jueves, 11 de junio de 2026

La peña altar de Barajas, en Navarredonda de Gredos

 DOS PEÑAS ALTAR INÉDITAS DE ÁVILA

                           

Texto y fotos: Marciano Breña Galán, profesor de Historia (Enseñanza Secundaria)

 

La provincia de Ávila atesora un vasto patrimonio arqueológico vinculado a los pueblos prerromanos, especialmente vetones; en él se incluyen las peñas sacras, que son peñas asociadas a ritos o mitos ancestrales. Las más de 1.300 peñas sacras iden­tificadas en la Península Ibérica ofrecen una realidad compleja y, para simplificarla, se han clasificado en unos 24 tipos que conforman seis grandes grupos, según su función. Uno de esos grupos corresponde a los altares rupestres o peñas altar.

Con el precedente de las dos peñas altar de Navalterreros (Bonilla de la Sierra) más la de Hoyocasero, que se publicaron en Diario de Ávila durante 2010, vamos a presentar ahora otras dos en este mismo medio: una está en la Mesa de Miranda (Chamartín) y la otra, en Barajas (Navarredonda de Gredos). Si se repasan los trabajos de Fabián, J. F. (2010), Delgado Correia, M. J. (2015), Caballero, J. y Mariné, María (2021) y Almagro-Gorbea, M. (2022), así como, además, otros artículos centrados en concretas peñas altar, podemos concluir que se trata de dos peñas altar inéditas. Ambas presentan connotaciones simbólicas y pertenecen al tipo Lácara, lo que lleva a pensar en una mayor antigüedad que el altar de Ulaca; sus dataciones pueden corresponder al período que va de la Edad del Bronce a la Primera Edad del Hierro.

PEÑA ALTAR DE MESA DE MIRANDA

Situación

La peña altar de la Mesa de Miranda está situada dentro del conjunto del castro vetón allí existente, concretamente en el llamado primer castro, que debió de ser el lugar de la primera ocupación por sus habitantes. Oculta por el espeso arbolado, pasto y maleza, dista menos de diez metros de la alambrada actual, que sigue la línea de muralla por la cara este del castro. Dista también, en línea recta, 610 metros de la escultura de verraco conservada dentro del castro. Es decir, se sitúa en el área más alejada de las puertas de la muralla. Está cerca del extremo norte del espigón desde el que se puede contemplar la junta de los dos ríos que rodean el castro, el Matapeces y el Río Hondo. Desde lo alto de la peña se contempla en toda su amplitud la llanura de explotación agrícola y también con enormes manchas de encinas que se extiende al norte del castro de Miranda. Sus coordenadas son 40º 43’ 35.8961’’ N y 4º 56’ 47.4266’’ W.

Descripción

Es una peña natural de granito con forma tronco piramidal irregular, de cinco caras casi planas, con la parte de arriba también plana.

En la cara sureste, de 160 cm. de alto, hay una especie de semiescalera formada por tres entalladuras, o casi escalones. Las dos primeras están al mismo nivel y son trabajadas por el hombre y la tercera, más amplia, pudiera ser de formación natural. Un entalle más, el cuarto, muy pequeñito y a la izquierda, prácticamente era un agarradero de mano. Esta cara es la que mayor facilidad ofrece para acceder a la parte alta, pues está inclinada hacia el interior de la peña y sus entalles son los más fáciles de utilizar. Yendo en giro horario, la cara suroeste, algo triangular y con 180 cm. de altura, carece de entalle pues tiene una inclinación convexa, con su parte superior más afuera que la base. En la cara oeste, con 155 cm. de alto, hay tres entalles probablemente provocados por la mano del hombre.

En la cara norte, de 295 cm. de alto, hay cuatro entalles: uno, bajo, hacia la izquierda; otro, ascendiendo, más bien hacia el lado derecho, y el tercero, poco profundo y hecho por mano humana, por encima del anterior, ocupando la mitad derecha según miramos hacia la peña. Añadimos en el lado derecho muy abajo, a unos cuarenta centímetros del suelo, un entalle minúsculo que sería como un primer escalón para impulsar y poder alcanzar el que hemos señalado como segundo nivel. De esta manera, se podría también acceder por esta cara, pese a su altura. En la cara noreste también hay un entalle para subir, con lo que se accede a la parte de arriba casi por todos los lados.

En la parte de arriba hay una superficie plana en forma de triángulo, cuyos lados miden 120 cm., el sureste; 150 cm., el oeste, y 155 cm., el norte. Se detecta una pequeña cresta, de 95 cm. de largo, próxima al lado o borde sur. En el lado norte de la superficie tenemos un rebaje triangular, con 40 cm. en cada lado; este rebaje puede ser natural pero también impulsado por la mano del hombre.

Función

En la parte de arriba de la peña se procedería al sacrificio de algún animal o a la quema de productos agrícolas como dedicación u ofrenda a la divinidad. La pequeña cresta y el pequeño rebaje de arriba servirían para una mejor colocación del cuerpo del animal a sacrificar.

En la cara sureste, el entalle de la derecha del tercer nivel en su extremo, donde hace la peña un giro, presenta una explanación mayor que serviría como soporte de algún recipiente para recoger la sangre del animal.

En la esquina de la cara norte con la cara oeste hay un pequeño canal que viene de arriba y después de una pequeña protuberancia sigue para abajo con otro canal, probablemente natural, que vierte a una base, una pequeña ménsula, en donde se podría también situar algún recipiente donde recoger la sangre de la víctima. No se ve en los alrededores algún tipo de pileta, como sí se encuentran en otras peñas altar; esa ménsula con un recipiente haría las veces de pileta.

Éste debe ser uno de los puntos más antiguos de culto que hubiera en todo el emplazamiento. Es más, nos arriesgamos a decir que pudo ser incluso el inicio para que se ubicara, a su alrededor, un núcleo poblacional. Utilizado en tiempos anteriores a la época vetona, a él acudirían los habitantes repartidos en hábitats dispersos y poco a poco iría surgiendo un conjunto de viviendas. Esta concentración pudo iniciarse por la presencia allí de un cuerpo sacerdotal, que realmente existía y estaba encargado de cultos astrales referidos a Venus y a Orión, como han mostrado Baquedano y Escorza (1998, 2009), y que más tarde organizó el territorio funerario de la Osera, situado al otro lado del castro.

