjico, aquel
Méjico adonde se iban los toreros para ganar dinero; allí sorprendió y provocó
crónicas elogiosas en la prensa taurina. Allí volvería varios años. En España
se movió por el ámbito de las corridas duras, esas en las que salen toros que
piden toreros machos. Mientras tanto, desarrollaba una faceta empresarial con
la que luego se desenvolvió en la vida, una vez que dejó el toreo en activo.
Fue el año 1970 cuando toreó sus últimos festejos, porque ya la vida familiar
le imponía otras obligaciones; sin embargo, no dejó de atender a festivales
benéficos o direcciones de lidia.
Ese bosquejo biográfico es suficiente para un
prólogo. El desarrollo y los detalles de su vida, así como sus reflexiones, las
ofrecerá el propio Osuna a lo largo de las páginas de su libro. Se trata de un
libro que ha escrito a lo largo de veinte años. Con perseverancia, ha ido redactando
notas y fragmentos poco a poco, según le venían los recuerdos a la cabeza. Se
ha fiado sólo de su memoria y de sus impresiones, sin comentar nada con nadie,
ni siquiera con su familia. En un último momento ha sido necesario recurrir a
documentación, a prensa, a libros, a carteles, para cubrir lagunas de datos,
nombres, fechas y números. El resultado es la exposición de sus sentimientos,
abierta de par en par ante los ojos del lector.
Lo que sí puedo hacer es ofrecer mi visión de Osuna
en su aspecto personal. Lo primero que puedo decir es que es una buena persona.
Sé que puede sonar a tópico, pero es la verdad, dicha con convencimiento por mi
parte. Recuerdo el día que nos presentaron. Estábamos participando en un
programa de una televisión local, con el tema del aspecto taurino de la Feria
del Caballo. En cuanto nos conocimos, tras acabar nuestra intervención en el
estudio, me invitó a su casa para charlar, pasear y comer junto con Marina.
Parecía que nos conocíamos de toda la vida. No, no es esto por lo que digo que
es buena persona. Sin embargo, me di cuenta en cuanto empecé a tratarlo y a
conocerlo. Pone calma en la tormenta y está siempre dispuesto al abrazo.
Pronto me contó cómo había transcurrido su
infancia, en un ambiente humilde y en una familia que tenía que luchar mucho para
salir adelante. Lo conmovedor es que ahí es donde él aprendió a ser buena
persona. Realmente me impactó el relato de lo que su abuela le enseñaba y le
impulsaba a hacer en los tiempos convulsos de posguerra: “Cada persona puede pensar
lo que quiera, pero todos tenemos que comer”. Es una narración de auténtica
fuerza cinematográfica eso de llevar cada cierto número de días una bolsa con
pan recién elaborado hasta la sierra y dejarlo en una determinada peña. La
misión debería hacerse con todo el sigilo posible. Él nunca vio a nadie allá
arriba, pero, cuando volvía la siguiente vez, en la peña donde iba a depositar
el pan se encontraba una liebre o un conejo recién cazados. Dice que eso le
enseñó a hacer las cosas. Por tanto, podemos ver que la bondad aquí viene de
cuna.
Es una constante en él estar siempre pendiente de
ayudar a quien lo necesite. De él fue la idea y el trabajo que cuajó en la
tradicional y prestigiosa Corrida de Asprona, a beneficio de personas
discapacitadas. Asimismo, participó muchas veces en el festival taurino que se
organizaba a favor del Cotolengo. En nuestra relación permanente me dice con
frecuencia, y aun insistencia, que si me entero de algún acto caritativo, o de
alguna reunión solidaria o comida benéfica, se lo comunique para participar y
así colaborar con las necesidades del prójimo.
Esa preocupación por los demás no podía dejar de
lado a sus compañeros de profesión. Una de las cosas de que más orgulloso se
encuentra es la galería de placas de cerámica existente en el anillo interior
de la plaza de toros de su ciudad. Es obra suya, tanto en la idea como en la
realización. Siempre quiso que los toreros albaceteños tuvieran testimonio de
su paso por la historia del toreo; todos, no sólo los escasos a los que se
levantó estatua. Le propuso la idea al alcalde y se ofreció a ejecutarla.
Cuando visité esa plaza por primera vez, él me acompañó porque especialmente,
entre otras cosas, quería mostrarme la galería, que empieza con Mancheguito y
aún continúa en elaboración con los últimos nombres de toreros locales
alternativados.
Osuna quería ser torero desde pequeño y, mucho
después de su retirada, a día de hoy se siente torero. Así, cuida su atuendo
personal y se presenta impecable a cualquier cita que tenga. Sigue considerando
un deber respetar la puntualidad, como cuando tenía que estar en el patio de
cuadrillas quince minutos antes, dispuesto para iniciar el paseíllo. Suele
decir que “antes que llegar tarde a una reunión es mejor no ir”.
