sábado, 28 de febrero de 2026

Museo Arqueológico de Jerez: veinte piezas

 Propongo una “ruta corta”, con veinte piezas clave que cubren toda la secuencia histórica del Museo Arqueológico de Jerez, desde los primeros cazadores hasta la Edad Moderna.

1. Pico triédrico paleolítico

En la primera sala, busca el pico triédrico procedente de la Laguna de Medina, fechado en el Paleolítico Inferior (Achelense, aprox. 650.000‑400.000 años). Es una herramienta lítica de gran tamaño, tallada de forma muy simple, que probablemente usó un grupo de Homo erectus asentado en el entorno lagunar. Serviría tanto para excavar en busca de raíces y tubérculos como para rematar animales heridos atrapados en fosas o trampas. Al situarlo mentalmente en el paisaje de la campiña jerezana, ayuda a visualizar un territorio ocupado por pequeños grupos móviles, sin cerámica ni metal, dependientes de la caza y la recolección. Fíjate en la volumetría masiva y en la ausencia de un diseño estandarizado: estás literalmente ante uno de los gestos técnicos más antiguos documentados en la zona.

2. Vaso neolítico de decoración impresa

En el ámbito neolítico, detente ante el vaso de decoración impresa procedente de las Simas de la Veredilla (Benaocaz), hacia 3.500 a. C. Esta pieza te sitúa en el momento en que los grupos de cazadores-recolectores se convierten en comunidades campesinas sedentarias. La cerámica aparece como solución para almacenar excedentes agrícolas y para cocinar guisos más complejos, que enriquecen la dieta con papillas y preparados blandos. El vaso expuesto, con su superficie decorada mediante impresiones rítmicas, refleja tanto una función utilitaria como una incipiente preocupación estética. Observa el labio, el perfil y la regularidad del motivo decorativo, posible marcador identitario de grupo. El contexto funerario y de hábitat de estas cerámicas permite reconstruir aldeas dispersas de poca entidad, pero con fuertes vínculos simbólicos con el territorio serrano.

3. Ídolos cilindro oculados

En el Calcolítico, el museo destaca dos ídolos cilíndricos de caliza marmórea, procedentes del Cerro de las Vacas (Lebrija/Torrecera, III‑II milenio a. C.). Pertenecen al tipo “cilindro oculado”, muy característico del suroeste peninsular, y se consideran una de las primeras evidencias claras de espiritualidad compleja en la campiña jerezana. Sus superficies muestran ojos-soles, tatuajes faciales estilizados y largas cabelleras, motivos que se han relacionado con el culto a una Diosa Madre de ojos de lechuza, protectora de comunidades agrícolas y ganaderas. Repara en la delicadeza de la talla y en el tamaño relativamente grande respecto a otros ejemplares peninsulares. Imagina estos cilindros instalados en santuarios rurales o espacios rituales vinculados al ciclo agrario, quizá como intermediarios entre vivos y ancestros.

4. Máscara púnica

Entre las piezas protohistóricas, vemos la máscara púnica datada entre los siglos IV‑III a. C., uno de los objetos más sugerentes de la colección. Representa la penetración de elementos fenicio-púnicos en el área tartésico‑turdetana, vinculados a rituales y prácticas funerarias de fuerte carga simbólica. La máscara, probablemente de terracota, habría presidido ceremonias, protegido tumbas o formado parte de exvotos vinculados a divinidades orientales. Su estilo, con rasgos faciales esquemáticos pero expresivos, conecta con talleres del ámbito cartaginés y mediterráneo central. Al contemplarla, pensamos en un litoral gaditano densamente conectado por rutas marítimas, donde comerciantes e intermediarios trajeron no solo bienes y monedas, sino también iconografías, cultos y concepciones sobre la muerte y el más allá.

5. Casco griego corintio del Guadalete

Es la pieza estrella de la protohistoria: un casco griego corintio en bronce, hallado en el río Guadalete, fechado a inicios del siglo VII a. C. Se considera el yelmo griego más antiguo conservado en el Mediterráneo occidental y uno de los bronces helénicos más tempranos de la Península. Está realizado a partir de una sola lámina de bronce batida a martillo, con paredes de grosor uniforme, calota alta y vertical y una nasal hoy perdida. Las perforaciones y la ausencia de nariguera indican que fue inutilizado ritualmente antes de depositarse en el río, quizá como ofrenda votiva tras un viaje marítimo exitoso. Contemplarlo en Jerez permite visualizar los circuitos comerciales que, desde el Egeo, atravesaron el Estrecho para abastecer a las élites tartésicas de objetos prestigiosos, cargados de significados guerreros y aristocráticos.