Aprovechamos para pedir a la Administración que facilite a los visitantes del castro la visita a esta peña altar, para lo cual se debe modificar el trazado del itinerario que está marcado con hitos metálicos.

PEÑA ALTAR DE BARAJAS

Situación

La peña altar de Barajas está al lado de la carretera AV-P-510, km. 17’8, antes de llegar al puerto de Cañada del Horno, a dos kilómetros y medio de la carretera AV-941. Dista 12 metros de la mediana de la carretera y desde ella, hacia el este, se divisa la cota de Peña Aguda. Sus coordenadas son 40º 22’ 55.4192’’ N y 5º 9’ 4.0928’’ W.

Descripción

La piedra base, que aflora en la superficie, tiene unos 9 metros de largo en sentido este-oeste y 5 metros de ancho, norte-sur. Sobre ella hay dos peñas, o bolos, desiguales y con una separación de entre 15 y 20 cm. La peña pequeña, al lado oeste, tiene una altura de 130 cm. por su cara sur y 115 cm. por su cara norte; su parte superior mide 170 cm. de largo, norte-sur, por 130 cm., este-oeste.

La peña grande presenta, en su cara norte, unas entalladuras insculpidas o estribos, a modo de escalera para subir. Desde la piedra base hay 60 centímetros hasta el inicio del primer estribo, el cual tiene unos 30 cm. de alto por 20 cm. de ancho máximo. El segundo estribo está inmediatamente situado encima, con un ancho máxima de 25 centímetros. Unos 40 cm. (medidos sobre la propia superficie inclinada) por encima del extremo superior de este segundo estribo aparece el borde de una pileta situada la parte de arriba. Tal cubeta, de forma ovoidal, mide 50 cm. por 40 cm. siendo el diámetro más largo es el que continúa la línea de los estribos.

La superficie de arriba, muy irregular, mide 280 cm. de largo, este-oeste, por 180 cm. de ancho, norte-sur. Detrás de la cubeta, según subimos, hay un pequeño vértice natural, con altura de 10 cm. sobre el borde de aquélla. De la piedra base a este vértice hay un desnivel de 2 metros; ésta es la altura de la peña grande. Si, subidos en la peña, miramos hacia el norte, a la izquierda en sentido noroeste de esta cubeta sale un pequeño surco, trabajado a mano, de 65 cm. de largo por 25 cm. de ancho.

A la derecha del vértice hay un pequeño hoyo troncocónico trabajado a mano, cuyos bordes tienen dos diámetros de 20 cm. y 17 cm. De este pequeño hoyo sale un pequeño surco hacia una segunda cubeta natural, no cerrada sino abierta, que está en el borde de la peña que mira hacia el este; sus diámetros son de 70 cm. (el longitudinal a la peña) y 40 cm.

Esta segunda cubeta está enmarcada en una superficie que tiene un reborde rectangular trabajado a mano en forma rectangular. La parte norte del reborde tiene dos lados en ángulo recto; el lado norte mide 40 cm. y el otro cateto, 55 cm. Tal ángulo recto del reborde sirve como agarradero a la hora de subir y poner los pies sobre los escalones.

Desde el borde de la segunda cubeta hasta la piedra base, por la cara este de la peña altar, hay un desnivel de 125 cm. En esta cara este, a 20 cm. por debajo de la segunda cubeta y ligeramente desviada hacia el norte, hay una tercera cubeta, con diámetros de 35 cm. y 30 cm.

Por dicho lado este, sobre la piedra base hay un surco de 2 metros de largo, paralelo a la peña que conduce a una pequeña cuenca de recepción, quizás generada de forma natural y con diámetros de 80 cm. por 65 cm. De ella sale un breve canalillo de drenaje, trabajado. Si nos retiramos unos pasos, la peña recuerda, en pareidolia, a una cabeza de felino.

Al norte de la peña altar, distante 10 metros, hay una piedra de 210 cm. en eje norte-sur por 120 cm. de ancho, que contiene dos cazoletas, separadas por 50 cm. La mayor tiene mide 20 cm. por 15 cm. La menor tiene un diámetro de 10 cm. en su borde más exterior, circular.

Función

Esta peña altar está junto al camino que los ganados y sus pastores usaban para ir desde el valle del Tormes al valle del Alberche. Cerca estaba el cruce con otro camino ganadero, el que va de Piedrahita al puerto del Pico, tras conectar con la vía de El Barco a Venta Rasquilla (a la altura de la iglesia de San Benito, sucesora quizás de otra peña altar). Es un lugar estratégico, a donde los rebaños trashumantes, acabada la temporada de nieves, llegaban con el solsticio de verano; este punto es apropiado para observar todo el trayecto del sol durante el día más largo del año, con las cumbres de Gredos al sur. Después, al llegar las primeras nieves, los ganaderos harían ahí ceremonias de despedida antes de marchar a tierras bajas.

El hoyo troncocónico debía ser el lugar a donde caía la sangre de la víctima antes de irse por uno de los surcos o donde se depositaba quizá el corazón del animal. La tercera cubeta, aunque probablemente natural, también podía ayudar a la recogida de líquidos o soportar algún recipiente. La pequeña cuenca de recepción de la piedra base en el lado este sería el punto donde los devotos tomarían con sus dedos sangre para purificarse, quizás a modo de esquemático taurobolio. Como los cultos mitraicos, el de aquí estaba relacionado con los astros, empezando por el Sol.

La presencia de cazoletas al lado de la peña altar nos habla de un espacio sagrado complejo. No era necesario que hubiera alrededor un castro o similar. Bastaba su situación estratégica en un cruce de vías pecuarias y la disposición de una amplia superficie despejada apta para una concentración masiva de devotos, tal como hoy las romerías ante una ermita en medio del campo.

