viernes, 2 de febrero de 2007

La estela de Ategua (con un elemento y alguna interpretación desapercibidos)

Presentación

En Santa Cruz (Córdoba), a unos veinte kilómetros al sur de la capital y del río Guadalquivir, está el Cortijo de Gamarrillas, inmediato al Cortijo de Teba, en cuyo ámbito se conservan las murallas de la antigua ciudad de Ategua.

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Los restos de la muralla de piedra y arcilla de época orientalizante (siglo VIII a.C.), junto con los restos del poblado al que protegía, que según López Palomo podría ser el mayor poblado tartésico de la Península Ibérica, indican que la zona estuvo ocupada entre los siglos IX y VI a.C., aunque también se han encontrado restos de un muro de época ibérica (del siglo IV a.C.). Todo ello está anejo al yacimiento romano de la Ategua en que residió César antes de la batalla de Munda.

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Allí se encontró en el año 1968 una estela de piedra caliza blanca grabada, publicada por Almagro y Bendala. Mide 163 x 78 x 34 cm. Por la forma más o menos regular del perfil izquierdo, puede pensarse que le falta un fragmento rectangular en el extremo superior, debido a algún golpe por mala manipulación (otra explicación no es probable).

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La estela de Ategua, de gran complejidad formal, es la más monumental de todas las noventa y dos estelas del Suroeste conocidas. Se data entre el Bronce Final y el comienzo del período Orientalizante (siglo X-VII aC). Puede considerarse que apareció contextualizada, cosa difícil de decir en la mayoría de las demás.

Presenta una rica decoración que contiene simbología relacionada con el mundo funerario del Egeo (tanto con los sarcófagos micénicos como con los vasos atenienses del periodo Geométrico).

Esa decoración nos lleva al ambiente de lamentaciones funerarias que en los capítulos finales de la Ilíada narra Homero. Indica unos contactos griegos con el sur de nuestra Península mucho antes del Tartessos Orientalizante.

Detalles

En la estela de Ategua la decoración está presidida por la representación de un guerrero heroizado, que sobresale por su gran tamaño. Lleva coraza (o cota de malla, o túnica bordada), indicada con una decoración geométrica sobre su tronco, lo que no es lo normal en este tipo de estelas. Este personaje está tratado de manera que por su estatismo da la impresión de persona sin vida.

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A su lado, y a modo de ajuar funerario, hay varias armas; a la derecha, un escudo con superficie cubierta de líneas verticales que representan el recubrimiento o la decoración del mismo (no parece que tenga escotadura en V, como la mayoría de los escudos de estelas).

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Recuerda mucho al escudo de la estela de guerrero de Torrejón el Rubio, también sin escotadura aunque con las líneas horizontales.

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A la izquierda hay una lanza (que Almagro sugiere podría ser arco) y una espada (de modelo frecuente en la época) así como un espejo (Almagro otra vez sugiere que puede ser una navaja de afeitar de las usadas entonces) y un peine rectangular.

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Encima del escudo hay un elemento que hasta ahora ha pasado desapercibido. Se trata de un puñal, con forma similar a la espada pero de menor tamaño.

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En silueta se percibe mejor.

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Estos objetos se salen, por su forma, de lo corrientemente representado en este tipo de piezas.

Además, existe una línea que hasta ahora nadie ha referido y que, adoptando forma quebrada, va desde el hombro izquierdo (según el espectador) hasta por encima de la cabeza, luego baja por la derecha del espectador, cruzando el puñal que acabamos de citar, y a la altura de la punta de éste termina. El significado de esta línea probablemente tenga que ver con el afán de remarcar al personaje, de resaltar su categoría, quizás con un aire de glorificación después de muerto, con una forma ascendente, elevándose desde el suelo.

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Es tipo de trazo no es algo insólito en las estelas. En la de Setefilla podemos ver cómo en la parte superior de la pieza aparecen dos pequeños ángulos paralelos con el vértice apuntando hacia arriba.

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En la estela de Burguillos también hay un ángulo con igual orientación. El significado de estos trazos probablemente era el mismo en todas las estelas.

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Incluso en algunas falta ese ángulo pero lo sustituye la misma forma de la piedra, terminada en vértice en su parte superior, como es el caso de la estela de El Coronil, aunque no sabemos si era al revés, es decir que lo original fuera la estela puntiaguda y lo sustitutivo, el trazo angular, ante la dificultad de tallar en pico una piedra.