6. Placa de cinturón de Haza de la Torre

Entre los materiales turdetanos y púnicos destaca una placa de cinturón de la necrópolis de Haza de la Torre (El Cuervo), una de las piezas emblemáticas del museo. Procede de un contexto funerario privilegiado, ligado a la élite indígena del valle bajo del Guadalquivir en época tardo‑tartésica o turdetana. El cinturón, elemento de fuerte carga simbólica en muchas culturas mediterráneas, marcaba estatus, género y rol social del portador. La decoración, probablemente incisa o repujada con motivos geométricos, refleja la hibridación entre repertorios locales y aportaciones orientalizantes. Contemplamos la pieza como emblema personal, visible sobre túnicas o mantos, que acompañó al difunto en su tumba, sellando su identidad dentro de una comunidad jerarquizada en pleno contacto con fenicios, cartagineses y griegos.

7. Busto-retrato romano de anciano

En el ámbito romano, el busto-retrato de anciano procedente de Mesas de Asta (segunda mitad del siglo I a. C.–inicios del I d. C.) es fundamental para entender la romanización local. Se trata de una cabeza de mármol de fuerte verismo, relacionada con la tradición republicana de las imagines maiorum, las mascarillas funerarias de cera conservadas en las casas aristocráticas. El escultor no suaviza arrugas ni flacidez de la carne: al contrario, subraya el paso del tiempo como signo de autoridad y experiencia. La base del cuello muestra el rebaje para encajar en un cuerpo estatuario, probablemente exhibido en un espacio doméstico o público de Hasta Regia. La calidad técnica sugiere una obra importada de comienzos de época augústea, prueba del acceso de las élites locales a talleres itálicos y de su voluntad de autorrepresentarse según modelos metropolitanos.

8. Retratos romanos de Mesas de Asta

Además del gran busto de anciano, el museo conserva otros retratos romanos procedentes de Mesas de Asta que ayudan a completar la galería de rostros de la comunidad. Son cabezas y bustos de mármol, de diverso grado de verismo, que abarcan cronologías altoimperiales y quizá bajoimperiales. Conforman un repertorio de fisonomías que nos hablan de modas capilares, símbolos de estatus y formas de apropiación local de los modelos escultóricos romanos. Podemos fijarnos en los peinados, en la perforación de orejas para pendientes o en el tratamiento de pupilas; permitirá establecer paralelos con retratos de otras ciudades béticas. Su concentración en Mesas de Asta refuerza la hipótesis de un núcleo urbano de gran entidad, hoy desaparecido, pero que en época romana articuló buena parte del territorio jerezano.

9. Cornisa visigoda con inscripción cristiana

En la sección tardoantigua, no te pierdas el fragmento de cornisa con inscripción procedente de Mesas de Asta (siglos VI‑VII), donde se lee (SIT PA)CI TUTAE TIBI X(PS): “Cristo sea para ti paz segura”. Probablemente formó parte de un epitafio en una tumba de inhumación cristiana, vinculada a un edificio religioso o a una necrópolis de época visigoda. Su cronología encaja con el proceso de consolidación del catolicismo en la Bética tras la conversión de Recaredo en 589, en un territorio que había estado dominado por visigodos arrianos. Fíjate en la forma de las letras, la abreviación del nombre de Cristo y la adaptación de fórmulas epigráficas romanas a contenidos cristianos. Es un testimonio clave de continuidad poblacional y de transformación ideológica entre el mundo romano tardío y el reino visigodo.

10. Broche de cinturón cruciforme

También de época visigoda procede el broche de cinturón cruciforme hallado en Las Pedreras (Jerez), una de las joyas metálicas más singulares del museo. Es de bronce, mide unos 8,4 cm de largo y presenta una compleja silueta en cruz con decoración de círculos concéntricos troquelados, relacionada con influencias mediterráneas y bizantinas. La placa se articula con una hebilla oval mediante charnela y conserva, en el reverso, tres apéndices perforados para fijarse al cinturón. Procede de un conjunto de dos cistas funerarias de lajas, con restos de dieciocho individuos, quizá un grupo familiar de alto rango. El broche actuaba como marcador de identidad y rango dentro de la comunidad visigoda local. Al observarlo, piensa en la convergencia de tradiciones germanas, tardorromanas y cristianas en un objeto cotidiano de gran carga simbólica.