Esta peña altar no está lejos de la de Hoyocasero, con la que puede estar relacionada. Ambos elementos están marcando terrenos de pastos unidos por un movimiento estacional del ganado, que se trataría no de trashumancia sino de transterminancia. El camino que iba al puerto de Pico sí llevaba a tierras más lejanas.

CONCLUSIÓN

La morfología de estas dos peñas corresponde con una función similar a la de diversas peñas altar encontradas tanto en la provincia de Ávila como en otras provincias, siempre en áreas de raigambre céltica. Hemos intentado no caer demasiado en el uso del condicional verbal, como es usual en estos casos, porque, aparte de representar un pensamiento débil, lo consideramos innecesario, una vez que ha quedado demostrada la función como lugar de sacrificios sagrados, tras los descubrimientos de la peña altar de Cabezo de las Fraguas y del santuario de Panoias.

.-.-.-.-.-.

En Cabezo das Fraguas

OILAM. TREBOPALA.

INDI. PORCOM. LAE(B)BO.

COMAIAM. ICCONA. LOIM/INNA. OILAM. VSSEAM.

TREBARVNE. INDI. TAVROM./ IFADEM [...?]

REVE. TR[EBARUNE ?]

“Una oveja para Trebopala [protectora de la tribu]

un cerdo para Laebo,

una crinosa [yegua] para la luminosa Iccona (Epona)

una oveja de un año a Trebaruna[1] 

y un toro semental para Reve, Señor.

La inscripción fue publicada en 1959. En el Museo de Guarda se conserva un molde de escayola que la reproduce.

En Panoias,

La inscripción desaparecida, en latín, estaba 6/7 metros al este de la segunda inscripción, al lado derecho del camino por donde se entraba al área sagrada. El texto estaría orientado para la roca situada en la entrada del recinto y dice lo siguiente:

DIIS (loci) HVIVS HOSTIAE QVAE CA / DVNT HIC INMOLATVR / EXTRA INTRA QVADRATA / CONTRA CREMANTVR / SANGVIS LACICVLIS IVXTA / SVPERE FVNDITVR

“A los Dioses y Diosas de este recinto sagrado. Las víctimas se sacrifican, y se matan en este lugar. Las vísceras se queman en las cavidades cuadradas en frente. La sangre se vierte aquí al lado para las pequeñas cavidades. Lo estableció Gaius C. Calpurnius Rufinus, miembro del orden senatorial.”


Para la roca de la entrada, se sube por unos escalones, y antes de subir, a la izquierda, se encuentra la segunda inscripción:

DIIS CVM AEDE / ET LACV M. QVI / VOTO MISCETVR / G(neus) C(aius) CALP(urnius) RUFI / NVS V(ir) C(larissimus)


(la primera traducción es de António Rodríguez Colmenero, y la segunda de Geza Alföldy)

"A los dioses, con la aedes y el estanque, el pasaje subterráneo, que se junta por voto."

“G. C. Calpurnius Rufinus consagró dentro del templo (templo entendido como recinto sagrado), una aedes, un santuario, dedicado a los Dioses Severos.”


Quedan los vestigios de uno de los pequeños templos existentes en el recinto. Subiendo las escaleras y pasando al otro lado de la roca, se encuentra la tercera inscripción:

DIIS DEABVSQVE AE / TERNVM LACVM OMNI / BVSQVE NVMINIBVS / ET LAPITEARVM CVM HOC TEMPLO SACRAVIT / G(neus) C(aius) CALP(urnius) RVFINVS V(ir) C(larissimus) / IN QVO HOSTIAE VOTO CREMANTVR

"A todos los dioses y diosas, a todas las divinidades, especialmente a las de los Lapiteas, dedico este estanque eterno, con este templo, Gaius c. Calpurnius Rufinus, varón esclarecido, en el que se queman víctimas por voto."

“A los Dioses y Diosas y también a todas las divinidades de los Lapitaes, Gaius C. Calpurnius Rufinus, miembro del orden senatorial, consagró con este recinto sagrado para siempre una cavidad, en la cual se quemam las víctimas siguiendo el rito.”


Esta inscripción revela que el recinto está dedicado no solo a los Dioses Severos sino también a los dioses de los Lapitae, dioses de la comunidad indígena que existiría en la región. 

Delante tenemos la cuarta inscripción (en griego):

Y'l'ICTw CEPA PIDI CYN KANqA Pw KAY MYCTOPIOIC C. C. CALP. RVFINVS V|C.

"El esclarecido varón Caio Calpúrnio Rufino, hijo de Caio, consagró, junto con un estanque y los misterios, (un templo) al más alto dios Serápis."

“Al altísimo Serápis, con el Destino y los Misterios, G. C. Calpurnius Rufinus, claríssimo.”


La quinta inscripción indica el acto final:

DIIS SE(veris) MAN(ibus) DIIS IRA(tis) / DIIS DEABVSQVE (loca) / TIS (hic sacravit lacum et) / AEDEM (Gneus Caius Ca) LP (urnius Ru) FINVS (Clarissimus Vir)

"A los dioses infernales airados que aquí viven, (dedicó) Gaius c. Calpurnius Rufinus, varón esclarecido."

“A los dioses, G. C. Calpurnius Rufinus, claríssimo, con este (templo) ofrece también una cavidad para que se proceda a la mezcla.”

En este sitio, el iniciado se purificaba con sangre, manteca y aceite con lo que se había ensuciado.

.-.-.-.-.-

En conclusión, el legado de las peñas altar en Ávila es una invitación a descubrir un mundo remoto donde piedra y rito fueron fundamentales para configurar la identidad social y espiritual de los vetones, dejando en el paisaje una huella perdurable y fascinante para historiadores, arqueólogos y visitantes. Ese legado lo vemos incrementado con los dos elementos arqueológicos que hoy hemos presentado.

jueves, 7 de mayo de 2026

Dos peñas altar de Ávila

DOS PEÑAS ALTAR INÉDITAS DE ÁVILA

                           

Texto y fotos: Marciano Breña Galán, profesor de Historia (Enseñanza Secundaria)

 

La provincia de Ávila atesora un vasto patrimonio arqueológico vinculado a los pueblos prerromanos, especialmente vetones; en él se incluyen las peñas sacras, que son peñas asociadas a ritos o mitos ancestrales. Las más de 1.300 peñas sacras iden­tificadas en la Península Ibérica ofrecen una realidad compleja y, para simplificarla, se han clasificado en unos 24 tipos que conforman seis grandes grupos, según su función. Uno de esos grupos corresponde a los altares rupestres o peñas altar.