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Lo que distingue, sin embargo, a la pieza cordobesa son algunos motivos menos frecuentes, como la presencia de otras varias representaciones animales y humanas, de menores dimensiones que la figura principal.

Así, debajo del gran guerrero y de su panoplia se ve una escena de próthesis o exposición pública: a los pies de la figura principal, un personaje tendido (fallecido) yace sobre un lecho o pira funeraria, en forma de rectángulo reticulado

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mientras que otro personaje, a su izquierda, adopta (según Almagro) una postura de lamentación levantando el brazo izquierdo y colocando la mano sobre su cabeza

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aunque, según se mire, puede parecer que los dos brazos caen hacia abajo, porque el trazo tomado como antebrazo puede ser sólo una grieta natural de la piedra.

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El detalle importa porque si es lo primero tenemos una representación de una acción (el lamento) con lo que se compone una escena, poniendo esta estela en línea con otras (por ejemplo, una de El Viso),

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pero si los dos brazos caen hacia abajo tenemos una reprentación hierática, similar a la figura grande, no llorante, y en ese caso ¿qué representa: un niño, un familiar, un deudo?. Incluso, puede parecer que hay una línea que rodea por completo a forma de mandorla;

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¿tiene un significado propio esa almendra?, ¿es el alma del difunto?

También hay dos animales cuadrúpedos, cuyo destino debe ser el sacrificio en honor del fallecido. En contra de quien los considera caballos, opino que son posiblemente toros o carneros, en atención a la situación del bálano, impropia de équidos.

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Otra interpretación de la figura humana pequeña, si no es llorante, es que puede representar a alguien también destinado al sacrificio (al igual que los dos animales anteriores).

Más abajo se ve un tercer personaje, posiblemente desnudo y con cabeza aureolada (o quizás haciendo con una mano un saludo de despedida); es el difunto que inicia el viaje al Más Allá. Su mano derecha descansa sobre un carro que está a su altura y al que se apresta a subir.

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El carro, de frente curvo, está dibujado a vista de pájaro y a él se uncen dos caballos, tan esquemáticos que el cuello y la cola se representan igual; tal postura y la posible apariencia abatida no indican que fueran al sacrificio.

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Se trata de un carro con lanza fija y dos ruedas de cuatro radios; en esto se asemeja a las demás estelas pues de diecisiete con carros sólo una (la de Solana) presenta cuatro ruedas. Así se sugiere la influencia del Egeo, en donde eran frecuentes las bigas (en tanto que en las culturas indoeuropeas los carros tenían cuatro ruedas).

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Según Quesada (para los celtíberos, FQS, me parece), durante los siglos VII-VI a.C. no conocemos representaciones de carros, lo que ayuda a datar las estelas que los presentan.

Bajo el vehículo, a ambos lados de una de las ruedas, se encuentran dos grupos de personas, uno de cuatro y otro de tres, cogidas de las manos; bailan una danza funeraria. La principal peculiaridad es que las cuatro de la izquierda se ha dicho que tienen someramente señalados ojos y nariz, rasgos ausentes en las demás figuras humanas. Atendiendo a la diferencia de tamaño de las cabezas representadas en uno y otro grupo, me atrevo a sugerir que lo que se quiere indicar es que esas cuatro figuras son femeninas, con tocados a la manera de las diademas que aparecen (con carácter protagonista) en otras estelas; las tres del otro grupo pueden ser hombres, lo cual se puede inferir por otro detalle diferenciador, cual es su mayor tamaño corporal frente al de las figuras diademadas. Es decir, en las danzas fúnebres los grupos se diferenciaban por sexos. La razón de que en el grupo de hombres haya una figura menos puede ser que justamente falta el fallecido.

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Conclusiones

En conjunto, se presenta un ceremonial funerario (quema de la pira, sacrificios, danzas) que hace casi tres mil años se ejecutó en honor de un personaje con prestigio dentro de una comunidad jerarquizada en Ategua. Ello obliga a considerar a esta pieza como un elemento funerario, en consonancia con la primera estela descubierta (la de Solana) en la interpretación que acertadamente le dio su descubridor (Roso).

Su contextualización en un yacimiento claramente tartésico desmiente la tesis de que las estelas sólo se dan en ámbitos peritartésicos. Así queda contrariada la opionión de que Roso se equivocó al calificar a su pieza como elemento tartésico.