Otra faceta de su torería es el cuidado físico. Se
mantiene en perfecta forma. Hace ejercicio diario, como recordando aquellos
días de preparación en su etapa activa, durante los inviernos en que, viviendo
en el campo, subía y bajaba los cerros con pesos en las manos. Hoy ha cambiado
los cerros por la playa. No hay día en que no camine por la arena y se marque
diez o doce kilómetros, siempre acompañado por su Marina, su media vida. Una
vez le comenté mi deseo de hacer por la provincia de Albacete una ruta para
visitar todas las estaciones prehistóricas donde hay pinturas rupestres que
representan toros de hace cinco mil años. Me dijo de inmediato, sin importar la
edad: “Yo voy contigo”. Le contesté: “Maestro, hay que subir y bajar muchas
sierras y hay que recorrer muchos kilómetros”. “Yo lo hago. Cuando decidas
hacer esa excursión no te olvides de llamarme”. ¡Qué arte más grande!
No es sólo la forma física, sino también la
intelectual. Es de ver con qué atención sigue las noticias del mundo taurino.
Está al día de lo último y comenta los progresos de todos los jóvenes, haciendo
apuestas por unos o por otros. Como su asistencia a las plazas es frecuente y
mantiene al abono en varias de ellas, siempre intenta acudir a los festejos
donde esté algún nuevo valor. Suele decir a aficionados, profesionales y periodistas
que las figuras deben dejar algún hueco a los jóvenes por el bien de la Fiesta.
Le gusta leer y, de la misma manera que está al día
en las noticias taurinas, sorprende por sus amplios conocimientos sobre el
pasado de la Tauromaquia, cosa que no se ve en muchos de sus compañeros de
profesión. Es capaz de mantener una conversación y un debate sobre Paquiro nada
menos que con el propio biógrafo del chiclanero. En efecto, he podido ser
testigo de momentos deliciosos compartiendo mesa con el maestro y con Boto
Arnau. Igualmente, hemos platicado sobre lo que Chaves Nogales dijo o dejó de
decir sobre Belmonte, personaje al que, por cierto, llegó a conocer
personalmente en Gómez Cardeña.
Desde el 2002 pasa más de la mitad del año en la
costa gaditana, buscando el favor de la climatología y la influencia benéfica
del mar. Sin embargo, allí y en cualquier otro sitio en que esté, sigue
considerándose un embajador de la tierra albaceteña. No hay ocasión que se
presente en donde no se extienda con el obsequio de una navaja representativa,
sin faltar el tradicional detalle pintoresco de pedir a cambio un euro. Recuerdo
la comida a que, para celebrar sus sesenta años de alternativa, invitó en un
prestigioso restaurante de El Puerto a una treintena de personas; allí estaban
rejoneadores, toreros y aficionados. Los obsequió con navajas ilustradas con la
efeméride; pues bien, cobró un euro por cada una.
Una persona con esas cualidades humanas no podía
dejar de ser reconocida y, en efecto, han sido numerosas las veces en que le
han sido valoradas tales cualidades. A esos reconocimientos les dedica en el
libro un capítulo denso. Por ello, él se siente satisfecho y ve que su paso por
el toreo ha dejado huella, marcada principalmente por su forma de ser y por su
capacidad para tejer relaciones sociales amistosas y teñidas de ternura. Uno de
los reconocimientos más significativos, y más recientes, fue la entrega de uno
de los Premios Quijotes del
Toreo. El otro premiado fue Julián López El Juli, que se había retirado hacía
poco. Se celebró el acto en los salones del albaceteño Casino Primitivo y me
honró al hacerme sentar en la mesa de su familia, a su derecha. En su
intervención, tras recibir el trofeo, se extendió a placer provocando las
sonrisas y los aplausos de los más de doscientos asistentes.
Por tanto, se puede decir que nuestro protagonista es una
persona que está satisfecha de lo que ha vivido y de lo que ha hecho. Se siente
reconocido. En su etapa de torero activo pudo conocer lo que es ese mundo, con
su parte dura y con su parte buena. De todo hay allí, pero lo principal es que
hay gloria. Él ha conocido la gloria del toreo. Ahora quiero dejar de dirigirme
al lector y, para terminar, voy a dirigirme a Pepe Osuna.
Maestro, usted toreó y consiguió sus objetivos. Sin
embargo, la torería es muy amplia y se puede torear fuera de la plaza; se puede
torear a lo largo de toda la vida, en todos los ámbitos en que uno se
encuentre. Salió por la puerta grande en muchas plazas, pero en su otra faceta
profesional, a la hora de ir por su camino y a la hora de formar una familia
usted ha salido por la puerta grande.
Marciano Breña Galán, Jerez de la Frontera, diciembre de 2025.
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