Con el precedente de las dos peñas altar de Navalterreros (Bonilla de la Sierra) más la de Hoyocasero, que se publicaron en Diario de Ávila durante 2010, vamos a presentar ahora otras dos en este mismo medio: una está en la Mesa de Miranda (Chamartín) y la otra, en Barajas (Navarredonda de Gredos). Si se repasan los trabajos de Fabián, J. F. (2010), Delgado Correia, M. J. (2015), Caballero, J. y Mariné, María (2021) y Almagro-Gorbea, M. (2022), así como, además, otros artículos centrados en concretas peñas altar, podemos concluir que se trata de dos peñas altar inéditas. Ambas presentan connotaciones simbólicas y pertenecen al tipo Lácara, lo que lleva a pensar en una mayor antigüedad que el altar de Ulaca; sus dataciones pueden corresponder al período que va de la Edad del Bronce a la Primera Edad del Hierro.

PEÑA ALTAR DE MESA DE MIRANDA

Situación

La peña altar de la Mesa de Miranda está situada dentro del conjunto del castro vetón allí existente, concretamente en el llamado primer castro, que debió de ser el lugar de la primera ocupación por sus habitantes. Oculta por el espeso arbolado, pasto y maleza, dista menos de diez metros de la alambrada actual, que sigue la línea de muralla por la cara este del castro. Dista también, en línea recta, 610 metros de la escultura de verraco conservada dentro del castro. Es decir, se sitúa en el área más alejada de las puertas de la muralla. Está cerca del extremo norte del espigón desde el que se puede contemplar la junta de los dos ríos que rodean el castro, el Matapeces y el Río Hondo. Desde lo alto de la peña se contempla en toda su amplitud la llanura de explotación agrícola y también con enormes manchas de encinas que se extiende al norte del castro de Miranda. Sus coordenadas son 40º 43’ 35.8961’’ N y 4º 56’ 47.4266’’ W.

Descripción

Es una peña natural de granito con forma tronco piramidal irregular, de cinco caras casi planas, con la parte de arriba también plana.

En la cara sureste, de 160 cm. de alto, hay una especie de semiescalera formada por tres entalladuras, o casi escalones. Las dos primeras están al mismo nivel y son trabajadas por el hombre y la tercera, más amplia, pudiera ser de formación natural. Un entalle más, el cuarto, muy pequeñito y a la izquierda, prácticamente era un agarradero de mano. Esta cara es la que mayor facilidad ofrece para acceder a la parte alta, pues está inclinada hacia el interior de la peña y sus entalles son los más fáciles de utilizar. Yendo en giro horario, la cara suroeste, algo triangular y con 180 cm. de altura, carece de entalle pues tiene una inclinación convexa, con su parte superior más afuera que la base. En la cara oeste, con 155 cm. de alto, hay tres entalles probablemente provocados por la mano del hombre.

En la cara norte, de 295 cm. de alto, hay cuatro entalles: uno, bajo, hacia la izquierda; otro, ascendiendo, más bien hacia el lado derecho, y el tercero, poco profundo y hecho por mano humana, por encima del anterior, ocupando la mitad derecha según miramos hacia la peña. Añadimos en el lado derecho muy abajo, a unos cuarenta centímetros del suelo, un entalle minúsculo que sería como un primer escalón para impulsar y poder alcanzar el que hemos señalado como segundo nivel. De esta manera, se podría también acceder por esta cara, pese a su altura. En la cara noreste también hay un entalle para subir, con lo que se accede a la parte de arriba casi por todos los lados.

En la parte de arriba hay una superficie plana en forma de triángulo, cuyos lados miden 120 cm., el sureste; 150 cm., el oeste, y 155 cm., el norte. Se detecta una pequeña cresta, de 95 cm. de largo, próxima al lado o borde sur. En el lado norte de la superficie tenemos un rebaje triangular, con 40 cm. en cada lado; este rebaje puede ser natural pero también impulsado por la mano del hombre.

Función

En la parte de arriba de la peña se procedería al sacrificio de algún animal o a la quema de productos agrícolas como dedicación u ofrenda a la divinidad. La pequeña cresta y el pequeño rebaje de arriba servirían para una mejor colocación del cuerpo del animal a sacrificar.

En la cara sureste, el entalle de la derecha del tercer nivel en su extremo, donde hace la peña un giro, presenta una explanación mayor que serviría como soporte de algún recipiente para recoger la sangre del animal.

En la esquina de la cara norte con la cara oeste hay un pequeño canal que viene de arriba y después de una pequeña protuberancia sigue para abajo con otro canal, probablemente natural, que vierte a una base, una pequeña ménsula, en donde se podría también situar algún recipiente donde recoger la sangre de la víctima. No se ve en los alrededores algún tipo de pileta, como sí se encuentran en otras peñas altar; esa ménsula con un recipiente haría las veces de pileta.

Éste debe ser uno de los puntos más antiguos de culto que hubiera en todo el emplazamiento. Es más, nos arriesgamos a decir que pudo ser incluso el inicio para que se ubicara, a su alrededor, un núcleo poblacional. Utilizado en tiempos anteriores a la época vetona, a él acudirían los habitantes repartidos en hábitats dispersos y poco a poco iría surgiendo un conjunto de viviendas. Esta concentración pudo iniciarse por la presencia allí de un cuerpo sacerdotal, que realmente existía y estaba encargado de cultos astrales referidos a Venus y a Orión, como han mostrado Baquedano y Escorza (1998, 2009), y que más tarde organizó el territorio funerario de la Osera, situado al otro lado del castro.

Aprovechamos para pedir a la Administración que facilite a los visitantes del castro la visita a esta peña altar, para lo cual se debe modificar el trazado del itinerario que está marcado con hitos metálicos.