Por último, su ubicación al sur del río Guadalquivir amplió significativamente en su momento el ámbito territorial de las estelas, que se consideraron en un principio como extremeñas (de Cáceres y Badajoz) y luego del Suroeste (incluyendo Portugal), pero siempre como situadas al norte del área tartésica; hoy conocemos ya estelas incluso en la provincia de Málaga, sin contar las de Sevilla, añadidas a las de Toledo y Ciudad Real.











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viernes, 26 de enero de 2007

Con Jesuli de Torrecera

Ayer estuve otra vez en el Hotel Los Jándalos, en la grabación pública del programa taurino "Puerta Grande", que dirige Manolo Sotelino, de COPE Jerez.

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domingo, 14 de enero de 2007

En la Sierra de Albarracín

Ayer, sábado, estuve en la Sierra de Albarracín (El Bosque). Fui con dos compañeros del departamento de Sociales del Instituto y con otros del "Xeritium".

Nos citamos en la rotonda del Caballo de Troya para salir de Jerez a las nueve en punto. Todos habíamos desayunado en casa y por eso decidimos no parar en el camino hasta llegar a la portada del Cortijo de Albarracinejo, que se encuentra pasado Benamahoma, en la última de las curvas del inicio de la subida al Puerto del Boyar, a la derecha de la carretera. Yo consideraba mejor subir por la cara sur, más suave, que además nos permitiría ver la pequeña necrópolis visigoda del Tesorillo, pero no era excesivo aliciente para algunos.

En la finca de la derecha hay una cabreriza con unas doscientas cabras de raza payoya. Se protegen del relente bajo un enorme árbol. El pastor está en la tarea del ordeño matinal y carga las cántaras de leche en una furgoneta.

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Tras la cancilla, el camino enseguida empieza a ascender. Pasamos por el cortijo a donde fui una vez para que me regalaran una cría de perro de aguas o turco-andaluz; se encuentra en un rellano de la ladera de la montaña, a unos quince minutos de marcha desde el comienzo, y su estado es de ruina por el abandono (acabará cayendo al suelo).

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Al lado de la casa nos acercamos a ver el pozo, de brocal grande.

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Había un almendro alto y de tronco grueso que estaba cuajado de flores pero sin una hoja; es lo propio de los almendros en enero, aunque este año con cierto adelanto, por el poco frío del invierno que tenemos. Un poco más adelante nos cruzamos con las vacas que pastan en la finca ocupando el lugar de las cabras que había cuando yo estuve.

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Son vacas berrendas, con un toro ensabanado capirotado.

Un poco más adelante la senda de ascenso se pierde y cada uno debe proseguir por donde pueda; la pendiente llega a ser muy pronunciada y durante un tramo cuesta trabajo subir.

A punto de llegar a la cumbre me fotografié con los dos compañeros del "Alvar Núñez", María Jesús y Manolo.

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Al hacer cumbre la vista que desde allí se tiene compensa el esfuerzo realizado para subir. Se ven varios pueblos de la provincia: Benamahoma bajo los pies, El Bosque a tiro de piedra, Villamartín detrás del castillo de Matrera, Bornos, Benaocaz. Nos fijamos en el Cerro de Hortales, sobre cuya cima están las ruinas de Iptuci, en el pantano del Charco de los Hurones, en la zona de vegas, pero sobre todo en las montañas que nos rodeaban.

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Teníamos de un solo golpe de vista a nuestro alrededor el Labradillo, la sierra de Zafalgar, la del Pinar,
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la del Endrinal,

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la del Navazo, la de la Silla... y más a lo lejos, mirando al sur, la del Aljibe, la de las Cabras y la de la Sal (o del Azahar). Estábamos a unos novecientos ochenta metros sobre el nivel del mar.

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Posamos para la posteridad alrededor del vértice geodésico, que se encuentra en pésimo estado de conservación.

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Me acordé de Ibáñez de Ibero y de su sistema de triangulación para catastrar; el primer vértice que puso fue el del Mulhacén. Se lo comenté a Ángel porque con él fui, en mi última salida montañera, precisamente al Mulhacén, donde se había matado quince días antes Salazar, el mejor montañero de Jerez y padre de una alumna del "Alvar Núñez".

Después de descansar lo suficiente fuimos, en cosa de veinte minutos, a la segunda cumbre, donde comimos.

La bajada la hicimos por el mismo sitio que la subida y debido a la fuerte pendiente en algunos tramos más de uno sufrió resbalones y caídas al suelo.

