jueves, 4 de marzo de 2021

Epílogo a Heterodoxos

Vamos a recoger en resumen el Epílogo de "Historia de los heterodoxos españoles", de Marcelino Menéndez y Pelayo.

No parecíamos destinados a formar una gran nación. 

Sin unidad, sucumbimos ante Roma, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe. 

Fuera de algunos rasgos de feroz independencia, el carácter español sólo se acentúa bajo la dominación romana. España debe su primer elemento de unidad al romanismo. 

Pero faltaba otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Sin un mismo Dios ¿qué pueblo habrá grande y fuerte? Esta unidad se la dio a España el Cristianismo.


La Iglesia nos educó. Por ella fuimos nación. ¿Quién contará todos los beneficios de vida social que a esa unidad debimos? 

El sentimiento de patria es moderno; no hay patria en aquellos siglos, no la hay hasta el Renacimiento; pero hay una fe, un bautismo. Dios nos conservó la victoria, y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino de completar el planeta. 

¡Dichosa edad aquélla! España era o se creía el pueblo de Dios. Le estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades. España, evangelizadora de la mitad del orbe; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse España volverá al cantonalismo de Taifas. 

A este término vamos caminando apresuradamente. Dos siglos de producir artificialmente la revolución han conseguido no renovar el modo de ser nacional sino pervertirle. Cuanto hacemos es remedo de lo que en otras partes vemos aclamado. Seguimos, aunque a remolque, el movimiento general. 

¿Será cierto que la masa de nuestro pueblo está sana y que sólo la hez es la que sale a la superficie? No suelen venir dos siglos de oro sobre una misma nación; pero mientras sus elementos esenciales permanezcan aún puede esperarse su regeneración. El cielo apresure tan felices días. 

Y, entre tanto, dígale toda la verdad el que se sienta con alientos para ello. Dura ley es y todo el que escriba conforme al dictado de su conciencia ha de pasar por ella, aunque vuelva los ojos con amor a aquellos serenos templos de la antigua sabiduría, cantados por Lucrecio. ¡Edita doctrina sapientum templa serena! 

7 de junio de 1882.

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