PEÑA ALTAR DE BARAJAS

Situación

La peña altar de Barajas está al lado de la carretera AV-P-510, km. 17’8, antes de llegar al puerto de Cañada del Horno, a dos kilómetros y medio de la carretera AV-941. Dista 12 metros de la mediana de la carretera y desde ella, hacia el este, se divisa la cota de Peña Aguda. Sus coordenadas son 40º 22’ 55.4192’’ N y 5º 9’ 4.0928’’ W.

Descripción

La piedra base, que aflora en la superficie, tiene unos 9 metros de largo en sentido este-oeste y 5 metros de ancho, norte-sur. Sobre ella hay dos peñas, o bolos, desiguales y con una separación de entre 15 y 20 cm. La peña pequeña, al lado oeste, tiene una altura de 130 cm. por su cara sur y 115 cm. por su cara norte; su parte superior mide 170 cm. de largo, norte-sur, por 130 cm., este-oeste.

La peña grande presenta, en su cara norte, unas entalladuras insculpidas o estribos, a modo de escalera para subir. Desde la piedra base hay 60 centímetros hasta el inicio del primer estribo, el cual tiene unos 30 cm. de alto por 20 cm. de ancho máximo. El segundo estribo está inmediatamente situado encima, con un ancho máxima de 25 centímetros. Unos 40 cm. (medidos sobre la propia superficie inclinada) por encima del extremo superior de este segundo estribo aparece el borde de una pileta situada la parte de arriba. Tal cubeta, de forma ovoidal, mide 50 cm. por 40 cm. siendo el diámetro más largo es el que continúa la línea de los estribos.

La superficie de arriba, muy irregular, mide 280 cm. de largo, este-oeste, por 180 cm. de ancho, norte-sur. Detrás de la cubeta, según subimos, hay un pequeño vértice natural, con altura de 10 cm. sobre el borde de aquélla. De la piedra base a este vértice hay un desnivel de 2 metros; ésta es la altura de la peña grande. Si, subidos en la peña, miramos hacia el norte, a la izquierda en sentido noroeste de esta cubeta sale un pequeño surco, trabajado a mano, de 65 cm. de largo por 25 cm. de ancho.

A la derecha del vértice hay un pequeño hoyo troncocónico trabajado a mano, cuyos bordes tienen dos diámetros de 20 cm. y 17 cm. De este pequeño hoyo sale un pequeño surco hacia una segunda cubeta natural, no cerrada sino abierta, que está en el borde de la peña que mira hacia el este; sus diámetros son de 70 cm. (el longitudinal a la peña) y 40 cm.

Esta segunda cubeta está enmarcada en una superficie que tiene un reborde rectangular trabajado a mano en forma rectangular. La parte norte del reborde tiene dos lados en ángulo recto; el lado norte mide 40 cm. y el otro cateto, 55 cm. Tal ángulo recto del reborde sirve como agarradero a la hora de subir y poner los pies sobre los escalones.

Desde el borde de la segunda cubeta hasta la piedra base, por la cara este de la peña altar, hay un desnivel de 125 cm. En esta cara este, a 20 cm. por debajo de la segunda cubeta y ligeramente desviada hacia el norte, hay una tercera cubeta, con diámetros de 35 cm. y 30 cm.

Por dicho lado este, sobre la piedra base hay un surco de 2 metros de largo, paralelo a la peña que conduce a una pequeña cuenca de recepción, quizás generada de forma natural y con diámetros de 80 cm. por 65 cm. De ella sale un breve canalillo de drenaje, trabajado. Si nos retiramos unos pasos, la peña recuerda, en pareidolia, a una cabeza de felino.

Al norte de la peña altar, distante 10 metros, hay una piedra de 210 cm. en eje norte-sur por 120 cm. de ancho, que contiene dos cazoletas, separadas por 50 cm. La mayor tiene mide 20 cm. por 15 cm. La menor tiene un diámetro de 10 cm. en su borde más exterior, circular.

Función

Esta peña altar está junto al camino que los ganados y sus pastores usaban para ir desde el valle del Tormes al valle del Alberche. Cerca estaba el cruce con otro camino ganadero, el que va de Piedrahita al puerto del Pico, tras conectar con la vía de El Barco a Venta Rasquilla (a la altura de la iglesia de San Benito, sucesora quizás de otra peña altar). Es un lugar estratégico, a donde los rebaños trashumantes, acabada la temporada de nieves, llegaban con el solsticio de verano; este punto es apropiado para observar todo el trayecto del sol durante el día más largo del año, con las cumbres de Gredos al sur. Después, al llegar las primeras nieves, los ganaderos harían ahí ceremonias de despedida antes de marchar a tierras bajas.

El hoyo troncocónico debía ser el lugar a donde caía la sangre de la víctima antes de irse por uno de los surcos o donde se depositaba quizá el corazón del animal. La tercera cubeta, aunque probablemente natural, también podía ayudar a la recogida de líquidos o soportar algún recipiente. La pequeña cuenca de recepción de la piedra base en el lado este sería el punto donde los devotos tomarían con sus dedos sangre para purificarse, quizás a modo de esquemático taurobolio. Como los cultos mitraicos, el de aquí estaba relacionado con los astros, empezando por el Sol.

La presencia de cazoletas al lado de la peña altar nos habla de un espacio sagrado complejo. No era necesario que hubiera alrededor un castro o similar. Bastaba su situación estratégica en un cruce de vías pecuarias y la disposición de una amplia superficie despejada apta para una concentración masiva de devotos, tal como hoy las romerías ante una ermita en medio del campo.

Esta peña altar no está lejos de la de Hoyocasero, con la que puede estar relacionada. Ambos elementos están marcando terrenos de pastos unidos por un movimiento estacional del ganado, que se trataría no de trashumancia sino de transterminancia. El camino que iba al puerto de Pico sí llevaba a tierras más lejanas.