11. Lámpara medieval de techo

En la sección medieval, destaca una lámpara de techo, probablemente de bronce o hierro forjado, que ilustra la iluminación de espacios religiosos o domésticos de época cristiana. Formaba parte de un sistema de suspensión mediante cadenas o ganchos, pensada para contener aceite y mechas que difundían una luz cálida y limitada en interiores de iglesias, hospitales o casas acomodadas. Su diseño, con brazos o recipientes distribuidos radialmente, responde a soluciones comunes en la Baja Edad Media europea, pero adaptadas a talleres locales. Fijarte en los detalles decorativos –crestas, pequeños motivos vegetales o geométricos– permite apreciar el diálogo entre funcionalidad y estética. La pieza sirve, además, para pensar el museo como un espacio sensorial: imagina el claroscuro, el olor a aceite quemado y la atmósfera devocional de los edificios que iluminó.

12. Ataifor califal del ciervo

En la vitrina de cerámica islámica, el ataifor califal con ciervo, procedente de la Plaza Belén (siglo X), es una obra maestra absoluta. Se trata de un gran plato vidriado en blanco con decoración en verde y manganeso, técnica de lujo ligada a los talleres palatinos de Madinat al‑Zahra. En el centro, un ciervo de perfil porta una rama en la boca, ejecutado con un realismo elegante que destaca sobre la orla de motivos vegetales y geométricos. Este tipo de piezas se vincula a banquetes y mesas aristocráticas, pero también tiene una dimensión propagandística, asociada al esplendor del califato cordobés. Contemplar el ataifor en Jerez permite situar el nacimiento de Šarīš como ciudad islámica dentro de una red de centros urbanos conectados política y culturalmente con Córdoba, a través de rutas terrestres y fluviales.

13. Botella califal con epigrafía

Relacionada con este mismo horizonte se encuentra la botella califal con inscripción, procedente de Mesas de Asta, destacada como parte de la vajilla de lujo del museo. Es un recipiente de cerámica vidriada, probablemente con decoración epigráfica en cúfico, donde se lee una fórmula de buenos deseos o bendición sobre el usuario o el contenido. Estas botellas combinan función práctica –contener líquidos valiosos, perfumes o jarabes– con una fuerte carga estética y textual. La presencia de epigrafía remite a la importancia de la palabra escrita en la cultura islámica, incluso en objetos cotidianos. Al observarla, se aprecia la estilización de las letras, su integración en bandas decorativas y el contraste cromático con el fondo vidriado. Es un testimonio de cómo el refinamiento cortesano cordobés alcanzó también enclaves del entorno jerezano.

14. Conjunto de ajuares almohades

En las vitrinas dedicadas a época almohade se expone un conjunto de ajuares domésticos que permite reconstruir la vida cotidiana de la Šarīš del siglo XII‑XIII. Incluye cerámicas de mesa con glaseados monocromos y bícromos, piezas de almacenamiento, candiles, elementos metálicos y, en algunos casos, objetos de adorno personal. Estos conjuntos proceden de viviendas y arrabales identificados en intervenciones arqueológicas de la ciudad histórica. Fíjate en la estandarización de formas, indicio de producción en talleres especializados, y en las marcas de uso –hollín, desgastes– que los humanizan. Este repertorio ayuda a visualizar una ciudad en expansión, conectada al comercio atlántico y sometida a transformaciones políticas profundas poco antes de la conquista cristiana. Cada pequeña vasija o utensilio remite a gestos cotidianos de cocina, higiene y sociabilidad.

15. Relieve inglés de la Resurrección

Ya en la Edad Media cristiana, sobresale un relieve inglés de alabastro, datado entre 1450 y 1470, que representa la Resurrección de Cristo. Probablemente formó parte de un retablo seriado, junto con otros paneles de dimensiones similares, importado desde talleres del centro de Inglaterra especializados en alabastros devocionales. La escena sigue la versión del Evangelio de Mateo, con centinelas junto al sepulcro, lo que la diferencia de otras iconografías más simplificadas. Observa la delicadeza del plegado de los paños, la gestualidad de las figuras y los restos de policromía, clave para imaginar su aspecto original. El hecho de que Jerez conserve hasta tres alabastros ingleses –uno en el museo, otro en Santiago y otro en el Espíritu Santo–, en un contexto andaluz donde apenas se documentan nueve piezas de este tipo, indica un comercio intenso con Inglaterra en el tardogótico.