Nos paramos en el almendro cuajado de flores para echarle fotos; Miguel se aprovechó de la belleza de las ramas para hacer todo tipo de enfoques.

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Recogí en la cámara la casa donde estaba la familia que me regaló la "Turquita".

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Enfrente, a unos ciento cincuenta metros se halla el cobertizo donde estaba la cachorrita cuando llegué a buscarla hace años.

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Más abajo nos paramos junto a una gran madroñera repleta de madroños rojos, ahora que es la época de ellos.

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Los probamos; para algunos de los excursionistas era la primera vez que los comían.

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Llegamos a los coches sobre las cuatro y media de la tarde. Un café con larga charla en una terraza de Benamohoma cerró la excursión antes de emprender la vuelta a Jerez, no sin parar en El Bosque para que algunos compraran queso serrano.

jueves, 11 de enero de 2007

Gabriel y Galán

En Cáceres.

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El mayor altar visigodo

Hace dos veranos fui de excursión a Santa Cruz de Paniagua (Cáceres) desde un pueblo próximo, en donde estaba veraneando unos días. En el trayecto pasé muy cerca de la Sierra de Dios Padre, que es una elevación aislada pero a la vez constituye una estribación de la Sierra de Gata, unidad más amplia dentro de la Cordillera Carpetovetónica.















Me paseé por el pueblo, subí a la inmediata ermita de Dios Padre, que está en un cerro con olivos que pudo haber sido perfectamente un castro prerromano. Se nota inmediatamente que es un lugar con potencia arqueológica; pueden encontrarse algunos restos de escorias, que nos traen remembranzas de las riqueza mineras que por la zona de la Sierra de Gata había desde la Prehistoria.

Hay que tener en cuenta que existen dos ermitas dedicadas de Dios Padre casi en el mismo sitio: una es ésta, a tiro de piedra de la plaza de Santa Cruz de Paniagua, y otra es la situada en la cumbre de la Sierra de Dios Padre. El motivo creo que es la falta de acuerdo entre los vecinos del pueblo y los de Villanueva de la Sierra, villa situada en el otro lado de la sierra; compartían durante siglos la ermita cumbreña hasta que se arruinó y, al encargarse recíprocamente la obligación de reconstrucción, los santacruceños optaron por rehabilitar una ermita inmediata, abandonada, para alojar una imagen nueva a la que dirigir sus romerías, renunciando a subir a lo alto de la sierra.

Volví a la plaza y quise entrar en la iglesia; como estaba cerrada pregunté a unos chavales por la casa del cura y me indicaron cuál era. Al llegar a ella, toqué el tiembre y mientras esperaba que me abrieran reparé en que estaba sobre un umbral un poco especial; me bajé de él y me di inmediatamente cuenta de que era una piedra de mámol. Cuál sería mi sorpresa cuando vi que tenía decoración por los bordes; me fijé con detenimiento y comprobé que eran motivos vegetales de estilo visigodo. No daba crédito a mis ojos. Además la piedra era un buen ejemplar y no estaba en malas condiciones. En esto salió una mujer que allí vivía y me dijo que en el pueblo no había cura; venía el de Ahigal a decir misa y ella estaba en esa casa de arriendo. Bueno, me volví hacia el coche y continué la excursión hacia otro pueblo próximo.

Me acerqué a la casa del cura y comprobé que ya habían quitado del umbral la piedra que buscaba.

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Tal como está apoyada en la pared, se ve el lateral superior decorado, de esta forma:

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En esa cinta hay alguna palmeta de gran perfección, como lo que está a la derecha de la flor cuatripétala:

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Por abajo se ve, si nos inclinamos, el lateral inferior, decorado también:

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El lateral izquierdo también está decorado:

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En el centro de la decoración del lateral izquierdo aparece una flor cuatripétala:

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Al despegar la piedra de la pared, se ve que el haz del altar tiene un receptáculo rectangular para acoger el ara:

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En la cara frontal, más o menos en el centro, se ve una pequeña oquedad, resultado de algún golpe, posiblemente fortuito, dado con algún pico de hierro:

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El borde inferior presenta erosiones recientes, resultado de las labores de despegue del sitio que ocupaba como umbral:

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Asimismo, ese borde presenta dos muescas antiguas, producto de golpes en manipulación poco cuidadosa:

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El altar visigodo de Córdoba, aunque está sobre un bello tenante decorado de 1 metro de alto, es más pequeño y carece de decoración.

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