CONCLUSIÓN

La morfología de estas dos peñas corresponde con una función similar a la de diversas peñas altar encontradas tanto en la provincia de Ávila como en otras provincias, siempre en áreas de raigambre céltica. Hemos intentado no caer demasiado en el uso del condicional verbal, como es usual en estos casos, porque, aparte de representar un pensamiento débil, lo consideramos innecesario, una vez que ha quedado demostrada la función como lugar de sacrificios sagrados, tras los descubrimientos de la peña altar de Cabezo de las Fraguas y del santuario de Panoias.

En conclusión, el legado de las peñas altar en Ávila es una invitación a descubrir un mundo remoto donde piedra y rito fueron fundamentales para configurar la identidad social y espiritual de los vetones, dejando en el paisaje una huella perdurable y fascinante para historiadores, arqueólogos y visitantes. Ese legado lo vemos incrementado con los dos elementos arqueológicos que hoy hemos presentado.

sábado, 28 de febrero de 2026

Museo Arqueológico de Jerez: veinte piezas

 Propongo una “ruta corta”, con veinte piezas clave que cubren toda la secuencia histórica del Museo Arqueológico de Jerez, desde los primeros cazadores hasta la Edad Moderna.

1. Pico triédrico paleolítico

En la primera sala, busca el pico triédrico procedente de la Laguna de Medina, fechado en el Paleolítico Inferior (Achelense, aprox. 650.000‑400.000 años). Es una herramienta lítica de gran tamaño, tallada de forma muy simple, que probablemente usó un grupo de Homo erectus asentado en el entorno lagunar. Serviría tanto para excavar en busca de raíces y tubérculos como para rematar animales heridos atrapados en fosas o trampas. Al situarlo mentalmente en el paisaje de la campiña jerezana, ayuda a visualizar un territorio ocupado por pequeños grupos móviles, sin cerámica ni metal, dependientes de la caza y la recolección. Fíjate en la volumetría masiva y en la ausencia de un diseño estandarizado: estás literalmente ante uno de los gestos técnicos más antiguos documentados en la zona.

2. Vaso neolítico de decoración impresa

En el ámbito neolítico, detente ante el vaso de decoración impresa procedente de las Simas de la Veredilla (Benaocaz), hacia 3.500 a. C. Esta pieza te sitúa en el momento en que los grupos de cazadores-recolectores se convierten en comunidades campesinas sedentarias. La cerámica aparece como solución para almacenar excedentes agrícolas y para cocinar guisos más complejos, que enriquecen la dieta con papillas y preparados blandos. El vaso expuesto, con su superficie decorada mediante impresiones rítmicas, refleja tanto una función utilitaria como una incipiente preocupación estética. Observa el labio, el perfil y la regularidad del motivo decorativo, posible marcador identitario de grupo. El contexto funerario y de hábitat de estas cerámicas permite reconstruir aldeas dispersas de poca entidad, pero con fuertes vínculos simbólicos con el territorio serrano.

3. Ídolos cilindro oculados

En el Calcolítico, el museo destaca dos ídolos cilíndricos de caliza marmórea, procedentes del Cerro de las Vacas (Lebrija/Torrecera, III‑II milenio a. C.). Pertenecen al tipo “cilindro oculado”, muy característico del suroeste peninsular, y se consideran una de las primeras evidencias claras de espiritualidad compleja en la campiña jerezana. Sus superficies muestran ojos-soles, tatuajes faciales estilizados y largas cabelleras, motivos que se han relacionado con el culto a una Diosa Madre de ojos de lechuza, protectora de comunidades agrícolas y ganaderas. Repara en la delicadeza de la talla y en el tamaño relativamente grande respecto a otros ejemplares peninsulares. Imagina estos cilindros instalados en santuarios rurales o espacios rituales vinculados al ciclo agrario, quizá como intermediarios entre vivos y ancestros.

4. Máscara púnica

Entre las piezas protohistóricas, vemos la máscara púnica datada entre los siglos IV‑III a. C., uno de los objetos más sugerentes de la colección. Representa la penetración de elementos fenicio-púnicos en el área tartésico‑turdetana, vinculados a rituales y prácticas funerarias de fuerte carga simbólica. La máscara, probablemente de terracota, habría presidido ceremonias, protegido tumbas o formado parte de exvotos vinculados a divinidades orientales. Su estilo, con rasgos faciales esquemáticos pero expresivos, conecta con talleres del ámbito cartaginés y mediterráneo central. Al contemplarla, pensamos en un litoral gaditano densamente conectado por rutas marítimas, donde comerciantes e intermediarios trajeron no solo bienes y monedas, sino también iconografías, cultos y concepciones sobre la muerte y el más allá.

5. Casco griego corintio del Guadalete

Es la pieza estrella de la protohistoria: un casco griego corintio en bronce, hallado en el río Guadalete, fechado a inicios del siglo VII a. C. Se considera el yelmo griego más antiguo conservado en el Mediterráneo occidental y uno de los bronces helénicos más tempranos de la Península. Está realizado a partir de una sola lámina de bronce batida a martillo, con paredes de grosor uniforme, calota alta y vertical y una nasal hoy perdida. Las perforaciones y la ausencia de nariguera indican que fue inutilizado ritualmente antes de depositarse en el río, quizá como ofrenda votiva tras un viaje marítimo exitoso. Contemplarlo en Jerez permite visualizar los circuitos comerciales que, desde el Egeo, atravesaron el Estrecho para abastecer a las élites tartésicas de objetos prestigiosos, cargados de significados guerreros y aristocráticos.

6. Placa de cinturón de Haza de la Torre

Entre los materiales turdetanos y púnicos destaca una placa de cinturón de la necrópolis de Haza de la Torre (El Cuervo), una de las piezas emblemáticas del museo. Procede de un contexto funerario privilegiado, ligado a la élite indígena del valle bajo del Guadalquivir en época tardo‑tartésica o turdetana. El cinturón, elemento de fuerte carga simbólica en muchas culturas mediterráneas, marcaba estatus, género y rol social del portador. La decoración, probablemente incisa o repujada con motivos geométricos, refleja la hibridación entre repertorios locales y aportaciones orientalizantes. Contemplamos la pieza como emblema personal, visible sobre túnicas o mantos, que acompañó al difunto en su tumba, sellando su identidad dentro de una comunidad jerarquizada en pleno contacto con fenicios, cartagineses y griegos.