16. Conjunto de vidrio gótico

En la misma cronología tardomedieval‑prerrenacentista, el museo alberga un singular conjunto de piezas de vidrio del siglo XV, considerado uno de sus fondos más peculiares. Se trata de vasos, copas y pequeños recipientes de paredes finas, quizá procedentes de contextos urbanos de prestigio, que ilustran la introducción de vidrio soplado de calidad en entornos laicos y eclesiásticos. La transparencia y fragilidad del material contrastan con la cerámica más común, señalando la pertenencia a mesas acomodadas. Se observan las posibles irregularidades de soplado, burbujas internas y decoraciones aplicadas en caliente, indicio de técnicas aún alejadas de la producción industrial moderna. Este conjunto permite intuir circuitos comerciales que conectan Jerez con talleres vidrieros mediterráneos, en un momento en que el consumo de vino y otros líquidos adquiere códigos formales más refinados.

17. Sitial del coro de Padres (Cartuja)

Entre las piezas modernas, el sitial del coro de Padres de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión (1547‑1552) es un hito del renacimiento jerezano. Procede de la sillería coral cartujana y fue donado a la ciudad por los monjes en 2001. Diseñado por Jerónimo de Valencia y Cristóbal Voisín, combina una estructura arquitectónica sobria con una riquísima decoración escultórica: grutescos, angelotes, alegorías y, en el respaldo, un relieve de Santa Marta con hisopo y tarasca o dragón. Es la pieza una síntesis del dominio del lenguaje clásico por parte de los artífices locales, que reinterpretan modelos italianos con gran soltura. El sitial habla del poder económico y simbólico de las órdenes monásticas en la Edad Moderna, cuyo mecenazgo artístico transformó iglesias y conventos de la ciudad.

18. Estampilla “Reino de León” sobre brocal de pozo

En el tránsito a la Edad Moderna, resulta muy interesante la estampilla con figura de león y la leyenda asociada al “reino de León”, incorporada en un brocal de pozo del siglo XV. Esta pieza evidencia la presencia de símbolos regios en la cultura material de uso cotidiano, vinculando instalaciones hidráulicas urbanas con la autoridad de la corona. El león rampante, fácilmente reconocible, actuaba como emblema visual de soberanía en un espacio de acceso público al agua. Reparemos en la técnica de ejecución de la estampilla, probablemente moldeada o tallada en relieve sobre la piedra, y en su emplazamiento sobre la estructura. Más allá de su interés heráldico, sirve para pensar la integración de Jerez en los circuitos políticos castellano‑leoneses y la progresiva construcción de una identidad urbana bajo nuevas lealtades dinásticas.

19. Cuenco de mármol prehistórico del Alcázar

Una pieza singular es un cuenco de mármol prehistórico, de caliza marmórea, hallado en el Alcázar de Jerez. Se inscribe en el horizonte de la Prehistoria reciente, probablemente Calcolítico o Edad del Bronce, y destaca por el cuidado vaciado de un bloque pétreo duro. Este tipo de recipientes, mucho más costosos que la cerámica común, se asocian a contextos de prestigio, quizá rituales o de banquete de élite. Observemos el pulido interior y exterior, en las posibles irregularidades de la forma y en los rastros de uso en el borde. El cuenco permite leer el Alcázar no solo como fortaleza islámica, sino como un espacio donde se superponen ocupaciones y prácticas de larga duración, desde comunidades prehistóricas hasta poderes medievales.

20. Selección numismática

Para cerrar la visita,veamos la selección numismática del museo, que recorre desde acuñaciones prerromanas hasta monedas del siglo XIX. Verás piezas ibéricas y turdetanas, emisiones romanas, visigodas, islámicas (dírhams, dinares) y modernas, procedentes del territorio jerezano. Cada moneda combina iconografía, leyenda y metal como documento histórico: retratos de emperadores, símbolos de ciudades, fórmulas religiosas y denominaciones en latín o árabe. Observa el paso del bronce y la plata al oro, los cambios de peso y la evolución del alfabeto, que condensan transformaciones políticas y económicas de gran calado. Esta colección sirve como epílogo perfecto: en pocas vitrinas se sintetiza la larga duración de Jerez, desde sus intercambios más arcaicos hasta su plena integración en los sistemas monetarios contemporáneos.

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