7. Busto-retrato romano de anciano

En el ámbito romano, el busto-retrato de anciano procedente de Mesas de Asta (segunda mitad del siglo I a. C.–inicios del I d. C.) es fundamental para entender la romanización local. Se trata de una cabeza de mármol de fuerte verismo, relacionada con la tradición republicana de las imagines maiorum, las mascarillas funerarias de cera conservadas en las casas aristocráticas. El escultor no suaviza arrugas ni flacidez de la carne: al contrario, subraya el paso del tiempo como signo de autoridad y experiencia. La base del cuello muestra el rebaje para encajar en un cuerpo estatuario, probablemente exhibido en un espacio doméstico o público de Hasta Regia. La calidad técnica sugiere una obra importada de comienzos de época augústea, prueba del acceso de las élites locales a talleres itálicos y de su voluntad de autorrepresentarse según modelos metropolitanos.

8. Retratos romanos de Mesas de Asta

Además del gran busto de anciano, el museo conserva otros retratos romanos procedentes de Mesas de Asta que ayudan a completar la galería de rostros de la comunidad. Son cabezas y bustos de mármol, de diverso grado de verismo, que abarcan cronologías altoimperiales y quizá bajoimperiales. Conforman un repertorio de fisonomías que nos hablan de modas capilares, símbolos de estatus y formas de apropiación local de los modelos escultóricos romanos. Podemos fijarnos en los peinados, en la perforación de orejas para pendientes o en el tratamiento de pupilas; permitirá establecer paralelos con retratos de otras ciudades béticas. Su concentración en Mesas de Asta refuerza la hipótesis de un núcleo urbano de gran entidad, hoy desaparecido, pero que en época romana articuló buena parte del territorio jerezano.

9. Cornisa visigoda con inscripción cristiana

En la sección tardoantigua, no te pierdas el fragmento de cornisa con inscripción procedente de Mesas de Asta (siglos VI‑VII), donde se lee (SIT PA)CI TUTAE TIBI X(PS): “Cristo sea para ti paz segura”. Probablemente formó parte de un epitafio en una tumba de inhumación cristiana, vinculada a un edificio religioso o a una necrópolis de época visigoda. Su cronología encaja con el proceso de consolidación del catolicismo en la Bética tras la conversión de Recaredo en 589, en un territorio que había estado dominado por visigodos arrianos. Fíjate en la forma de las letras, la abreviación del nombre de Cristo y la adaptación de fórmulas epigráficas romanas a contenidos cristianos. Es un testimonio clave de continuidad poblacional y de transformación ideológica entre el mundo romano tardío y el reino visigodo.

10. Broche de cinturón cruciforme

También de época visigoda procede el broche de cinturón cruciforme hallado en Las Pedreras (Jerez), una de las joyas metálicas más singulares del museo. Es de bronce, mide unos 8,4 cm de largo y presenta una compleja silueta en cruz con decoración de círculos concéntricos troquelados, relacionada con influencias mediterráneas y bizantinas. La placa se articula con una hebilla oval mediante charnela y conserva, en el reverso, tres apéndices perforados para fijarse al cinturón. Procede de un conjunto de dos cistas funerarias de lajas, con restos de dieciocho individuos, quizá un grupo familiar de alto rango. El broche actuaba como marcador de identidad y rango dentro de la comunidad visigoda local. Al observarlo, piensa en la convergencia de tradiciones germanas, tardorromanas y cristianas en un objeto cotidiano de gran carga simbólica.

11. Lámpara medieval de techo

En la sección medieval, destaca una lámpara de techo, probablemente de bronce o hierro forjado, que ilustra la iluminación de espacios religiosos o domésticos de época cristiana. Formaba parte de un sistema de suspensión mediante cadenas o ganchos, pensada para contener aceite y mechas que difundían una luz cálida y limitada en interiores de iglesias, hospitales o casas acomodadas. Su diseño, con brazos o recipientes distribuidos radialmente, responde a soluciones comunes en la Baja Edad Media europea, pero adaptadas a talleres locales. Fijarte en los detalles decorativos –crestas, pequeños motivos vegetales o geométricos– permite apreciar el diálogo entre funcionalidad y estética. La pieza sirve, además, para pensar el museo como un espacio sensorial: imagina el claroscuro, el olor a aceite quemado y la atmósfera devocional de los edificios que iluminó.

12. Ataifor califal del ciervo

En la vitrina de cerámica islámica, el ataifor califal con ciervo, procedente de la Plaza Belén (siglo X), es una obra maestra absoluta. Se trata de un gran plato vidriado en blanco con decoración en verde y manganeso, técnica de lujo ligada a los talleres palatinos de Madinat al‑Zahra. En el centro, un ciervo de perfil porta una rama en la boca, ejecutado con un realismo elegante que destaca sobre la orla de motivos vegetales y geométricos. Este tipo de piezas se vincula a banquetes y mesas aristocráticas, pero también tiene una dimensión propagandística, asociada al esplendor del califato cordobés. Contemplar el ataifor en Jerez permite situar el nacimiento de Šarīš como ciudad islámica dentro de una red de centros urbanos conectados política y culturalmente con Córdoba, a través de rutas terrestres y fluviales.

13. Botella califal con epigrafía

Relacionada con este mismo horizonte se encuentra la botella califal con inscripción, procedente de Mesas de Asta, destacada como parte de la vajilla de lujo del museo. Es un recipiente de cerámica vidriada, probablemente con decoración epigráfica en cúfico, donde se lee una fórmula de buenos deseos o bendición sobre el usuario o el contenido. Estas botellas combinan función práctica –contener líquidos valiosos, perfumes o jarabes– con una fuerte carga estética y textual. La presencia de epigrafía remite a la importancia de la palabra escrita en la cultura islámica, incluso en objetos cotidianos. Al observarla, se aprecia la estilización de las letras, su integración en bandas decorativas y el contraste cromático con el fondo vidriado. Es un testimonio de cómo el refinamiento cortesano cordobés alcanzó también enclaves del entorno jerezano.

14. Conjunto de ajuares almohades

En las vitrinas dedicadas a época almohade se expone un conjunto de ajuares domésticos que permite reconstruir la vida cotidiana de la Šarīš del siglo XII‑XIII. Incluye cerámicas de mesa con glaseados monocromos y bícromos, piezas de almacenamiento, candiles, elementos metálicos y, en algunos casos, objetos de adorno personal. Estos conjuntos proceden de viviendas y arrabales identificados en intervenciones arqueológicas de la ciudad histórica. Fíjate en la estandarización de formas, indicio de producción en talleres especializados, y en las marcas de uso –hollín, desgastes– que los humanizan. Este repertorio ayuda a visualizar una ciudad en expansión, conectada al comercio atlántico y sometida a transformaciones políticas profundas poco antes de la conquista cristiana. Cada pequeña vasija o utensilio remite a gestos cotidianos de cocina, higiene y sociabilidad.

15. Relieve inglés de la Resurrección

Ya en la Edad Media cristiana, sobresale un relieve inglés de alabastro, datado entre 1450 y 1470, que representa la Resurrección de Cristo. Probablemente formó parte de un retablo seriado, junto con otros paneles de dimensiones similares, importado desde talleres del centro de Inglaterra especializados en alabastros devocionales. La escena sigue la versión del Evangelio de Mateo, con centinelas junto al sepulcro, lo que la diferencia de otras iconografías más simplificadas. Observa la delicadeza del plegado de los paños, la gestualidad de las figuras y los restos de policromía, clave para imaginar su aspecto original. El hecho de que Jerez conserve hasta tres alabastros ingleses –uno en el museo, otro en Santiago y otro en el Espíritu Santo–, en un contexto andaluz donde apenas se documentan nueve piezas de este tipo, indica un comercio intenso con Inglaterra en el tardogótico.

16. Conjunto de vidrio gótico

En la misma cronología tardomedieval‑prerrenacentista, el museo alberga un singular conjunto de piezas de vidrio del siglo XV, considerado uno de sus fondos más peculiares. Se trata de vasos, copas y pequeños recipientes de paredes finas, quizá procedentes de contextos urbanos de prestigio, que ilustran la introducción de vidrio soplado de calidad en entornos laicos y eclesiásticos. La transparencia y fragilidad del material contrastan con la cerámica más común, señalando la pertenencia a mesas acomodadas. Se observan las posibles irregularidades de soplado, burbujas internas y decoraciones aplicadas en caliente, indicio de técnicas aún alejadas de la producción industrial moderna. Este conjunto permite intuir circuitos comerciales que conectan Jerez con talleres vidrieros mediterráneos, en un momento en que el consumo de vino y otros líquidos adquiere códigos formales más refinados.

17. Sitial del coro de Padres (Cartuja)

Entre las piezas modernas, el sitial del coro de Padres de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión (1547‑1552) es un hito del renacimiento jerezano. Procede de la sillería coral cartujana y fue donado a la ciudad por los monjes en 2001. Diseñado por Jerónimo de Valencia y Cristóbal Voisín, combina una estructura arquitectónica sobria con una riquísima decoración escultórica: grutescos, angelotes, alegorías y, en el respaldo, un relieve de Santa Marta con hisopo y tarasca o dragón. Es la pieza una síntesis del dominio del lenguaje clásico por parte de los artífices locales, que reinterpretan modelos italianos con gran soltura. El sitial habla del poder económico y simbólico de las órdenes monásticas en la Edad Moderna, cuyo mecenazgo artístico transformó iglesias y conventos de la ciudad.

18. Estampilla “Reino de León” sobre brocal de pozo

En el tránsito a la Edad Moderna, resulta muy interesante la estampilla con figura de león y la leyenda asociada al “reino de León”, incorporada en un brocal de pozo del siglo XV. Esta pieza evidencia la presencia de símbolos regios en la cultura material de uso cotidiano, vinculando instalaciones hidráulicas urbanas con la autoridad de la corona. El león rampante, fácilmente reconocible, actuaba como emblema visual de soberanía en un espacio de acceso público al agua. Reparemos en la técnica de ejecución de la estampilla, probablemente moldeada o tallada en relieve sobre la piedra, y en su emplazamiento sobre la estructura. Más allá de su interés heráldico, sirve para pensar la integración de Jerez en los circuitos políticos castellano‑leoneses y la progresiva construcción de una identidad urbana bajo nuevas lealtades dinásticas.

19. Cuenco de mármol prehistórico del Alcázar

Una pieza singular es un cuenco de mármol prehistórico, de caliza marmórea, hallado en el Alcázar de Jerez. Se inscribe en el horizonte de la Prehistoria reciente, probablemente Calcolítico o Edad del Bronce, y destaca por el cuidado vaciado de un bloque pétreo duro. Este tipo de recipientes, mucho más costosos que la cerámica común, se asocian a contextos de prestigio, quizá rituales o de banquete de élite. Observemos el pulido interior y exterior, en las posibles irregularidades de la forma y en los rastros de uso en el borde. El cuenco permite leer el Alcázar no solo como fortaleza islámica, sino como un espacio donde se superponen ocupaciones y prácticas de larga duración, desde comunidades prehistóricas hasta poderes medievales.

20. Selección numismática

Para cerrar la visita,veamos la selección numismática del museo, que recorre desde acuñaciones prerromanas hasta monedas del siglo XIX. Verás piezas ibéricas y turdetanas, emisiones romanas, visigodas, islámicas (dírhams, dinares) y modernas, procedentes del territorio jerezano. Cada moneda combina iconografía, leyenda y metal como documento histórico: retratos de emperadores, símbolos de ciudades, fórmulas religiosas y denominaciones en latín o árabe. Observa el paso del bronce y la plata al oro, los cambios de peso y la evolución del alfabeto, que condensan transformaciones políticas y económicas de gran calado. Esta colección sirve como epílogo perfecto: en pocas vitrinas se sintetiza la larga duración de Jerez, desde sus intercambios más arcaicos hasta su plena integración en los sistemas monetarios contemporáneos.